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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Mañana

29 oct. 2006

A ti, por las proteínas necesarias, los regalices rojos, por el reino, y como no, por los abrazos abarrotados de palabras en silencio.

No llega a ser del todo negro. Aparece ante ti con la tonalidad incolora del futuro en el que no crees, para el que no es que pienses que no tienes respuestas, no, es simplemente el que te aterra por no tener escapatoria. Puedes notar como se te va solidificando en la garganta, denso, convenciéndote de que no vale de nada que intentes gritar, porque ya no te quedan ni las opciones del tren a ninguna parte.

No hay más remedio, se te nublan las azoteas y guardas el horizonte debajo de la cama, con las cartas que nunca mandaste y con aquella camiseta que jamás te atreviste a ponerte. Allí donde se guardan todas las verdades fermentándose al polvo. Y te vas dejando caer, macerando el sabor a sangre en el distrito ruinoso de las ilusiones, te vas abandonando, pensando que la ceniza es tan buena compañera como cualquier otra.


El problema es que el sistema cardíaco tolera mal el balance inadecuado de grises, tiende a buscar glóbulos blancos adecuados (tanto como el pescado azul) que sean capaces de llevar oxígeno a las ruedas que se han ido extinguiendo poco a poco. Y es sólo un gesto, una caricia en una canción que recuerda a casa, o un lazo cálido entre las sábanas. Entonces se completa el puzzle (siempre faltó su pieza) y llegan las certezas. Una detrás de otra, atropellándose contra los cristales, ahora secos de lluvia. Y te das cuenta, de golpe, que el mañana se ha ido construyendo al hilo de palabras mudas y abrazos con aliento. Al hilo de su espalda. Y entonces, eres capaz de creer en todo. Y no sólo eso, entonces, eres capaz de todo

Estaciones de paso

27 oct. 2006

No quiero que me enseñes sobre tiza todas las razones que existen, aunque lo adornes con distintos colores, con argumentos irrebatibles y gráficos al por mayor. Tengo tendencia a dejar las razones lógicas a la fuerza centrífuga de tu ausencia. Aunque dices que estás. Qué importa si es verdad o mentira si yo no soy capaz de calentarme en la fragua de tus ojos. Si cada noche vuelvo a acostarme con los pies fríos y la cabeza caliente. Si necesito encender todas las luces ya que me crece la oscuridad más allá de las entrañas. Que importa cuando ya no sé tropezar, al fin y al cabo, desde el suelo todos los ángulos que te miran se me vuelven muertos.

Y es posible que seas capaz de dibujar a pulmón, en el papel milimetrado de las palmas de mis manos, la ecuación que provoca el invierno en mis pupilas, que la conozcas e incluso puedas derivarla para que a ratos haga menos daño, pero lo cierto, lo que más duele, es que ni tú ni yo, ni siquiera nosotros, somos capaces de encontrar la incógnita precisa que nos devuelva el verano.

Puertas puente (o simplemente espejo)

23 oct. 2006

Hoy es uno de esos días en los que quieres quemar tu vida, asir la puerta del primer tren que cruce cerca de tu habitación y marcharte sin llegar a respirar. Empezar de nuevo. Quemar los puentes. Pero sabes que sigue alfombrándose tu vértigo más allá de la ventana y que eres incapaz de saltar sin alojar tus huellas dactilares por toda la habitación.

A pesar de que siempre quisiste disfrazarte de la mala de la película, te has dejado el maletín de torturas encima del armario y, aunque recuerdas uno a uno el contenido, no tiene el mismo efecto reflejado en tus pupilas que impreso en el boletín oficial del no-olvido. Ya sabes que no te marcharás. Aunque te digas que quieres. Aunque mientas al espejo diciendo que lo necesites. En este reino no se da el alta voluntaria a los pacientes cardíacos. Aunque sufran falta de sueños crónica.

Así que juegas a reinventarte cada mañana a base de sonrisas del escaparate de primeros auxilios, te maquillas con mañanas soberbias poniendo un énfasis especial en los ojos. Sin ellos no hay credibilidad. Y cuando sales de la habitación tu madre te grita que adonde vas pintada como una puerta. Tú sólo rezas para que se abra de una maldita vez y te conduzca a alguna parte.

Colores básicos

17 oct. 2006

No era capaz de diferenciar los colores básicos. Así de simple. Para muchos no suponía un problema hasta que intentó hacer renacer los crisantemos encallándolos en miel añeja o hasta aquella otra vez que pintó las paredes de la memoria de rojo sangre, según él, sin poder distinguir el color de sus recuerdos. Cuando los pocos que no le daban por perdido se empeñaban en explicarle, en el patio radiante de su casa, con un cristal, como aquella luz se dividía en otras luces de diferentes tonalidades, él cerraba los ojos y sonreía. Una vez y otra. Como los niños construyendo el foso en su castillo de arena después de la subida de la marea. Cerraba los ojos y sonreía. Así se veía mejor, el mismo color, único, en el que se expandía la luz tras su paso por el cristal.

Porque sólo percibía el fondo oscuro de sus pupilas. La ausencia de cualquier otra luz. Era por eso que cuando caía la noche la sonrisa hacía suyo mucho más espacio y era cuando más a gusto se sentía, rodeado de nuevo de su mirada como si no se hubiese marchado nunca. Como si ahora, de nuevo, pudiese decidir si avanzar o parar en los semáforos.

Quizás por eso, en las noches de luna nueva, enloquecía y sitiaba a las luciérnagas. Quizás por eso tenía jaulas repletas de velas. Quizás por eso, perseguía sin descanso la luz de las bombillas. Sin luz no había colores, sin luz sólo estaba ella. Sin luz era imposible distinguir su propia ceguera.

Clases de meteorología a destiempo

12 oct. 2006

Supongo que es sólo el cielo gris y tus ojos azules. Todo sería más fácil si fuera al revés, el cielo azul y tus ojos grises pero hace ya mucho que el hombre del tiempo me regaló un paraguas roto por las dos caras. Sería más sencillo con aquellas pegatinas de hace años, de las que se pegaban en las capitales de provincia y nunca se caían. Eran otros tiempos y el pegamento funcionaba, mucho más que en ratos abstemios. Por desgracia, ahora las tormentas no son de cartón piedra, son sólo de piedras, así que hemos perdido la oportunidad de vendar los ojos al presentador y cambiar el tiempo a nuestro antojo.

Sigo mirando a las nubes pero ya no le busco las formas bajo las faldas.

Nunca Jamás

7 oct. 2006

Se me escapó el momento en el que debí coger las maletas y decir “nos veremos más allá”, no me di cuenta de que apenas se te deja un instante para mirar a tu alrededor, y sonreír porque sabes que ese es el momento exacto. Luego no existen más opciones. Después, a la gente como yo, sólo nos queda levantar el vuelo (con los pensamientos alegres) la segunda estrella a la derecha y saber que mientras duró fue eterno y perfecto. Yo que odio la perfección.

Sin embargo ahora me he vuelto a morder todas las uñas, se transformarán en monedas sumadas a la hucha de las promesas hechas a mi misma que he sido incapaz de cumplir y he vuelto a buscarme en el movimiento inverso de las manecillas del reloj. Allí donde sólo anida el polvo inyectado de omisiones. Y tengo miedo, tanto, que sólo se masticar cristales para diluir el pánico a no poder tragarlos. A que de verdad, de la buena, ya no haya marcha atrás.

Así que me conjugo verbos compuestos. Echo de menos las azoteas, las llamadas de los lunes, el café de los miércoles, la ilusión de las diez de la mañana con el equipo de salvadores del mundo. Echo de menos el xikilla, los domingos de resaca y la ropa tendida del vecino del tercero. Ser capaz de enhebrar letras que curen poquito a poco y creer que siempre nos queda tiempo, que, como decía mi padre, si quieres siempre puedes conseguirlo. Echo de menos Europa, la ciudad amarilla y el olor a mar. Echo de menos la sonrisa que sólo tú conseguías sacarme en las fotos, enredártela entre las sábanas y que siga marcando todas las páginas. Me echo de menos a mi. Y contra eso, no sé como luchar.

Del barro

5 oct. 2006

Me cuesta más de la cuenta mirar hacia arriba, los médicos siempre lo achacaron al pulido inexacto de los huesos rotos que amontono bajo la piel, que los maestros me decían que siempre había que recordar para aprender. Yo, sin embargo, creía que se debe al tamaño de mi pies y a su estructura adecuada para resbalar pendiente arriba, salpicando hielo en figuras concéntricas (los pá(ú)lpitos). Pero la cuestión es que mis pupilas son camaleones en las aceras y no existe remedio médico que descubra porque olvidé los colibríes.

Así que debo tener cuidado de no mutilar sonrisas ajenas o de guardar besos que no llegaron a ser naranjas en mis barrizales interiores. Procuraré preservar de mi propio óxido lo que hace de salvavidas en naufragios provocados. Aunque hoy no sepa donde lo he guardado. Aunque hoy recuerde más de la cuenta que no nacimos del barro, sólo nos hundimos en él.

I si canto trist

1 oct. 2006


I SI CANTO TRIST (Lluís Llach)

Jo no estimo la por, ni la vull per a demà,
no la vull per a avui, ni tampoc com a record;
que m'agrada els somrís
d'un infant vora el mar
i els seus ulls com un ram d'il·lusions esclatant.

I si canto trist
és perquè no puc
esborrar la por
dels meus pobres ulls.

Jo no estimo la mort
ni el seu pas tan glaçat,
no la vull per a avui, ni tampoc com a record;
que m'agrada el batec d'aquell cor que, lluitant,
dóna vida a la mort
a què l'han condemnat.

I si canto trist
és perquè no puc
oblidar la mort
d'ignorats companys.

Jo no estimo el meu cant, perquè sé que han callat
tantes boques, tants clams, dient la veritat;
que jo m'estimo el cant
de la gent del carrer
amb la força dels mots
arrelats en la raó.

I si canto trist
és per recordar
que no és així
des de fa tants anys.





Y SI CANTO TRISTE...
(I SI CANTO TRIST...)

Yo no amo el miedo, ni lo deseo para mañana,
no lo deseo para hoy, ni tampoco como un
recuerdo,
pues me gusta la sonrisa
de un niño junto al mar
y sus ojos, como un resplandeciente ramo de ilusiones.

Y si canto triste
es porque no puedo
borrar el miedo
de mis pobres ojos.

Yo no amo la muerte,
ni su paso tan glacial,
no la deseo para hoy, ni tampoco como un recuerdo,
pues me gusta el latido de aquel corazón que, luchando, da vida a la muerte
a la que lo han condenado.

Y si canto triste
es porque no puedo
olvidar la muerte
de ignorados compañeros.

Yo no amo ni canto, porque sé que han callado
tantas bocas, tantos clamores, que decían la verdad;
Pues yo amo el canto
de la gente de la calle
con la fuerza de las palabras
enraizadas en la razón.

Y si canto triste
es para recordar
que no es así
desde hace tantos años.


 
   

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