Odio las habitaciones vacías, las que fueron mías, en las
que crecí un poco. No puedo evitar concentrarme en las paredes, ahora blancas,
diluyéndose como leche mal fermentada sobre los zócalos mudos, conteniendo el
aliento, ahogando el silencio del que tanto tiene que callar. Paseo por las esquinas, oscuras, con la tenue
iluminación del abismo columpiándose en un ayer que nunca llegó a ser, que
jamás supo traer la luz oportuna, la necesaria. Las bombillas desnudas nunca
llegaron a lamer los rincones más allá de la capa superficial de polvo, donde
todo terminaba por pudrirse mientras yo me dedicaba al estúpido oficio de
amaestrar los espejos. Ahora, ante esta habitación, mi habitación vacía vuelvo a tener constancia del
eco interior. Los latidos reverberan en una cavidad en la que se confunde el
relevo del verano con el arranque del invierno. Los sonidos se mezclan, se
agarran a las paredes e intentan abullonarse para vestir de largo las
telarañas. Y como siempre, cuando el silencio aparece, ya no queda nada. Y vuelvo a pensar, aquí donde se cimenta el vacío, que la confianza es un sistema de vasos
comunicantes y cuanto más crees en ti, menos crees en los demás. Así que ahora
que nada espero más allá del ras de suelo me encuentro con que a mi alrededor
el desierto engulle los segunderos y el aire se convierte en mercurio, denso y
brillante, y solo quedo yo. Y por primera vez en años, no siento miedo.
Sonando: "Las noches de insomnio" de Niños mutantes.
"No, no
quiero que me necesites". Tú frunces el ceño como si esas 6 palabras
fueran un ataque directo a tu línea de flotación y quisiera hendirte la sal en
todas las llagas. Estudias mi gesto y veo como se dibuja en tus pupilas la
incertidumbre de la verdad revelada. Lo sabes pero no quieres saberlo. Y
vuelves a desviar la mirada ante el desconocimiento de qué hacer con todas las
canciones de amor, las películas de sobremesa o los poemas más versados. No quiero que
me necesites ni que me jures que no podrías vivir ni un instante más sin mí. No
quiero ataduras más allá de la inmovilidad traviesa entre las sábanas ni que me
repitas cada día, como un mantra, que me quieres hasta que la costumbre devore
las palabras y las deje agonizar en la cuneta. Sabes que yo solo pronuncio esas
8 letras cuando me explotan en los carrillos y se me derraman por la comisura
de los labios. Sabes que reniego de lugares comunes, del diminutivo imperfecto,
de pertenencias. Y aunque creo que sería capaz de acostumbrarme a amanecer con
tu olor en mi piel y enzarzada entre tus brazos, habrá noches en que no sepa
construirme en plurales. Habrá noche que ni siquiera crea en ellos.
Por eso
prefiero, simplemente, que elijas venir conmigo en esta noche obtusa. Que me
beses sin traer las alforjas rebosantes de palabras que, aunque lo intenten,
siempre demuestran menos que ese gesto que tratas de ocultar. Cuantas más
letras, más fácil es que alguna no sea cierta. Así que solo cierra los
ojos y ven. Tú, solo tú. Y yo, solo yo. Porque hoy solo quiero estar un rato más contigo.
Sonando: “Contigo”
de Joaquín Sabina y “Seguramente me lo merezco” de Tulsa
Ya ni siquiera soy capaz de aguantar 3 segundos tu mirada y
tú quieres bucear junto al ámbar de mi pupila a ver si consigues tocar tierra.
No hay vida al fondo, por mucho que escuches la cadencia, las cenizas son lo
único que habita. Ni un volcán en el centro, ni tesoros escondidos, y mucho
menos, una cruz que señala el camino. Solo el silbido del vacío haciéndose
fuerte ante toda ausencia. Así que no, no busques, aquí dentro ya no hay nada.
Y aún así lo intentas, aun así quieres creer en mí. Yo te
miro, te estudio, y me eclipsa las palabras tu ahínco por descubrir causas
perdidas. "Si no quieres que esté, solo dime que me vaya" y mi
silencio te otorga una esperanza que en realidad no es más que reminiscencias
de una época en la que el corazón no latía solo por prescripción médica. Ahora
te asfixiarás en cal viva si te quedas pero soy demasiado cobarde para decirlo
y luchar contra una ilusión que no puedo más que envidiar.
Deberías olvidarte de mí, soy tóxica. Deberías soltar mi
piel y desenredarte uno a uno de mis rizos, recuperar los besos perdidos en mi
ombligo y liberar lastre. No tendrás que cargar con el peso de la huida porque
nada dejarás atrás.
Recuerdo los lugares en los que te besé, cuando te miraba y
no era capaz de esclavizar las ganas así que te ensortijaba las palabras,
interrumpiéndote. Cuando te mordía los labios en el quiebro de una escalera y
tu mano desbarataba la curvatura de mi cintura; cóncava, convexa dependiendo del minuto exacto
en el que me robaras el aliento.
Recuerdo el tacto de tu nuca, la encrucijada de tus hombros
y el olor que siempre me dejabas prensado en la piel. Recuerdo tu sabor. La
punta de tu lengua repostando en cada una de mis vértebras. La punta de mi
lengua retrasándose en los caminos concéntricos de cualquier intersección, ya
sabes que nunca conseguí ser puntual. Recuerdo mis piernas rayando el ansia, circunvalando
tus caderas. La ropa interior deslizándose por los muslos como agua derramada,
las uñas, apenas iniciadas, buscando un rincón en la piel en el que alojar un grito. Recuerdo dormirme
en el resguardo de tu pecho y despertarme con el dictado de tu piel en mi
espalda. Las mañanas enlazados en nórdicos, palabras y una ristra de sonrisas
que siempre llegaban hasta el café de después. Recuerdo los cafés de antes, las
cenas a medianoche, las luces de navidad. Las notas en los espejos, los
mensajes furtivos, los baños compartidos. El penúltimo beso. Los libros –todos-,
las canciones y los diálogos de las mejores películas. Las palomitas. Mi cara
de niña buena y tu cara de niño travieso. Recuerdo las calles empedradas, perdidos
en cualquier ciudad, cuando te reías porque siempre me orienté de memoria y a
tu lado solo recordaba la posición exacta de cada uno de tus lunares. Recuerdo
los atardeceres, incluso los atestados de nubes, cuando el sol iba abrigándose
poco a poco tras tu pupila. Las noches de invierno, las tardes de otoño y las
mañanas de verano. La primavera siempre me sonó demasiado cursi, por eso siempre me reía cuando me besabas.
Cuando me desnudabas uno a uno los rizos y luego te entretenías en mis labios
dibujando los mapas de todos aquellos lugares a los que huiríamos antes o
después.
Recuerdo despertar, sola en una cama helada y recordar. El
enorme museo de recuerdos tuyos que visito a menudo con la imaginación*. Porque
solo allí estuviste.
*La frase está robada
sin ningún tipo de consentimiento a David Trueba de su libro “Cuatro amigos”
Sonando: “Comptine
d´un autre été, l´aprés-midi” de Yann Tiersen
A veces ni siquiera las palabras son capaces de salvarme. Tú querías llegar al fondo antes de tocar la piel y yo, idiota, me inmiscuí en ese laberinto del que nunca se sale a salvo. Y aún me preguntas por qué gasto las noches en camas con diversos acentos mientras cierro las astillas sangrantes de una caja que dinamitamos una tarde de domingo.
Entonces tocó hacer inventario, retomar el frío y desaprender. Anotar de nuevo los errores en los márgenes. Afrontarlos. Y dejar de creer en tu cobardía. Y ahora aún me hablas de amor. Y vuelvo a pensar, sin quererlo, que no has querido de verdad ni una sola vez en tu vida. Y vuelvo a pensar, sin quererlo, que amor es una palabra que me olvidé de conjugar cuando estalló en tantos pedazos que aún encuentro esquirlas en los lagrimales. Así que no vas a ser tú quien me arrastre de nuevo por ese camino ni aunque juegues a dejar, al borde de mis pasos, frases que explotan al contacto con la saliva, a la vista de tus ojos bilingües.
Es una cuestión de higiene. La mezcla de tu saliva con la mía ha dejado un rastro demasiado visible de todo aquello de lo que huí, de lo que no quise nunca. Yo no sé jugar con una mano a la espalda, con la vista puesta en un reloj de arena y la lengua anestesiada por si el minutero despierta con suspiros de adelanto. O quizás sí pero entonces pongamos las cartas sobre la mesa y cerremos las compuertas oportunas. He perdido demasiadas veces a los puntos y he aprendido a ver venir tu uppercut derecho mientras intentas tocarme el alma con un gancho izquierdo. A veces duele pero no vas a llegar al hueso.
Aunque hubo un momento –un instante- en el que pudiste haberlo hecho. Solo uno pero suficiente, al menos para mí. Tú mejor que nadie sabes que la clave está en saber adelantarte al próximo golpe.
Sonando: "El equilibrio es imposible" de Los Piratas (gracias a Jesus Soler por la corrección)
El cielo nocturno de Madrid es rojo. Violeta en los bordes, en el punto exacto en el que se funde con los tejados, donde bordea el frío de una noche de principio sin ti. Ahí, donde puse a tender todos los inicios que no llegaron a ser en una línea imaginaria que marca las distancias entre cualquier punto y por la que juego a caer aunque nunca me falte la red.
Funambulista. Y yo vuelvo a pensar en besarte. O quizás solo pienso en volver a besarte.
Y vuelve el frío a Madrid, el frío dentro. Las capas, que voy descubriendo, poco a poco; un gesto, un silencio, una historia pero nunca llego a enseñar la piel, no ya al hueso.A pesar deestar desnuda bajo tus manos. Vuelve la lluvia a repeler los tejados, derramándose por las aceras, vuelve la humedad a los músculos por usarlos menos de la cuenta.Y descubro que existe un tejido, el estriado cardiaco, exclusivo del corazón. Un tejido muscular, de control involuntario, que no funciona más allá de su hábitat.
Aún me pregunto cómo pudo llevárselo. Como hace tanto, aquella mañana de luces fraccionadas, consiguió desintegrar cada molécula hasta romper cualquier vínculo. O quizás solo me dio la capacidad de hacer que la contracción fuese voluntaria, la posibilidad de contener el aliento y que todo se parase, imposibilitando saltar las vallas y llegar, ahora sí, a terreno baldío.
Y allí, enmarcando el grana nocturno de esta ciudad vampiro, veo tu inicio, nuestro comienzo, colgando del cordel de un latido muerto, secándose a la medianoche.
Y se cansó de ser fuerte y dijo basta.
Y de repente todo a su alrededor quedó vacío y solo sonó el quejido del silencio,
palpitando dentro. Descubrió, al fin, que en eso los cuentos también mienten y que,
digan lo que digan,
el mundo es de los débiles.
Tengo los ojos verdes pero no soporto la esperanza, dicen que soy buena persona pero me gusta pensar que es sólo una tapadera que espera el momento adecuado para saltar. Como un geiser. Tengo 27 lunares en la espalda y odio mis pies. Algunas veces me muerdo las uñas y soy terriblemente friolera, tanto que a veces me paso días enteros tiritando. Colecciono momentos y no sería nada sin mis amigos. Me da miedo la oscuridad y adoro la soledad buscada. Me cuento cuentos cada mañana para intentar levantarme de la cama con una sonrisa, algunas veces da resultado...