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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Despertar

30 nov. 2005

Hoy quería levantarme sonriendo. Así que antes de amartillar el último sueño he repasado mi colección de buenos momentos, saltándome el aviso color azafrán que recuerda el tiempo que hace que no incluyo uno. Paladeo otros tiempos que seguramente no fueron mejores y consigo mi propósito, me levanto con agujetas en las mejillas y luciendo blanco nuclear que combato con toneladas de café sepultado bajo montañas de azúcar. Recuerdo un día, cuando apenas levantaba 5 piruletas del suelo, que mi hermana me susurró que todo el azúcar que tomaba se me acumularía en el estómago hasta, un día no muy lejano, rebosar y empezar a mezclarse con mis lágrimas, que se transformarían entonces en caramelo débilmente salado. Ahora tomo la misma cantidad de azúcar pero ocultada en toda clase de licores que me ofrezco cuando, incluso desde la orilla del mar, soy incapaz de ver, ni aún cerrando los ojos, una estrella fugaz. Pero aún no ha llegado el momento de llorar mieles, helados de nueces o leche merengada, llorar, lo que se dice llorar, sólo lloro pequeñas cumbres salinas que escondí para no echar de menos el Atlántico. Pero hoy quería seguir sonriendo así que al asomarme a la ventana le he mostrado mis lunares al sol para que me los cuide mientras me ducho, no vaya a ser que se me escurran por el desagüe y los pierda para siempre. Siento el frío de las baldosas ascendiendo desde los tobillos a la nuca pasando por los muslos, el ombligo y los pezones y me diluyo en el agua hirviendo mientras dibujo caramelos de piñones en el vapor que me acoge, ramificándose, en los reflejos de luz. Y vuelvo a cantar en la ducha.

Y no estás, y no recuerdo la última vez que viniste a lamerme las heridas con sal y vinagre pero ya no me importa, me lo he repetido tantas veces que no soy capaz de discernir si eso lo he pensado yo o ha sido el eco merodeando con sus navajazos inoportunos. Pero sigo cantando. Hasta que se me cuecen los capilares y ya no puedo hacer más gárgaras con las miradas que el eco me dedica, le encuentro el espacio a ducharme en solitario y sigo cantando…

Vuelvo a sentir el tacto helado del suelo y voy a reclamar la devolución del importe exacto del tacto de mi piel, a ver si se equivocan con el cambio y me regalan una caricia de más. Mientras me visto sin ganas (cuanto echo de menos el sol cosiéndome las cosquillas entre mis clavículas) decido unilateralmente echar de más todo lo que llevo días echando de menos y empezar a construirme las ganas desde cero, desde más abajo aún que los propios principios, con columnas sólidas sin ser salomónicas y tejados que no caigan bajo el aleteo de ninguna pestaña. Hoy puede que no sea un buen día o quizás si, pero decido enfrentarlo con la cabeza alta y poner en equilibrio el cuello que siempre midió más que 3 piruletas para que deje de quebrarse bajo infamias a ratos inventadas. Pongo música para despertar las madrigueras y veo mi sombra casi desnuda en el espejo, me acerco un poco más, despacio y sigilosa al ver un elemento extraño… y con los ojos asombrados y la piel alzada por el frío me doy cuenta de que estoy sonriendo. Y sin intentarlo.

Y volvió a llover

28 nov. 2005

Se me erizó la piel y se me paralizó al instante la media sonrisa que se atrincheraba en mi gesto tranquilo, creo que no supe reaccionar al ver de nuevo la espalda que besaba hace no tanto. No me dejaste ver mucho más en aquella tarde en la que el cielo, cómo casi todas las veces en las que nos vimos, amenazaba con derramarse sobre nuestras cabezas. El perfil de tu rostro mirando al frente, el ceño fruncido y la certeza de que si pudieses pedir un deseo en ese momento, sería hacerme desaparecer de tu lado por el método de la evaporación instantánea. Y yo, mirándote, dándome cabezazos contra un muro que ni siquiera estaba segura de querer derrumbar.

Ahora, mirando esos instantes con el cristal que me ofrece el paso de cierto tiempo, atesoro cómo siempre pequeños detalles, imágenes, de esa tarde: tu espalda cómo símbolo de lo que me esperaba de ti a partir de ese momento, la pequeña herida que me hice en el labio en una batalla a dentelladas con la impotencia, el sabor a sangre en la boca, no sé si por ti o por mi, el miedo a resbalar (ya sabes de mi torpeza) sin darme cuenta de que llevaba ya días confirmando la frialdad del suelo mojado, la paradoja de que me cubrieses con tu paraguas, protegiéndome de la lluvia exterior pero alimentando con lanzallamas la que se iba esbozando por dentro, mi frase de despedida, estúpida, y los segundos posteriores en los que deseé con todas mis fuerzas oír tu voz impidiendo que me fuera (cómo si alguna vez me hubieras dejado entrar). Mis lágrimas mezcladas con la lluvia en una escena propia del final de una película americana. Sólo que, estoy segura, en las películas las cosas nunca habrían terminado así porque los espectadores correrían a pedir la devolución de su entrada ante un final con tanta lluvia. Y la misma canción, una y otra vez, sonando en el camino de vuelta a casa. La úlcera en la boca del estómago quemándome la garganta y las ganas de causar destrozos en los que dibujar el rictus de tu boca cerrada. Las espinas sin rosas y las sábanas que olían a ti. La envidia que me escalaba los brazos poniéndome los pelos de punta, ojalá tuviera esa frialdad, pero me crié entre rayos de sol y cálidas rachas de viento de levante que me han hecho demasiado vulnerable a tus miradas de hielo. Y, con ellas, diste directamente en el centro de la diana.
Saqué del armario la vieja coraza y la metí en el bolso por si alguna vez volvía a ver la curva de tu nuca poder protegerme de los disparos de granizo. Hice un master intensivo en expresiones vacías, en paciencia ante el desasosiego que me provocaban algunos de tus gestos y me especialicé en no sentir nada al intuir cualquier cosa que dibujase una sombra parecida a la tuya. Ayer mismo recibí el diploma en casa y lo colgué, orgullosa, del único espacio que queda libre en mi pared. Me aplaudí, hipócrita, por dentro y mediante señales de humo y palomas mensajeras te hice llegar el mensaje de que (aunque puede que, como siempre contigo, me equivoque) conseguiste tu propósito, me deshice de cualquier sentimiento hacia ti. Es una lástima que mi ilusión se fuera con ellos. Quizás juntos les vaya mejor de lo que nos fue a nosotros sin llegar a estarlo.

En insuficiente recompensa a las manos de chocolate y menta

26 nov. 2005

Pudo hundirme para siempre. Sé que estuve realmente cerca de ser engullida por el tormento de lo indecible, eso que todo el mundo conoce pero que se esconde guarecido en las noches oscuras de las televisiones, pero yo me encontré con personas que en vez de mirar hacia otro lado, volaron de frente y me arroparon con ríos sin remolinos, jarabe para la tos y mecedoras que no rechinan cuando te balanceas queriendo olvidarlo todo. Y di un paso hacia delante que me costó quebrar todos los cráneos y los huesos que tenía cerca, miradas de soslayo (todas ellas preocupadas) que se me clavaron en la raíz del pelo para que me costara días impares olvidarlas, pero conseguí no caer directamente al fondo y pude dar un paso más sin terminar de desvanecerme del todo. Poco a poco fui enhebrando el duro camino sembrado de piedras en forma de insultos y desprecios que rodaban bajo mis pies para que fuera dejándolos atrás, tan atrás cómo pudiera. Todo había detonado y yo no quería quedarme a recoger las espinas muertas y los puntos de inflexión de funciones repudiadas. A mi alrededor sólo había quiebros.

Dicen que fui fuerte pero a veces creo que sólo me dejé rodar y manos de chocolate y menta fueron frenando la gravedad hasta conseguir que sonriera. Y sonriendo se ven los recodos de distinta manera. Prometeo me trajo durante minutos incontables la llama que necesitaba para acuchillar icebergs sin escafandra y cuando salí a respirar de nuevo el aire del mar vi que todo podía estar tan cerca cómo no mirar hacia el frente, así que a base de terapia de cervezas, consejos de la abuela y guiños a las malas temporadas decidí dejarme la piel en el intento de cerrar puertas con llave. Al fin y al cabo, las cicatrices no hacen heridas y aunque nunca fui capaz de mirar a los ojos, no necesité espejos de medusa para mantener los hombros firmes ante las reyertas en mis pupilas. Y continué andando. Aún sigo haciéndolo.

Odio los condicionales

24 nov. 2005

Odio los condicionales, quizás por eso me haya ido a vivir a esa ciudad dónde se cortejan en cada recodo, en los mercados, los bares y en los parques, quizás tenga la esperanza de que al estar tan extendidos no tenga porqué encontrarlos en miradas, manos o en la médula espinal de toda aquella persona que amenace con dibujarme ilusiones detrás de las orejas. Aquí, aunque puede que sigan siendo incorrectos, los condicionales son tan normales que están irremisiblemente lejos de mi vida mordaz y esperpéntica. A veces sueño con cacerolas en las que hacerlos hervir y evaporar, eliminar los “si hubiera estudiado” o los “si no hubiera bebido tanto”, desterrar sin la menor opción de regreso a los “si al menos me mirara”, los “si pudiera olvidarle” o “si me quisiera” y aniquilar los “si tuviera dinero” o su versión del mismo, “si tuviera tiempo”.

Nunca he sabido a ciencia cierta de dónde viene ese odio atroz, aunque sé que está diluido al verse compartido con la aversión a los “peros”, la más cruel de las palabras, un silencio cuando ya crees haber librado la cruenta batalla con los temblores en un tenebroso bosque de cipreses y crees que podrás volver a casa sin heridas de guerra, un “pero” te dispara directamente al tuétano. Justo cuando creías ver un camino, una senda que te conducía a alguna parte, al comienzo de algún lugar que, con un poco de suerte, quizás estuviese plagado de helados de chocolate con galletas. Entonces aparece ese “pero” (asesino de ilusiones susurradas en sueños inquietos) cuando aún te sientes franqueando un cristal del grosor de uno sólo de tus besos, que se convierte en el grito agudo de una soprano haciendo estallar en mil pequeños coágulos tu vacío de bohemia fragilidad.

Los condicionales y los “peros” se conjugan en cuerpos de chicos equivocados y por si no me conocéis tengo los ojos verdes (porque verdes los tienen las náyades), tengo 27 lunares en la espalda y siempre me enamoro de chicos equivocados. Como de ti, que llegaste sin nota identificativa una noche de verano, un mes después de que mi vida detonase y, descalzos, nos besamos en la misma esquina en la que 9 años antes explosionaba mi corazón y mi infancia. Al día siguiente mientras jugábamos al parchís con cada mirada, terminamos dejando la partida a medias para ver cómo quedaba mi cuerpo desnudo sobre el tuyo y nos gustó tanto la combinación, que terminamos repitiendo vestuario hasta que sonó la campana que indicaba el final del asalto. Final resuelto por K.O. Los kilómetros siempre ofertan condicionales a todo aquél que en ese momento salga a tender la ropa blanca y a mi siempre se me dio bien conjugar “peros” antes de que alguien quisiera engancharlos en las pinzas de colores. Siempre fuiste sincero y por eso se me enturbió el último beso, que quisimos teñir de hasta luegos hasta que se nos quedaron las manos tintadas de adioses del color de atardeceres juntos. Por primera vez no miré atrás, sabía, esta vez sin “peros”, que seguías enamorado de ella al igual que no tenía la menor duda de que, justo cuando más quería oírlos, aquél era un adiós sin condicionales.

Ya basta

22 nov. 2005

Sospecho que nunca llegué a comprender este mundo en el que nos ha tocado vivir. Creí que cada día iba a amanecer con nuevas ilusiones enmarañadas en las cortinas y que cada nube vista desde la ventana de cualquier casa ajena acabaría convirtiéndose en algodón de azúcar pero me encontré con que lo habitual eran los dientes apretados, las lágrimas mudas que se imploran hacia dentro y los días que pasan sin más porque nadie se ha molestado en parar el reloj y decir ya basta. Yo tampoco fui capaz de hacerlo. Me sumergí de lleno en el viscoso remolino creyendo poder remontar el curso del río y sólo conseguí que se me escamase la piel a fuerza de contrariedades sufridas a contraluz (pues sólo así pueden ocurrir este tipo de sucesos)

Nadie debe culparse por esta decepción, mi familia, mis amigos fieles e incluso aquellos que me traicionaban con sus silencios en las noches de luna creciente, me previnieron sobre lo que podía encontrarme. Desilusiones, catástrofes de esas que te hacen correr el rimel empapado en vozka, en noches perversas que no acaban al apagar la luz, silencios latentes y gritos que te arañan tanto las entrañas que llegan a dejarte hueca. Suspensos en las asignaturas más importantes y matrículas compradas al deshonor en las esquinas más triviales. Lápidas con nombres que reconoces pero que tu mente se empeña en no recordar, imágenes diluidas a fuerza de grabar con fuego y alcohol cualquier otra encima. Dibujos animados a ser posible. Dolor, hipocresía y llanto. Ellos me advirtieron y no se equivocaron. Me he encontrado entre las nieblas de todo esto y me he bebido las lágrimas dejándolas caer en vasos con sal y limón. Pero no fui capaz (me hundí antes de levantar el brazo) de alzar la copa y brindar con ellas.

Y aunque me encontré con rostros lúcidos que reflejaban la alborada cada mañana, con manos enlazadas entre tormentas de nieve, con palomitas de maíz, regalices rojos y algún que otro final feliz no conseguí zafarme de esa sombra que me muerde los tobillos cada noche, dejándome heridas abiertas en las que tatuar sonrisas roídas de duelos. Así que opté por la decisión del sueño eterno para intentar encontrar en mi letargo el mundo que quise tener y no me atreví a buscar. Sé que sabréis entenderlo. Os dejo todas las fotografías en las que salgo sonriendo, las canciones que no logré encontrar a fuerza de escucharlas para crear la banda sonora de un cuento que nunca fui capaz de vivir y mi colección (en estos casos siempre hay infames colecciones) de agujas de relojes que dejaron de funcionar en primavera. Lo demás os lo dejo para que hagáis montañas en las que poder escalar los domingos de invierno que no apetezca salir. El edredón enfundado de lágrimas podéis quemarlo y lanzar sus cenizas en una tormenta con viento de poniente. Conmigo… conmigo podéis hacer lo mismo.

Promesas que no pretenden valer nada

18 nov. 2005

No puedo prometerte que no me iré, no puedo jurar que una noche cuando aún las sábanas estén calientes y no se haya evaporado todavía tu olor de mi piel, no vaya a escapar de puntillas sin dejarte ni un miserable post- it con un teléfono móvil elegido al azar. No puedo decirte que conmigo nunca lo pasarás mal, ni te lamentarás agarrada a la barra de cualquier bar o al hombro cómplice (y empapado) de alguna amiga, no puedo darte mi palabra de que no permitiré nunca que nadie pueda hacerte daño. Seguramente la persona que vaya a herirte, la que te hará llorar y gritar, la que te provoque sueños etílicos llenos de precipicios, seguramente aquél que te haga maldecir el día en que cruzamos nuestras miradas sea yo mismo. No puedo prometerte un camino alfombrado de flores, besos dulces, desayunos al amanecer y regalos el día de tu cumpleaños, nunca creí que las rosas no tuviesen espinas, así que seguramente me olvide de tu cumpleaños, me olvide incluso de la edad que tienes y a veces, según la noche y el nivel de alcohol que falte en mi vaso, tampoco sea capaz de recordar tu nombre.

No puedo prometerte un paraíso pero si puedo decirte que, en los minutos que esté contigo, será contigo con quien sueñe, viva y llore, que seré tuyo en esos instantes cómo nunca se ha entregado nadie. Puedo asegurarte que mis dedos recorrerán tu cuerpo al compás de mis pensamientos y que el tiempo que compartamos serás a la única persona a la que quiera, sin peros ni dudas… lo tomas o lo dejas? Y lo tomé, y le besé en los labios como si un cáncer mortal nos esperase con el amanecer del día siguiente e hicimos el amor en cada habitación sin apaciguar ni uno solo de nuestros apetitos.

Ahora que cierro la puerta dejándole, en una servilleta del último bar en el que bebimos, un teléfono inventado en el momento, algo me cosquillea la boca del estómago. Puede que sea culpabilidad… o quizás sólo sea hambre.

Ayer

15 nov. 2005

Malditas las ganas de que vuelva el ayer, que se me enredan entre los rizos en esta noche en la que al abrir la ventana sólo se escuchan aullidos, en ésta noche en la que el cielo es tan oscuro como la caverna de Alí Baba sin uno sólo de los 40 ladrones. La soledad no es capaz de gritar Ábrete sésamo. Busco una luz que sea capaz de abrirse paso entre tinieblas, y mientras lo hago pienso que este mundo es tan macabro que pedimos deseos al ver el suicidio de una estrella. Y sé que a pesar de lo lúgubre, si viera una de esas estelas suicidas pediría una y mil veces el mismo deseo: volver a ayer.

Ayer cuando mis ojos podían perderse escalando cada una de tus vértebras y luego caían en la montaña rusa de tus silencios, hasta que me callabas los susurros a fuerza de pequeños besos enmascarados de dudas. Cuando tenía tantas cosas por las que brindar que apenas podía dejarlas salir todas de golpe, mientras tú me agarrabas las manos y me cambiabas el nombre, haciendo que la granadina se me subiera a las mejillas. Ayer cuando las noches pasaban tranquilas sabiendo que al abrir los ojos podría comerme, pedazo a pedazo, cada una de las ilusiones que una noche de verano colgué de una estrella de 7 puntas. Puede que esa estrella se suicidase una de esas madrugadas en las que no miraba al cielo porque estaba entretenida contándote los lunares en las pupilas de unos ojos que miraban mucho más lejos.

Así que se fueron tus ojos y yo ahogué la ausencia de tu piel en el vidrio del fondo de un vaso de cerveza. O de vozka. O de ron. Qué más daba? Ninguno dejaba suficiente resaca como para que me estallase la cabeza . Y paseé entre arañas y recorté en cada esquina retazos de tu recuerdo para colgarlos de los árboles más cercanos y así asegurarme de no poder olvidarte. Y eso fue sólo el comienzo. Siguiendo el rastro de la estrella que se suicidó persiguiendo tus abrazos fueron cayendo las otras 7 puntas de las ilusiones que una noche de verano colgué del firmamento. Ahora que las olas se han llevado al fondo del mar todo aquello por lo que un día decidí coleccionar momentos, no tengo más que dejar escapar entre mis dedos la arena de la playa, a ver si un día consigo recuperar el cuerpo de la estrella que un día decidió sacrificarse aprovechando que yo no miraba. O permanecer de rodillas mirando una habitación vacía cargada de recuerdos que no llegaré a plasmar en sus paredes, de palabras que carecen del significado de un dibujo que ni siquiera fui capaz de romper. Tú sólo fuiste el primero en caer, la primera herida de esta tragedia en la que la única que no come palomitas soy yo, con lo que siempre me han gustado. Y ahora ni siquiera soy capaz de mirar al cielo en busca de una estrella suicida para pedir cien deseos, desde éste lugar no puedo mirar hacia arriba.

La terraza de baldosas amarillas

13 nov. 2005

He vuelto a morderme las uñas de pura impotencia contenida en pequeños vasos a flor de piel. O eso, o hubiera gritado a todos los vientos de esta ciudad sin aire, desde la azotea que me hubiese gustado llenar de azulejos amarillos para ver si me conducían a algún lugar que mereciese la pena. Quizás lejos de ti o quizás no. Ahora ambos estamos en esta terraza pero no hay baldosas amarillas y por tanto no hay camino entre nosotros. Más bien nos separa un abismo de lava congelada sin ni siquiera un puente de esos raquíticos que nos ayude a cruzar jugándonos la vida. Y yo sigo mordiéndome las uñas por no intentar morder uno a uno todos los centímetros de tu piel. Te miro intentando posicionarme lo más lejos posible de ti para que no me alcance el hechizo de tus pupilas y me encuentro de nuevo con el agujero negro de tus ojos que me absorbe poco a poco las ganas de ti. Me sonríes de esa forma tan tuya y aparto las ilusiones de tus labios para que no vuelvan, cual boomerang, a clavarse en mi nuca en cuanto te dé la espalda.

Miro el reloj y cuento las horas desde la última vez que noté tus labios en mi clavícula, 9 horas y unos 32 minutos. Amanecía y los dos sabíamos dónde acabarían por llevarnos nuestros pasos. Sabíamos también que aquello era un error, uno más a añadir en esa abultada lista de equivocaciones que ambos construimos con tanto empeño porque siempre preferimos la hiel a la miel. Y especialmente yo, sabía que aquello se convertiría en una piedra más con la que lapidarme en las noches en la que tu recuerdo y tu ausencia se convirtiese en una fina cuerda de seda, que me atase a la soledad de sentirme contigo sólo a ratos. Y seguiré convenciéndome y convenciéndote de que esta distancia etérea es lo mejor para los dos. Y me lo repetiré una y mil veces hasta que acabe creyéndomelo.

Mientras me canto bajito la canción de siempre ensimismada en las curvas de tus manos, oigo que pronuncias mi nombre pero yo me he quedado enredada en tus dedos preguntándome porqué tu no has vuelto a morderte las uñas. Entonces veo pequeñas heridas en tus nudillos y me pregunto si hace 9 horas y 32 minutos decidiste pelearte contra el río de torpezas, malentendidos, caricias y besos asesinos que llevamos surcando en un cascarón de nuez desde hace meses. Tu voz viene a responderme con un susurro aprovechando que los ojos, que ninguno de los dos consideramos cómplices, miran hacia otro lado “Siento lo de anoche” dices mientras me apuñalas lentamente el espejismo de tu tacto repleto de ortigas y me ofreces la cerveza cómo si fuera el cáliz con el que sellamos el fin de aquello por lo que nunca luchamos cómo se merecía. Y decido mentir, cobarde, mientras me tiemblan los latidos en las sienes, “Yo también lo siento”, yo también lo siento…

Silencios (repletos de aullidos)

12 nov. 2005

Hay días en los que a tu alrededor lo único que quieres pensar es silencio. Si este mundo absurdo tuviera una rueda de volumen, la romperías clavándole un punzón oxidado, para luego arrojarla sin piedad a la hoguera dónde reposan las cenizas de los sueños que nunca tuvieron oportunidad de cumplirse. Comprobarías que no quedan restos para asegurarte de que jamás nadie intente hacerte tomar parte con palabras huecas, que intentan convencerte de algo que sabéis que no es cierto, tanto tú cómo aquél que sin ningún escrúpulo te condena a vagar en un camino repleto de olas, que no llegan a romper para no desembocar en una marea de reproches. Y recuerdas eso que una vez oíste de que el silencio es la forma más elocuente de mentir, en ese momento te lo crees a pie juntillas y lo jurarías ante cualquiera con la mano puesta en las Sagradas Escrituras, los ojos al frente y la cabeza alta. La forma más convincente de mentir y de llenar el aire con intenciones, gestos, promesas y rencores. Esos días que quieres callar, que sólo quieres plegar las alas y que llueva de nubes color púrpura toneladas de algas marinas que amordacen la locuacidad de todos los vecinos de tu escalera. Esos días que no quieres escuchar a nadie y con una sola mirada calcada de la de la bruja de Blancanieves silenciarías un universo entero, son precisamente los que más tienes que decir. Es cómo si todas esas palabras que tienes dentro te obstruyeran la laringe amontonadas de cualquier manera, sin orden ni concierto, y te impidieran respirar, ahogándote y dejándote muda. Tú contribuyes al silencio que requieres porque precisamente lo que buscas cobardemente es no hablar y quizás con tanta quietud el simple hecho de levantar tu voz, rompiendo la armonía, haciendo estallar ese estanque tranquilo de mutismo en mil pedazos de cristales rotos, se te haga tan insoportable que la mejor opción sea permanecer con los labios sellados. Y pasará…pasará en unas horas, unos días o unas semanas y perderás la oportunidad de expresar aquello que te atenazó la garganta porque ya habrá perdido su vigencia y, mucho peor, su importancia a tus ojos.

Hoy es un día de esos en los que me meto en mi pecera aislada del mundo con música elegida que da el poco oxigeno que en estos momentos necesito para seguir viviendo. No vivo, sólo sobrevivo dejando que pase el tiempo cómo si eso fuese a cambiar algo. Y guardo silencio por puras ganas de gritar. Y reniego de todo aquello que una vez me importó algo para intentar romper las ataduras que me unen a ese pozo en el que siempre termino practicando la caída libre. Sin red ni paracaídas, sólo con lágrimas, vacío y, una vez más, silencio. Quizás si sigo permaneciendo silente por mucho que quiera pintar las paredes con aullidos desorientados, sea capaz de acostumbrarme a los silencios que tanto frío me inscriben en la piel. Quizás así consiga que duelan menos.

“No hay nada que decir ante la guerra de unos ojos cerrados”

Dos besos en la mejilla

9 nov. 2005

No esperaba que fuera hoy. Que nos volviéramos a encontrar esta noche de invierno mientras los gatos de nuestra calle hacen un concurso de aullidos de desaliento. Me había imaginado este momento de mil formas distintas, desde el estallido de fuegos artificiales, la música de fondo, los besos y las perdices dispuestas en bandeja para ser devoradas, hasta la mirada de acero, las mandíbulas tensas y el frío de los glaciares adueñándose de nuestras pestañas, doliendo tanto que necesitaba cerrar los ojos. Y hoy, en el mismo sitio de siempre, has vuelto de nuevo. Podría jurar que el mundo se ha parado un instante, he notado la frenada, y luego se ha acelerado para que no tuviésemos que atrasar los relojes mientras yo despegaba mis pupilas de tu sonrisa. Y que distinto ha sido todo, en este bar de siempre en el que enlazábamos miradas traicioneras fumándonos los minutos a solas, hoy no era capaz de levantar los ojos de tus rodillas, intentando adivinar entre los pliegues, si temblaban tanto como las mías. Dos besos en la mejilla, que agrio es besar en la mejilla a quien has besado tantas veces en la boca, a quien no quieres dejar de besar. Y que absurdo es dar dos besos, que buscan ser convencionales, a alguien mirando sus zapatos…


Y entonces vuelvo a escuchar tu voz y se me eriza tu ausencia desde los tobillos hasta la nuca y ésta me susurra al oído (que es al que tiene más cerca) que echa de menos que tus manos le dibujen las líneas de la vida, diciéndole siempre que aún le quedan muchos años de cobijo bajo mi pelo. Y con esta conversación entre mi nuca y mi oído no soy capaz de concentrarme en seguir subiendo la mirada para llegar, quien sabe si antes de que vuelvas a desaparecer, a tus ojos. Sólo soy capaz de responder, entre balbuceos, con un “todo bien” sabiendo que sabes que estoy mintiendo, porque un día llegaste a conocerme más que yo misma para luego poder olvidarlo todo cómo se hace con las lecciones que aprendes de memoria.

Me traiciona el atardecer en mis mejillas, los quiebros de mi voz y el rictus tenso de las mandíbulas y sé que lo sabes, en ese momento decido tirar mi dignidad por el desagüe que debe estar atascado de tantas veces que lo he hecho y no he conseguido tragar con la impotencia. Quiero que mi voz me obedezca y decirte que te he echado de menos, que te he soñado cada noche en un sueño repleto de pesadillas, que no he dejado de subir a la terraza de adoquines amarillos buscando escalones con los que tropezar y que nunca podré perdonarte. Aunque sepa que ya estás lejos de nuevo, y que esta vez puede que no vuelvas.

No soy capaz de seguirte, aunque se que debería, y me refugio entre cervezas conocidas y cafés ajenos sin saber si pedir el cianuro para mi o para la chica que te acompaña. Respiro y me concentro para dejar de hacerlo, quizás así consiga una salida airosa (y en camilla) de esta situación tan normal como absurda. Y justo cuando decido pedir tres cervezas y beber con vosotros, brindando porque seáis tan felices como lo fuimos tú y yo (aunque dudo que ella sea capaz de apreciar la generosidad de mi propuesta), noto el calambre en mi espalda. Mi piel reconoce el tacto de tus dedos antes siquiera de que pueda escuchar tu susurro, por un momento espero que vuelvan a recorrer el camino ascendente de mis vértebras y me estallan en los oídos mil recuerdos de noches cómplices que, estoy segura, vendrían a vengarse de nuestra ineptitud. Antes de que mis ojos se sumerjan entre corrientes, me giro y te doy todo lo que me pides con la sonrisa de aquella que se sabe vencida “dos cervezas para vosotros, ya invito yo” y al dártelas soy capaz de enfrentarme, sin escudos, durante tres segundos a tus ojos, dónde sólo acierto a ver la ausencia de los regalos que los Reyes se olvidaron de traernos.

Y brindamos, todos juntos de nuevo, por los buenos tiempos mientras yo me concentro a ver si logro implosionar y morir sin dejar ninguna mancha de sangre en tu sonrisa.

Cosas que hacer y que dejar de hacer

8 nov. 2005

- Cosas que hacer :

1. Levantarme algún día antes de mediodía para descubrir de nuevo el sol de las mañanas y poder tener alguna vez la sensación de que aún tengo tiempo
2. Sonreír sin tener que recordarme hacerlo
3. Ir al supermercado y convencerme de que las patatas fritas, el chocolate y la cerveza no constituyen una dieta equilibrada
4. Comprar una agenda para anotar aquellas cosas que me gustaría hacer si logro zafarme de este poso de impotencia que me agarrota el estómago
5. Zafarme de este poso de impotencia que me agarrota el estómago (probar el bicarbonato que lleva meses en el armario blanco a ver si consigue romper las férreas moléculas del desaliento)
6. Escribir a todos mis amigos (y a aquellos que pudieron llegar a serlo)
7. Pintar estrellas en mi habitación para esperar a que se vuelvan fugaces y así poder pedir mil deseos
8. Hundir las manos en la arena seca de la playa
9. Volver a cantar en la ducha (procurando no bailar a la vez para no resbalar)
10. Olvidarte

- Cosas que dejar de hacer:

1. Mirar tu foto antes de cerrar los ojos para intentar verte una última vez aunque sea olvidándome en mis sueños
2. Intentar ahogar cada uno de tus gestos en vasos de cerveza, mezclados con noches insomnes de bares en lo que nunca volveremos a beber juntos (mala combinación para un cóctel, las lágrimas lo acabarán cortando)
3. Escribir mensajes que nunca te mandaré (aunque en el fondo, el gato que se despereza en mis entrañas está deseando contártelos entre maullidos cómplices)
4. Seguir renegando de los paraguas
5. Cerrar los ojos (acabaré imaginándome de nuevo tu espalda que empezará a encadenar labios, ojos, manos hasta formar un puzzle dónde siempre termina faltando alguna pieza que no encaje)
6. Ahuyentar a las palomas
7. Buscar tu olor entre mis sábanas, tus ojos en las paredes, tu voz en la ventana y tu presencia más allá de la puerta (por más que la abra tu no estarás detrás para eliminar la mala suerte de mis pupilas con un soplido)
8. Continuar haciendo planes en los que tu sombra se une a la mía para conocer aquellos lugares en los que el sol no permite ver las estrellas fugaces
9. Dormir con enemigos
10. Seguir echándote de menos…

Sin pacto de rendición

7 nov. 2005


Me cansé de perseguirte, me cansé de buscar la verdad en el fondo de tus pupilas sin darme cuenta de que jamás hallaría nada porque sólo buscaba aquello que quería encontrar. Me cansé de recordar cada uno de tus gestos buscando en ellos una respuesta a las preguntas que cada noche me acechaban, esas noches que convertían la luz de la mañana en un martirio, al darme cuenta de que había vuelto a pasar las horas con los ojos abiertos, escudriñando en la oscuridad los rasgos que se dibujaban en aquella foto que nos hicimos hace tanto. Yo, que cuando era pequeña apenas me bastaban un par de notas de una nana para cerrar los ojos y entregarme, sin pacto de rendición alguno, a los brazos de Morfeo. Yo, que juré no perder el sueño ni la cabeza ni una sola de mis lágrimas por nadie, ahora mientras no duermo me cuento el cuento de que en estos tiempos de sequía mis ojos se han solidarizado con las nubes para derramar sin pausa todo un río de lamentos. Es igual de inútil que contar ovejitas. Como Sherezade, vivo contándome cuentos para intentar no dormir, no vaya a ser que en mis sueños aparezcas de nuevo y quieras contarme porque un día me privaste de los besos en tu espalda, de tus caricias tibias y de los intentos de borrarme cada uno de mis lunares con tus labios.

Ahora que los amaneceres ya no me traen sonrisas con voces dormidas ni puedo secuestrarte con mis piernas pidiendo como rescate que me dejes morder uno a uno los huesos de tus costillas, sé que me conformaría con aquello que nunca quise con tal de no perderte. Por eso hago las maletas en una huída hacia delante para no tropezarme de nuevo con los restos de tus recuerdos que viajan en un tren descarrilado con rumbo a ninguna parte. Porque estoy cansada de que no me quieras, del cariño y de los besos en la mejilla, del premio de consolación, del cuarto puesto en un concurso en el que yo era la única que participaba. Yo que jamás quise saber que pasaría mañana, que nunca te pedí una promesa porque sabía que sería yo misma la que te haría romperla en mil pedazos, dejados para que el viento los arrastre un día con un huracán de fuerza 5, yo que nunca quise caer en la rutina de las parejas, que renegué de todo aquello que significase pertenencia hoy me encuentro intentando encontrarme sin recurrir a tus miradas.

No soy capaz de ver ni mi propia sombra, quizás también se haya ido, cansada de ver cómo apuesto para perder con la esperanza de llegar tan bajo que ya sólo pueda subir.

Esta es mi carta de despedida en la que condeno al suicidio a cada una de mis emociones clavándolas estacas de hielo para que, si sobreviven, aprendan a caminar sin ti. Al firmar esta carta y cerrar la puerta habré dejado de contarme cuentos para conjurar el sabor amargo que ha dejado tu ausencia en mis sonrisas, sé que me arriesgo a que el sultán Schahriar tienda sobre mi la negra capa de la muerte pero quizás esa muerte dé una nueva vida, una vida sin mi sombra en la que tus pupilas ya no me miren desde tan lejos.

Bienvenidos

6 nov. 2005

Sherezade no morirá mientras siga contando cuentos...
 
   

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