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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Más allá de los zapatos verdes

28 may. 2007

La miraba desde los 15 metros que dictaba el protocolo, recostada sobre el cristal del metro, cantando bajito alguna canción de su grupo favorito. Mirando al suelo, examinando las huellas del pasado en la delicada comisura de sus dedos, con el gesto ausente, aún quedaban varias paradas, perdida del filo angosto de sus zapatos verdes. Y quiere acercársele, decirle al oído que aún quedan parques de atracciones más allá del cemento espeso que parece recorrerle las venas, que el sol puede transformarse en girasol de sus ojos negros, que él está allí para eso, para acabar con las lágrimas calladas que usurpan el tiempo de los sueños a gritos.
Pero no puede susurrar a través de un abismo de 15 metros y hay cosas que no deben decirse si no es al oído, los puentes sólo se lanzan en situaciones de alto riesgo y él lleva buscando desde siempre no tener que cruzarlos. Aunque eso suponga poder saber a qué huele más allá del rastro etéreo de su almohada.

No, él sólo quiere arrancar los pies del suelo, acercarse a su oído y susurrarle que tiene una isla en la que nunca llueve, en la que tender las lágrimas al sol y dormirse acunados con el olor de la marisma.

Cambios de entretiempo

18 may. 2007

Es como un temblor escalando con crampones de acero y doce puntas por tu columna desnuda, con las ganas descalzas, fuera de las mantas, aguardando a que la primavera llame de una vez a la ventana. Que hoy es el tercer día par de la semana y aún no hemos podido estrenar los zapatos de los domingos de sol. Cuando nos tumbamos en la hierba y comemos helado hasta que se nos derrite la tarde entre las manos. Pero hoy la ventana aún está desierta y tu sangre se convierte en sorbete de limón, fría y amarga, aunque la necesites en las noches de resaca, con copas de menos diluviando en tu almohada. Toda tu piel se transforma en un glaciar y notas como, poco a poco, vas perdiendo puntos vitales y se te tambalea el equilibrio. Supones, como dicen en la tele cada día, que el cambio climático de tu vida te acecha desde tantos cigarrillos en el cenicero.

Y miras por la ventana y sólo ves la misma niebla de ayer, es una pena que este algodón de nubes no pueda devolverte a la infancia, a las manzanas de caramelo, tan pegajosas como algunos minutos, de esos que se desperezan en el reloj pero no terminan de amanecer. Y te esfuerzas, intentas no desconfiar del grisáceo de las paredes, del cielo, de tus pulmones o del reflejo invisible de tus pupilas en el mañana, pero no hay suerte, combina con demasiados colores como para pensar que es un adversario honesto.

D.N.I

14 may. 2007

Me miras y no me ves. Aunque te esfuerces, fijando la vista en mi rostro, en mis ojos o en mis manos, por mucho que lo intentas nunca consigues distinguirme. No es el sol en el rostro, has probado con gafas de sol, usando tu mano extendida de visera o buscándome más allá del crepúsculo. No importa, a pesar de las estratagemas, me miras y no me ves. Como cuando te sumerges en la oscuridad relativa tras la luz absoluta. Estás cegado y no lo percibes. Observas despacio mi piel, quizás más oscura que la tuya o algo más pálida, mis rasgos, el color de mis ojos y de mis pelo, mi altura y la suavidad o la tosquedad de mis manos. Y aún así, no serías capaz de (re)conocerme más allá de este instante bajo el sol de esta plaza abarrotada.

Me miras y sólo ves mi religión, distinta a la tuya, ajena a tus creencias, me miras y sólo ves mi piel incomparable con esa que tanto proteges de los primeros ápices del verano. Ves tras mi espalda guerra, sangre y matanzas o puede que “solamente” pobreza, hambruna y exilio. Y a veces hasta simulas que te preocupa, que mundo más desquiciado éste. Eres capaz de percibir en mis manos la falta de pan y de un trabajo digno. Me supones completamente extraño en tus costumbres y, por supuesto, me sabes forastero entre tus fronteras. Podrías definirme, a mí y a otros muchos que igualas a mí, con una o quizás dos palabras. Musulmán, inmigrante, rumano o negro.

Y me preguntas el nombre queriendo ser amable. Que importa mi nombre si tú ya has decidido quien soy.

Hoy he vuelto a acordarme de ti o una simple respuesta

6 may. 2007

Hoy he vuelto a acordarme de ti. De tus manos grandes y tu sonrisa a contraluz, de esas que hay que saber entender. Me he acordado de las subidas engarzadas en el alquitrán de tus pestañas, de los silencios llenos, de las sonrisas engordando más allá de las costillas, y también, claro, de las caídas cuando la noria en la que nos convertimos ya no tenía combustible para seguir subiendo. Y nos quedábamos quietos, mirándonos, buscando en el otro el siguiente movimiento a pesar de que la tramontana iba apilándose en nuestra espalda.

Te dejé marchar porque mi cuento favorito era y es “El principito”, porque nunca supe cerrar grilletes en manos que siempre busco abiertas ni rodear de hormigón los pasos que han de elevarse. Y porque nunca se me dio bien luchar a ciegas, jugándome los cuartos para trastrabillar en una palabra. Pronunciada o silente. Pero nunca dejé de intentar que al menos una hilera de amigos nos uniese. Quizás fuera porque siempre me importaste más de lo que creías.


Y ahora vuelvo a dejarte marchar porque a tu lado nunca he estado sola. Porque el tiempo de los imperdibles pasó ya pero siempre quedarán huecos para llamadas de madrugada, aunque me aneguen tus palabras más allá de la almohada. Siempre creí en el poder de la terraza de baldosas amarillas y sus viajes de ida y vuelta, en las cervezas y en la fiebre. Eso quedará refugiándose de los inviernos porque existió y fue primavera. Aunque no lo creas. Pero no hay posibilidad de luchar contra los tiempos verbales, ya no. Por eso ahora vuelvo a dejarte marchar, que, a mi manera, yo también te llevaré conmigo.

Olvido de emergencia

4 may. 2007

No tuvo necesidad de olvidar nunca, porque nunca se permitió recordar más allá de la puerta de salida. Allí donde el adiós se esbozaba, no sólo en la nuca, sino también en el regazo vacío de la última noche, cuando las tuberías ya sólo transportan el vaho, aún calido, que producen las espinas clavándose en la carne podrida. Cuando el nunca más supuraba en el sol de la siguiente mañana, él cerraba las cortinas y utilizaba los restos para limpiar los cristales, ahumados de polvo ya viejo.

Una vez impoluto el último escenario, adiestraba el paladar con sabores diversos y combinaba hasta que alguno le manchase la camisa con ganas de repetir. Así conseguía mantener el corazón tan pulcro como las lápidas ilustres del cementerio municipal.

No tuvo necesidad de olvidar nunca porque nunca se permitió tener memoria. Todo era más higiénico así. Un día olvidó acordarse de la puerta adecuada, pasaba a veces cuando el café era más escaso de la cuenta, cruzó convencido la de salida de emergencia y no llegó jamás a tener la necesidad de recordarse a sí mismo.


Mis felicitaciones a el_hombre_que. Y que siga escribiendo a pesar de los años ;)

La foto pertenece a Shin

 
   

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