¿Y a ti aún te cuentan cuentos? |
Infalibilidad02/10/2012
Lo
malo de la revoluciones es que siempre acaban pronto. Tú entonces no
lo sabías, aún creías (aún crees) en esas grandes palabras que, al final,
siempre quedan relegadas a los felpudos de los grandes eventos.
Ojalá
no fuera tan descreída. Ojalá no bastase un solo instante para que
todo caiga de mi trapecio tan terriblemente firme, tan establecido a
fuerza de no errar. Ojalá me equivocase tantas veces que he sabido
que no lo hacía, ojalá agotase el paternalismo con mi propia
sombra, ojalá desaprendiese todos los trucos para hacer visible el
pentagrama que siempre se esconde tras el acto principal. Pero no,
me he condenado a la amargura de mi propia infalibilidad.
Y lo
malo de las revoluciones es que siempre acaban pronto. O no empiezan.
Y no llegan.
La foto es de r2hox
En blanco y negro15/09/2012
"Recuérdame".
Noté el salto en el latido, la quietud repentina de tu mano, que un segundo antes, desordenaba mis rizos desparramados sobre tu pecho. Sentí la tensión súbita en ese abrazo, hasta ese momento en el límite perfecto entre lo cortés y lo cariñoso. Nunca te había pedido nada; llegaba, follábamos y me marchaba y estaba casi segura de que tú aún no sabías cómo enfocar todo aquello.
"¿Cómo?", exhalaste sin lograr matizar completamente el quiebro en la voz. - Hazlo como quieras, no importa la etiqueta que me pongas, no se trata de algo romántico. Recuerda lo que quieras, una frase, un gesto, un error. Algo que escribí, algo que dije, algo que sabías que callé. Pero un día, dentro de mucho, recuérdame aunque sea como ejercicio contra el olvido, como una ínfima batalla ganada a la vejez, recuérdame. Seguía presente algo incierto en el rictus de tu voz aunque tu mano, ahora reposada, se perdía en mi nuca y tus labios buscaban, entre miles, las palabras adecuadas, convencidos de que existían. - ¿Por qué? ¿Por qué yo? - Porque te gusta capturar imágenes y apuesto a que recuerdas cada una de tus instantáneas. Nunca me has fotografiado pero recuérdame como si así fuera. En blanco y negro, claro. Porque hace ya tiempo asumí que moriré sola, gruñoña e insoportable, cansada de mirar y ver demasiado. No lo digo con pena, es en parte mi elección. No creo en el amor para toda la vida, soy demasiado adicta al cambio para que las raíces profundicen. Es difícil que te recuerden allí donde no pasaste tanto tiempo como para que llegasen a acostumbrarse a ti. Así que no tendré un sitio al que volver y nadie me esperará si me retraso. El silencio sí esperó. Llegó a acostumbrarse a sí mismo, consciente de su propio protagonismo. No era denso, no era incómodo, era necesario. Solo permitió dos pequeños rasguños en la atmósfera; el eco ligeramente chirriante de los muelles de la cama bajo tu peso y el inconfundible sonido de una réflex. Fotografiando. Recordando. Retornable16/05/2012Comenzaste a vestirte, con gesto casi descuidado, la ropa interior, una de tus eternas camisetas negras, los vaqueros. Yo había hecho lo mismo, semanas antes, en una huida que sé deletrear de memoria. Tú entonces me preguntaste si no iba a quedarme. Y yo, como siempre, impuse mi terreno seguro; la riada de tiempo, gestos medidos y palabras adecuadas no permite trazar puentes. Entonces me pareció el vals perfecto. Tú ansiabas borrar fronteras tan poco como yo. Yo no creía en el amor, ningún tipo de amor y tú renegabas de todas las primeras personas del plural. Era limpio. Era seguro y aún desde la distancia podía contemplar sin necesidad de agudizar la vista, decenas de redes a mi servicio. Hacía tiempo ya que desaprendí los pasos en falso.
El
problema, el pago, el aviso, mi torpeza es mi propia ausencia. Y
allí, mientras te vestías, y no era capaz de ofrecer las mismas
palabras, quédate si quieres, me di cuenta de que era tarde para mí.
Supe que los retornos nunca se hacen con las manos vacías.
Supe
entonces que la impermeabilidad siempre cobra su peaje; cuando estás
tan vacía que cualquier retorno de hace inviable.
Tramoyista24/03/2012- No puedo salvarte
Le
miró, viéndole completo por primera vez. Apartando aquél enorme
telón que él había erigido entre todo lo que era y todo lo que
aparentaba, lo que escondía. Ella lo había sabido desde el
principio o quizás un poco después. Sí, fue un poco después, la
noche de su primer beso, antes de doblar la esquina. Cuando descubrió
aquél gesto casi invisible, un movimiento leve, como si agitase el
terciopelo granate de su escondite y se ocultase con él,
disfrazándose un poco.
Más
tarde descubrió que vivía siempre disfrazado, que rara vez cruzaba
la linea. Si acaso asomaba por aquí un brazo, por allá un pie pero
jamás pudo ver con sus propios ojos más allá de una desnudez
física con la que también se cubría. Ella intuía qué había más
allá, silabeaba palabras que, sibilinas, devolvían más que lo que
disparaban. Observaba. Recordaba. Así llegó a aprenderse los
ribetes de todas sus figuras, las que se dibujaban a contraluz,
acariciando el terciopelo de sus límites. Le miraba y sabía cuanto
podía ver de la realidad. No intentaba buscar el mecanismo que
deshiciese el telón y así encontró el laberinto que le hacía
sacar determinadas partes de sí mismo, ocultando otras según el
momento. Quizás solo llegó a comprenderlo.
Aquél
día ella lo vio todo. No tuvo ni que apartar el telón, conocía ya,
milímetro a milímetro, lo que había detrás. Lo había sabido
desde el principio o quizás un poco después. Sí, fue un poco
después, una noche entre andamios, cuando le dijo que no podría
vivir entre dos mundos y ella supo que era su única espectadora.
- No puedo salvarte.
Pero
ya no quedaba nadie a este lado del escenario.
Sonando : "Eme" de Leiva
La foto es de gui.tavares Mi abuela favorita06/03/2012
Mi
abuela favorita me dijo un día que todo el que puede te defrauda
alguna vez. Me pasó la mano por el pelo ensortijado y me explicó
que lo importante no es el hecho de que te decepcionen sino la
manera, el empeño en reparar el agravio y, sobre todo, la forma en
que esa mácula se acoda, más o menos, en tus pupilas, cambiando las
cosas.
Mi
abuela favorita cumplió lo dicho. Se olvidó de mí cuando el
alzheimer decidió hacer recuento, uno a uno, de todos sus recuerdos.
Y no solo eso; se marchó la primera, obligándome a llorarla lejos
de casa, donde jugábamos a la escoba y me acunaba siempre con esas
manos que olían a leche y azúcar. Antes de irse, matizó la
enseñanza esperando a que estuviese lista para atesorarla. Cuando lo
necesitas -me dijo- siempre hay alguien que no esperas que estará a
tu lado. Será una grata sorpresa que contará también con una
sombra porque alguien no responderá y su ausencia magullará tanto
la garganta que ese vacío terminará por ser más importante que
todas las presencias.
Mi abuela favorita siempre terminaba por tener razón y yo heredé esa manía de ella.
Así que lo supe desde el principio. Aunque a veces tentase a mi
propia experiencia jugando a creer que las cosas no iban a ser como
han acabado siendo. Aunque a veces te creyese a ti. Demostraste que
los refranes se cumplen, que mi abuela jamás se equivocó y que yo
tampoco lo hice. Demostraste que ya no queda quien pueda sorprenderme
con un paso a traspié que me arranque una sonrisa; que las palabras
no valen nada. Tú solo cumpliste letra a letra lo que se esperaba de
ti.
“Yo
al bucle de tu olvido, tú al redil de mis instintos”
Sonando:
“Maldita dulzura” de Vetusta Morla.
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