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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Déjame (volver a ti)

31 dic. 2005

Camino entre hojas secas cubiertas de retazos de nieve mientras el sol me da en la cara y las margaritas me cosquillean el cuello al florecer en la solapa de mi abrigo. Con cada paso un recuerdo. Sonrisas a contraluz. No quiero que te vayas, no lo hagas, vete siempre pero vuelve cada vez. Y tú sonríes y crece el nivel del mar en cada costa. Tú y yo, dos ahogados que morirán riendo.

Te ofrezco (si logramos sobrevivir a las mareas de medusas) avalanchas mortales capaces de derrotar los muros transpirables, con los restos construiremos puentes de hojalata inoxidable repletos de barandillas (ya sabes de mi vértigo) y si aún nos quedan materiales (no corrosivos) podemos fabricar cantos rodados para hacer tararear a las sirenas junto con el eco de nuestros labios. Te ofrezco amaneceres de café y churros en los que empaparnos las articulaciones hasta que no nos quede tacto en las yemas. Seré centinela en tus pesadillas para que, al volver de las imágenes en sepia, no te falten abrazos sin artificio que te protejan de los sudores fríos, de los besos a medio pulmón y de las palabras templadas a fuerza de sacarlas a pasear en días de granizo a cambio de todo. Tienes mi uñas, mi saliva, mi espina dorsal, el roce de mis pestañas y el tacto del índice y el corazón (cuídame éste último con los minutos perdidos en los viajes en cualquier transporte público).

Podemos (si conseguimos no enmarañar el deseo en las algas marinas) enlazar cada noche los cuerpos expuestos y ofrecernos disyuntivas por las que apostar a descaminar los huecos (cóncavos y convexos) que dejemos calcados en las sábanas y, cuando se nos agote la savia, podemos travesear contando historias absurdas en las que las princesas siempre sean feas y gordas y los sapos se conviertan en amapolas. Todas llenas de los más incomprensibles finales felices. Podemos caminar por ciudades inexistentes jugando con los dedos al pilla-pilla y mirarnos en el reflejo de los escaparates de cada pastelería. Tus mejillas con sabor a croissant. Hambre del bálsamo dulzón de tu pecho contra el mío.

Déjame que me aprenda los días en tu piel, que te adormezca la morriña, reconocer tu sabor en los días de viento, en los días de lluvia (cayendo por la frente hasta la punta de la nariz en recorrido suicida) y también en los soleados. En cambio en las tardes de nieve, déjame un resquicio entre tus antojos y nos construiré un refugio antilágrimas con paredes de chocolate y galletas, dónde empañar el arroz con leche de caricias en pieles ajenas. Déjame resbalar entre tus piernas y cobijarme en los rincones indelebles, contarte los lunares y jugar a definir el color de tus ojos. Si no consigo situarlo entre los básicos prometo caminar con los pies descalzos hundiéndome en la estela difusa que enreda (en camino ascendente) nuestra silueta. Déjame seguir soñando que las cuatro estaciones (invierno, primavera, verano y otoño) palpitarán en tus costillas y podré mecerme en tu pecho para dormirme escuchándolas.
Déjame abrir los ojos y sentirte a mi lado.

Miedo desmadejado y sangrando

29 dic. 2005

Creo que todos podíamos imaginarnos cómo se sentía y que podía pasarle por la cabeza revuelta en esos momentos, pero estoy segura de que ninguno nos atreveríamos a asegurar tal cosa. Es más, no tuvimos el valor de enfrentarnos con sus pupilas repletas de desengaños, de balas confusas disparadas con desatino al centro de la diana. No podíamos obviar la situación, la bocanada de fuego negro y áspero que nos quemaba la tráquea impidiéndonos que las manos dejasen de temblar de pura ira, contenida en las gotas de sangre que se anudaban con las lágrimas secas de su rostro. La miré y noté cómo se derrumbaba mi fe. Nunca nada volvería a ser igual después de aquello.

Estaba besando el suelo, desmadejada, y por un momento esperé que empezara a derretirse ante mis ojos desencajados. Su piel, a ratos transparente, se enrojecía con un temblor apenas perceptible en movimientos engañados, mientras los ojos le estallaban, mudos, en preguntas sin respuesta. O quizás la respuesta era tan obvia que era mucho mejor no decir nada. Se dibujaba la opacidad en su mirada absorta, clavándose en nuestro pecho al descubierto. Me fijé en los puños cerrados, con los nudillos pálidos y sin vida y pedí a todos los dioses que aún fuese capaz de pelear. En ese momento, abrió sólo un poco la boca ensangrentada y un río de culpas llenó la madrugada, apagando las luces ruines que aprovechan los charcos para multiplicarse y huir. Cristales rotos. Recuerdo este inmenso segundo con el tiempo detenido en las esperanzas, hasta que nos precipitamos sobre ella queriendo resguardarla de aquello de lo que no pudimos protegerla. Su tacto frío, volátil y marmóreo, era incapaz de reconocer. ¿Quién era esa chica encarcelada en el pánico de los segundos, en el desastre de los sueños destruidos y regados por la propia sangre?

Vi la pared y un segundo después noté cómo los huesos de mis esperanzas se astillaban.

Felices (y a veces tristes) Navidades

23 dic. 2005


FELICES…

Se paró ante el semáforo en rojo como una autómata y fijó su vista en el muñequito a la espera de que éste cambiase su color. Su padre acababa de morir y hacía ya años que su madre se había marchado sin dejar siquiera un adiós cómo despedida, no tenía hermanos ni familia cercana que valiese la pena recordar: Estaba sola.
Él acababa de comprar todos los regalos para su familia y se dirigía a casa para celebrar otra Nochebuena más entre los suyos. Estaba feliz con su nuevo trabajo (aquél con el que siempre soñó) y la suerte le sonreía como nunca, tanto que le daba miedo que de pronto todo se desvaneciese de golpe, así que intentó alejar tan funestos pensamientos.

El semáforo cambió a verde y en el centro de la calzada las miradas de ambos se cruzaron, sólo por un instante, pero decidieron sonreír. Puede que fuesen las luces o la música que llenaba las calles, los papeles de regalo o el frío que empañaba los cristales o quizás todo lo contrario, pero ambos se giraron y volvieron sobre sus pasos para encontrarse en la mediana y mirarse, esta vez con más calma, a los ojos. Y dejaron pasar múltiples semáforos en verde, tantos como peatones sonrieron al verlos besándose en medio de una carretera atestada de coches…

Y A VECES TRISTES…


Eran las siete y aún no había preparado nada para la cena, así que soltó las bolsas, se colocó el delantal y se puso manos a la obra. Pensaba hacer cordero asado, puré de manzanas y un par de tartas: una de trufa y otra de queso. Calculó que tardaría unas tres horas y así fue. Mientras el cordero se doraba en el horno, corrió a la ducha que la recibió con un abrazo helado pero ella tenía demasiada prisa para percatarse de ello, en tres minutos se lavó y saltó fuera para vestirse. Eligió un vestido de terciopelo negro con un ligero escote, se acercó al espejo del baño y allí se maquilló con minuciosidad. Su reflejo le ofrecía una imagen no muy esperanzadora pero consiguió ignorarla mientras volaba hacia la cocina para sacar el cordero antes de que se cocinase demasiado. Puso la mesa con exquisito gusto y fue colocando toda la comida con diligencia. A las once en punto todo estaba listo, entonces llenó su copa de cava, se levantó y con un alegre gorgojeo dijo:

- ¡Feliz Navidad!- y alzó su copa como si alguien se dispusiera a brindar con ella.

NAVIDADES...

Alguien me dijo una vez que ojalá fuera Navidad todo el año para que los sentimientos que parecen aflorar estos días fueran algo más cotidiano, quizás lo correcto sería decir, ojalá fuésemos siempre cómo queremos ser en Navidad. Felicidades a todos, ahora y siempre, sea o no Navidad.

El manual (de los olvidos)

22 dic. 2005

Sé que es el nombre de una canción y lo sé porque hubo madrugadas en las que, mientras todo mudaba sus hojas, yo no podía acuchillar otras notas. Cuando pensaba que el olvido era traicionero y vendría para fugarse cuando más sola estuviera en una habitación sin cielo ni estrellas de papel. Cuando los trenes siempre llevaban a ti mientras las palabras los diluían en el ácido verde de los cataclismos. Cuando toda la mierda que acumulamos nos desbordó los párpados e inundamos parajes desérticos. Cuando ya nada entre tú y yo valía la pena, nos anegó el veneno y se nos llenaron de tristezas los músculos de la risa. Creer en cambios y en promesas siempre fue la peor inversión a largo plazo.

Cuando las mentiras se convirtieron en el pan y el vino, nos dispusimos a preparar el banquete de lo insolente con tal de no dar un paso hacia atrás y reconocer que estábamos vencidos. Ninguno de los dos quería ser el primero en dejar la espada inerte en el suelo, regado de las venganzas que cosimos con las piernas y los cuerpos confundidos. Y autodestruimos las manos para no dejarles opción a una salida digna. Así que sólo quedaba un final con distintas clases de arenas movedizas y todo un repertorio de canciones tristes, que recolectamos al inocularnos recuerdos en aquellas noches de botellas vacías. Todo detonó e incendió las alamedas que un día nos encargamos de empañar al calor del futuro.

En esos días marrones (el gris siempre me pareció mucho más bonito) me pisoteé las sonrisas y me arranqué las uñas a fuerza de arañar mármoles de Carrara pulidos por el mismo Miguel Ángel. Se me agrietaron los anhelos y llené las noches infames de canciones que sólo llevaban tu nombre dibujado entre la espuma de las cervezas que nunca me rescataron las penas. Quizás por eso me gusta la cerveza negra, en ella no consigo ver ni sombras.

Y quise odiarte, me lo propuse cada minuto del primer verano que no pisé la arena de la salvaje, recordando el círculo que un día nos durmió entre laureles, pero nunca fui capaz. Nunca supe hacer vudú y, aunque pudiera, no quise dibujar tu cuerpo fuera de mi memoria a largo plazo, pero no por eso soy mejor persona, simplemente me limitan las balanzas de las que siempre renegué. Eso siempre me ayudó a empapelar presentes de sonrisas cuando miro atrás. Y aún quedan cicatrices pero he conseguido, a fuerza de besos sin acuse de recibo, que no duelan los días de lluvia.
Esta es la despedida que un día me rompiste entre las manos, es precisamente en este tren que tantas veces nos unió los caminos divergentes el que hoy me permite, no ahogar el cadáver de tus cajas llenas, si no salvar aquella parte de mi que amenazó con irse, junto con todo lo que olvidé entre los cojines que nunca amortiguaron las heridas. Así que esta noche alzaré en silencio la copa de la paz que jamás compartiremos y brindaré con una sonrisa por el manual de los olvidos, aquél que yo elegí y que tú mismo me concediste.

De tanto besarte a ciegas me he quedado ciego
de poco ha valido la pena jugar a este juego
de tanto escuchar mentiras me he quedado sordo

y de mi boca sólo salen puñaos de silencio
y he vuelto a abrazarme a las noches
mis labios borrachos de sed ya no quieren beber...
veneno

La Fuga: "El manual"

El gigante de las palabras contadas vs. la niña de las sonrisas en eclipse creciente

21 dic. 2005

He aquí un experimento que nació entre cervezas a la sombra del Gugenheim, se trata de dos textos parejos, uno escrito por mí sobre Natxo sin paréntesis y otro escrito por Natxo sin paréntesis sobre mí. Ambos colgaremos los dos textos en nuestros blogs (aunque el de Natxo tiene acceso restringido…) sin leer lo que el otro ha escrito. Como diría mi madre: “Que Dios nos coja confesados…”


El gigante de palabras contadas

Cuando era pequeña, debido a mi altura, las risas de mis vecinas siempre me sugerían que me disfrazase de Blancanieves para convertir a mis amigas en los 7 enanitos, y yo nunca fui capaz de responder que siempre quise disfrazarme de la mala del cuento. Un día, hace no demasiado, mi piel pálida se llenó de demonios sin disfraz y me encontré con manzanas que escupían venenos corrosivos, entonces descubrí los 7 gigantes que no me dejaron dormir para que no olvidara que a veces, sólo a veces, algunos besos son sinceros. Uno de esos gigantes tenía los ojos grises y el pelo largo, las manos abiertas y los hombros llenos de las lágrimas que dejó que se derramasen en madrugadas siniestras. Se acercó de puntillas entre ademanes sigilosos y me dio un beso en la frente, para borrar con la comisura de sus labios, las pesadillas inscritas con tinta indeleble en mis recuerdos. Se convirtió entonces en el gigante de palabras contadas, el que siempre sonríe y empapela de alegrías a quien participa de su embrujo. Es él de quien vengo a hablaros, Natxo, el que me dejó robarle los paréntesis.

No sé que podría contaros de él que no se dibuje en los silencios llenos de miradas repletas de significados. Debéis tened cuidado con su voz, propia de las sirenas de Ulises, porque se convierte en enredaderas en búsqueda de lo mejor de cada uno. Ángel de la guarda a tiempo completo, reparte bocados de verdades por sorpresa extendiendo la mano para, con un gesto, impedir que caigas en los pozos de la desesperación. Aún recuerdo, una noche de lluvia artificial en la que me regalaste, muy bajito, el placer de saber que era tu amiga.

Ingeniero de construcciones firmes sin ser severas, ahuyentador de nubes que ensucian en vez de limpiar, pintor de uniones imposibles y mediador universal. Podréis encontrarlo leyendo en cualquier parque de Pamplona (siempre que no haga sol) y tarareando alguna canción de Silvio. Si os sentáis a su lado, os convencerá con argumentos irrebatibles que todos vuestros horizontes son posibles mientras juega, sin mirarla, con su eterna pulsera gris. El amor le dejó el sabor amargo de las despedidas sin tiempo para mirar hacia delante así que se automedicó poemas sin finales, para soñar con los principios que siempre son los más bonitos. Un año después sobrevivió al París de los ingratos y utilizó el francés para hacer sonreír a las chicas guapas que juegan a la comba en los bares cada sábado.

Por las frases de poeta que a veces te esconde de reojo entre los mensajes del móvil para que tú puedas verlas justo cuando más las necesitas, por los abrazos envolventes en los que consigue licuar los muros del camino y convertirlos en dardos, con los que apostarnos las sonrisas en las tardes de las mil cervezas, porque siempre consigue secuestrar arco iris para regalarlos en el punto álgido de los huracanes, por sus manos calientes, por las verdades sin disfraces ni espejitos mágicos, por las natillas con galletas (su receta secreta), por su eterna sonrisa sostenida sin mentiras, por todos los libros que resucita en nuestros recuerdos, por las canciones en la ducha, porque hace el mejor café del mundo mundial, por estar siempre ahí… por ser tú y hacer que los demás podamos ser un poco más nosotros. Te mereces unas líneas que nunca seré capaz de escribir, aquí admito públicamente mi torpeza y te pido mil perdones, así que sólo me queda agradecer el día en que te cruzaste en mi camino e intentar amarrarte fuerte para que no te vayas (de nuevo) y nos dejes, a todos, huérfanos de tus palabras.

Sherezade
La niña de las sonrisas en eclipse creciente
La conocí antes de verla, el día que me empapé de su olor al levantarme y unas semanas más tarde, descubrí el óvalo de su cara detrás de una enorme bufanda, a juego con los rastrojos de timidez que llevaba impresos en el recuerdo (imborrable) de sus ojos verdes. Antes de eso, oí el que ahora es su nombre en los labios de las personas que más quiero. Y antes aún, soñé un amanecer de violáceos despertares que existía alguien cómo ella. Ese día, con las legañas aún por sacudir, supe que se convertiría en mi mejor amiga.

Podría decirse que adora los extremos pero eso sería elemental conociendo las distancias divergentes (e infinitas) que se proyectan entre la raíz de sus ideas y el final de sus piernas interminables. Posee el don de las temperaturas, de romper deshielos con instantes de mirada huidiza y pacharán esparcido en surcos inacabables sobre las mejillas o de aparecer acero sin fisuras (aparentes) e impermeable (si no sabes como) pero, a pesar de todo, con el atajo de los perdones sin penitencia siempre por recorrer. Le da miedo la oscuridad sólo por abrir un día los ojos y reconocer en ella la ausencia de su vida, la pérdida de lo que nunca llegó a tener.
Dicen las malas lenguas que los fósiles ámbar que descansan en sus ojos son los recuerdos de resina que dejaron las batallas no ganadas (que no perdidas) en las que nunca se dejó vencer, aquellas en las que me enseñó lo que realmente significaban los principios. Creedme cuando digo que ha peleado encarnizados combates que muchos admiramos. Y siempre ganó en los que ofreció su integridad por la de otros. En los demás, hubo veces en los que se dejó las vísceras para cobrárselas luego en empedrados de naufragios, así que, llegado el momento, puso los te quieros en remojo sin barrer para casa ni uno sólo de los venenos, colgó los pedazos rotos al aire virtuoso de las peregrinaciones y se impuso el purgatorio para saldar cuentas con ella misma. Y a pesar de todo, nunca ha sembrado sus accesos de quitamiedos, aunque en sus cunetas descansen cicatrices de cadáveres que siempre amenazaron con no marcharse.

Dejó de creer en dioses el día que dio como ofrenda por dos veces, su futuro en examen selectivo por el sueño del mejor amigo y la vida del que no lo era tanto y le concedieron la notable nota de injusticia (a sus ojos generosos) obviando su deseo en sacrificio. A partir de entonces decidió buscar lo que no tiene para ofrecerlo a las manos vacías que lo necesiten más que ella. Y si lo necesitan menos, también. En consecuencia, acabó por ponerse la última en su lista de cosas por hacer, rescatando en pleno vuelo a los que alguna vez no supimos remontar el río, debido a la fuerza de su añorado viento de levante. Ese al que nunca rindió pleitesía.
Las malas lenguas también dicen que terminó por huir a la boca del lobo pero el que aquí firma sabe que la saliva nunca oxidará su ternura de manos frías (y corazón caliente) ni acabará con la efervescencia de sus sonrisas porque el día que conoció a Marea no cedió al engañoso trueque (aunque algunos así lo piensen) de enhebrar el corazón en mimbre (que se dobla antes que partirse) y lo sirve en edición única a todo aquél que rasque un poco. En su caso nunca encontrarás un “siga jugando”, al contrario, si te topas con ella un día, con esa cara de sueños por cumplir, aférrate a sus abrazos de chocolate y sus guiños de niña buena. Y ese, sin duda alguna, será tu mejor premio.
Natxo sin paréntesis

Domingo sin trébol de cuatro hojas

14 dic. 2005

“Tienes gotas de tristeza chorreando por tu pelo seco”. Giro la cabeza mientras con lentitud me quito uno de los cascos y te interrogo alzando las cejas. “Me has oído” respondes a la inexistente pregunta de mi gesto omitido. Y tienes razón pero son casi las seis de la mañana y hace ya un par de horas que dejé de confiar en chicos de manos mojadas que se acercan en los portales. Cuestión de supervivencia. Tengo la llave metida en la cerradura y sólo un giro acabaría con nuestra conversación, los dos lo sabemos y quizás por eso sonríes estudiándome las heridas que se me ciñen en los dedos. Un segundo… dos… tres… y justo cuando empiezo a mover la muñeca me ofreces una cerveza avalando la cercanía del bar cómo interés en la deuda de mi confianza. “Si piensas que soy un gilipollas sólo tienes que salir del bar y andar tres pasos para encontrarte cómo ahora”. A mis labios asoma el dardo envenenado pero sé que has sido mucho más valiente de lo que yo lo he sido en años de pasos sin movimiento, así que vuelvo a mirarte y esta vez me impresionan los ojos (que descubro entonces). Mientras busco hormigas misioneras en las aceras mojadas, saco la llave y abro la boca por primera vez: “¿Y si no pienso que eres un gilipollas?” y al decirlo sé, que ahora tengo que enfrentarme, aunque sea por un instante, de nuevo a las hadas de tus ojos y reducir a base de cordura el rubor que se me instala en las orejas. Sin embargo me devuelves el silencio merecido al son de nuestros pasos entrando en el bar y antes de que me quite las pelusas de frío me pones en las manos la cerveza diciéndome al oído: “Me llamo Mateo”, así que dibujo en mis labios mi nombre que lees cómo un pianista experto en esos menesteres. En ese momento se encienden las luces para, por primera vez en esa noche, trazar entre copas vacías los acordes del Imagine de Lennon. 25 años. Me dices que no hay problema en quedarnos, el bar es de un amigo que observa sin mirarnos desde la distancia prestada por el fondo de la barra, como hablamos lo necesario para un saludo en cualquier cruce de esta ciudad sin semáforos en ámbar. Para cuando te respondo de dónde soy, tú asientes: “te delata el acento” y contándote los nudos de las zapatillas disparas a ciegas: “¿Qué es lo que más temes de las personas?”- tornándosete el gesto en urgente mientras buscas mis ojos sin encontrarlos - “aparte de que te lean el pensamiento cuando les miras a los ojos” terminas mientras me descubres con una sola mano dejándome al raso. Noto como mi médula acusa el golpe, “Me da miedo la enorme capacidad que tenemos para mentir” te respondo intentando aguantarte la mirada en lo que se convierte (con el paso de los años) en un reto conmigo misma. Y nuevamente pierdo mientras pasan los segundos. Interminables. Uno… dos… tres… Y mientras Lennon se despide hasta los próximos 25 años, tú me atraviesas sin manos culpables: “Podría enamorarme de ti” y en ese momento sé que terminaré huyendo al acabar la cerveza, empapándote los gestos de mi sonrisa que sólo sabe teñirse de ironía, pero saltas, con un impulso que te agradezco, sobre mi gesto y tus ojos van de la botella a mis manos en un baile descompasado de preguntas carentes de interrogantes. “Siempre tuve suerte el 14 de cada mes, así que decidí que conocería a la mujer que me acompañase el sueño un día 14”. Entonces te corto casi mecánicamente: “Hoy es 10” mientras pienso que, en mi caso, los tréboles de cuatro hojas solían aparecer con la revista de los periódicos, siempre los domingos. Ante mi comentario tú impones el reto con algo indefinible sombreando las pupilas y yo caigo sabiendo de antemano que, una vez más, me derrotarás. Mientras asumo mi cobardía con el sabor que pudo dejar un bombón de trufa con el corazón roto y sin almendras, oigo la luz apagada de tu voz “Tienes razón… deberíamos irnos, se hace tarde”

Miro el reloj del bar castigándome mudamente las entrañas y me doy cuenta de que son las 6:37. Domingo 11 de diciembre.

(Quizás) Yo no debería estar aquí

12 dic. 2005

Yo no debería estar aquí. Yo debería estar ahora mismo enredando sueños entre los pliegues de amaneceres que no viví y que sé que no viviré nunca, debería estar jugando a perder cada una de mis ilusiones en la apuesta que hice por ver que su sonrisa era una tramposa, que nunca mira de frente. O quizás debería estar limpiándome los zapatos con las lágrimas que derramo al saber que él no ha vuelto a defraudarme y sigue mostrándome el mismo universo que un día perdí sin saber que jamás lo había tenido. El universo más lejano dónde la fuerza nunca te acompaña. Pero aunque no deba, estoy aquí bebiéndome una cerveza mientras cuento uno a uno los cristales de mi ventana, mientras un tren que dejé pasar me guiña el ojo y me deja un jirón de humo para que no esté sola. Y mañana será un nuevo día que amanecerá lluvioso para que al meter los pies en los charcos no note el frío que exhalo al hablar. Y quizás al estar aquí en vez de allí el eco ya no se convierta al estado liquido cada mañana y los amaneceres vuelven a estar llenos, olvidando a quien me dijo que algún día llegaría a ser ministra. Y quizás cada una de las escamas de ese alma que todos decimos tener vayan superando el estado de embriaguez enredadas en las trenzas azules de una promesa que tú y yo nos encargamos de romper.

Quizás y sólo quizás, el que yo esté aquí y no allí pueda ser el primer escalón de una escalera que se refleja en el espejo dónde la lluvia no cesa de caer. Al fin y al cabo, aquí siempre está lloviendo.

Errores antiguos

10 dic. 2005

Vuelvo a perderme en la oscuridad incierta de tus ojos y tiemblo, no sé si porque aún no he conseguido superar mi miedo a las tinieblas o es por verme de nuevo en el volátil espacio que guarda todo aquello que olvidé de ti. Quizás sea sólo el frío de recordar los taladros enmascarados de silencios afilados, cómo un “no” dicho a ciertas horas de la madrugada. Aún tengo tatuada en las palmas de las manos (allí dónde no pueda perderla de vista) tu mano en su cintura, tus ojos desollando los míos y mi cabeza alta contando los segundos para dejarse caer a las pesadillas de las sombras, que se mantienen despiertas cada noche hasta el alba.
También fue una noche de resacas amargas (por aquél entonces no necesitaba tanto de las bebidas dulces) de ojeras y de fiebre, cuando viniste a decirme que compartiésemos los puntos de vista, las noches suicidas, la taza de café y los amaneceres, sobre todo los amaneceres. Y no supe responderte por miedo a que vieras en el acento aguado de mis palabras (creo recordar que, incluso en esa ciudad, llovía) que llevaba meses soñando con tus dedos dibujando en mi cuerpo espirales de esas que nunca se acaban. Bajé la cabeza y se me subió la fiebre a las mejillas sin saber que en ese momento me estaba condenando, en esa misma espiral, a trabajos forzados para sacar poco a poco las piedras que, a millares, encontraríamos (sin hablar de las que pusimos nosotros mismos) en nuestro camino a ninguna parte.

Hoy, en otra noche parecida a aquella, decidimos volver a buscar las piedras con las que tropezamos para comprobar si el tiempo ha conseguido limar las asperezas. Y tus labios, viejos conocidos, se entretienen de nuevo dibujando formas en mis hombros desnudos, un oso, una flor o un corazón cómo el que ambos negamos haber hipotecado a un interés demasiado bajo. Y mientras sigues besando cada surco que se dibuja en mi cuerpo cómo si tuvieses los minutos a tu disposición yo cierro los ojos y, a ciegas, me entrego en pleno al ejercicio de recordar sólo las virtudes que pudimos inventarnos. Quizás sepamos aprender de los despropósitos y sólo volvamos a cometerlos en los días impares. Te beso la barbilla e intento no pensar en los platos rotos, en las noches a golpes con las aceras intentando reventar tu recuerdo por debajo de los puentes o en todo lo que llegamos a querernos. Y me miras a los ojos otra vez con esa paciencia infinita que tanta prisa lograba inyectarme en cada gesto y, otra vez cómo entonces, se me instala en los labios la urgencia por besarte, por miedo a encontrarte durante sólo un segundo y darme cuenta de todo lo que te he echado de menos.

Volveremos a cometer los mismos errores y nos enzarzaremos en las muñecas los anhelos pero hoy estás aquí, mañana… mañana ya decidiremos que nuevas caídas improvisamos.

A quién corresponda



Rezando, a quién corresponda, para qué Sabina no cancele en Bilbao...

¿Errores?

9 dic. 2005

Ella se enroscaba entre los dedos un mechón de pelo, entrecruzando las uñas color sangre con el rubio apagado, y le miraba insinuante con la cabeza algo ladeada

- ¿Cuál es la mayor tontería qué has hecho por una mujer? – le preguntó traviesa entreabriendo ligeramente la boca y acercando su pierna a las de él. Él esquivó la caricia y lanzó su mirada al horizonte, clavándole el acero tibio de los ojos a la noche.

- ¿La mayor tontería qué he hecho por una mujer? – expiró lentamente y con estudiada parsimonia terminó – No enamorarme de ella.

Adioses diluídos

8 dic. 2005

Me encantan los aeropuertos, es uno de esos territorios mermados en los que consigo ser tan pequeña que resulta casi indecente no buscar un asiento y mirar a las distintas personas mientras recreas, por la gracia de sus manos, una vida imaginada al compás de la música que se contonea en mis oídos. Unos minutos antes de que aterrizase en Barajas, contaba las telas de arañas luminiscentes que lo asediaban mientras en el cielo otros tantos aviones sobrevolaban encuentros pasajeros de primera clase. Y me preguntaba cómo, dándome miedo las alturas, podía gustarme tanto volar. Llovía y desde el aeropuerto subía una neblina que te calcaba la frialdad de sus caricias sólo con detener la mirada en ella.

Aún me queda una hora de espera para naufragar de nuevo, camino del lugar que hace no demasiado pude reclamar cómo mío, así que recurro a bandas sonoras de historias que siempre quise contar por no vivir y me siento ante la puerta de embarque, defendida por ejércitos de chocolate con almendras y francotiradores cobijados en regalices rojos. Cruzo mis pasos tocándome los tobillos para acomodarme viendo a la gente pasar. Un ejecutivo perfectamente trajeado, de pelo canoso y morenas arrugas encubriendo los ojos azules, se pasea con el ritmo propio de un vals bailado con una maleta de micky mouse plastificada, una futura arquitecto susurra a un móvil, lo que quise adivinar como el plan de algún golpe escolar para el asalto sin rehenes de un joven pintor incauto, un señor de unos 80 años le cuenta a una mujer, que imagino ciega, cómo los aviones rozan margaritas de asfalto convirtiéndose en colibríes al besar a la bruja del cuento y, al captar mi mirada, ladea brevemente la cabeza, sonriéndome con un guiño desde las pestañas. Le devuelvo la sonrisa mientras sigo oyéndole tejer palabras sin dedos entre las manos callosas de la mujer y con los labios aún contentos desvío los ojos hacia el frente para encontrarme con dos pupilas atentas que no esperaba. Podría haber sido el hombre de mi vida. Me juro a mi misma que si no le aguanto la mirada, esa misma noche me fustigaré con recuerdos de hielo para castigarme por mis continuas avalanchas, pero apenas una milésima de segundo después pierdo la partida pero no las ganas, notando cómo mis mejillas se confunden con las manos asesinas. En aquel momento anuncian el vuelo y al huir hacia el mostrador me encuentro con la espalda de un eclipse sin promesas cumplidas y se me afilan las terminaciones nerviosas cuando entro en el rastro de su presencia aunque pretenda vivir entre las líneas, ahora delatoras, de mi tarjeta de embarque: asiento 6C, asiento 6C, asiento 6C… una vez se convierte en sirena sin voz, me fijo en el mentón tenso y las tormentas sin truenos perfiladas entre los labios y vuelvo a encontrarme con los ojos de avellana en medio de su sonrisa y, esta vez, le devuelvo las traiciones a bocanadas de aire viciado hasta que llegamos a la puerta, “señor, asiento 14F por favor”.

Mientras despegamos puedo escuchar la voz de suave nacimiento contando a la mujer cómo a pesar de los adioses que se diluyen en las ventanillas dibujando formas imposibles, el aeropuerto está lleno de luces de artificios regalados por generales de solapas pacíficas. Cierro los ojos en lo que me parece el aleteo de uno de esos aviones y al abrirlos de nuevo noto el envite de la llegada cuando, casi con un rumor inaudible, llega a mi el sueño cumplido “Ahí está, Natalia, por fin podremos verla”

Salamanca...

2 dic. 2005

Estuvimos juntas cuatro años, mucho más que con cualquiera de los novios que he tenido hasta ahora, y cinco meses después de abandonarte aún se me abren los nudillos echándote de menos. Desde aquél 1 de octubre que llegué presa del temblor de la inexperiencia y, con la mirada callada, recorrí por primera vez la arcada del más insigne de tus lugares a recordar, dónde cada piedra narra un trozo de vida de los que allí fuimos tremendamente desdichados, al darnos cuenta de que tus mañanas de resaca de buenos recuerdos, tenían una fecha de caducidad que no quisimos ver al llegar.

Yo que llegaba desde tan lejos (aquellas criminales casi 10 horas en autobús) y he acabado añorando tanto tus tardes de invierno, que le he pedido a los árboles que lloren montañas de blancos vendavales mientras agitan los pasos de las campanas disimuladas bajo las risas, para ver si soy capaz (con los ojos cerrados, eso sí) de volver a sentir como se estremece mi piel al pasear por la Plaza de Anaya en una tarde cualquiera de diciembre. Soñar con caminos serpenteantes hacia el reloj, en busca de un encuentro casual con cualquiera que se deje invitar a un helado, para viajar a pasos cortos por toda la ciudad en una helada tarde de un cálido invierno.
Tomé la decisión de irme a estudiar a Salamanca cómo casi todas las decisiones importantes que he tomado en mi vida, por una mezcla de intuición y azar y, esta vez, los dados me sonrieron desde la mesa guiñándome la mejor tirada. Durante cuatro años me convertí en quien soy paseando, aterida de frío y buscando cual mala hierba un poco de sol, por todas y cada una de tus calles. Bebí más amigos de lo que pude recoger con mis muñecas vacías y desayuné con vino y cerveza en las fiestas de medicina, ciencias, filología o, cómo no, en las de ciencias sociales. Aprendí a querer de verdad a quién ni siquiera había llegado a conocer aún, supe lo que era llorar arropada por todas las manos y los besos, me abandoné al olvido de las clases y los libros para recordarlos unos meses después entre cafés, acorralada en las mesas de libreros, la biblioteca con mayor índice de noviazgos del país. Aprendí que lo mejor de la universidad son las sonrisas que alberga en su interior, los guiños mudos que comprenden con una palabra, las lágrimas que, dispersas, recogen manzanas esperanzas para no caer en la tentación del desconsuelo. Al final, disgregué los abrazos para que, aquellos que siempre llamaré amigos, guardasen una mínima parte de todo lo vivido. Me bebí la noche sin atragantarme, aprendí geografía dibujada en las sonrisas de los bares y probé los cuerpos de conocidos o desconocidos hasta que acabé por hacerme socia vitalicia del club de los recuerdos colgados en los recortes de tus calles desiertas. Y lloré, mientras sonaban las campanas de la Purísima, cómo sólo he llorado la huída de quien sabes que nunca ha estado, el día que puse mis maletas en la puerta. Aunque me prometiese una y mil veces que volvería.

Te debo casi todo lo bueno que tengo, por enseñarme la mejor lección y la que más tardaré en olvidar, porque gracias a todo lo contienes, a estos cuatro años que me han dejado el alma llena, supe que soy capaz de reconstruir mi mundo, pieza a pieza, cada una de las veces en las que sienta que estalla bajo mis pies. Me diste algo que siempre busqué en cada una de las ciudades en las que he vivido, un lugar en el que encontrar mi sitio. Al fin y al cabo, creo que para todos los que allí llegamos a existir, Salamanca siempre será un hogar al que poder volver.
 
   

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