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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

De las otras verdades

27 feb. 2007

A esos niños que han permanecido al norte y al sur guardando mi cama, a quienes ahora me traducen las sonrisas al norte de los escalones, a mi hermana, a ti que siempre intentas robarme las pesadillas. A vosotros que siempre habéis permanecido, por que me permitáis quedarme aún más tiempo. Que esa sonrisa, os pertenece.

Todos nos terminamos olvidando de todos, eso me dijo aquél hombre que parecía tan sabio, con su barba blanca de sabio, con sus gafas de sabio y sus manos enormes, también de sabio, de esas personas que han vivido tanto, que la muerte se acerca de continuo a pedirles consejo. Y yo no tenía más que creérmelo, claro, viniendo de aquella voz rota, rasgada de haber visto tanto humo disipando aquellas otras verdades que nunca lo fueron. Todos nos olvidamos de todos, que horizonte más inerme.

Pero yo siempre crecí del revés y con el tiempo aprendí a sentirme orgullosa de ello. Es una de esas cosas que te gustaría escribir en post-it y colgarlos de los días confusos para hacer contraste, es una lástima que nunca puedas sangrar tanto como para proponerte de veras dejar de hacerlo. Así que en los días de calima siempre creí a aquél hombre sabio. o:p>

Hoy no es un día soleado, hace algo de calor sí, y eso para mi es un lujo ahora que empiezo a recuperar mis 35 grados habituales. Hoy no es un día soleado, decía, pero me ha dado por pensar que quizás no todos nos terminemos olvidando de todos, que aún queda la esperanza de que no nos convirtamos unos a otros en atrezzo de distintas etapas de nuestro reloj de arena. Puede que consigamos, con cierto esfuerzo, permanecer adheridos a las paredes al menos con una sonrisa pegado a un teléfono rojo, de esos que nunca comunican aunque se pasen meses sin sonar.

Aunque siempre existan otros que se queden silentes para siempre.

Se me olvidó decir que la foto (aunque no esté completa) la hizo Endika G.G (barkatu!)

Yo misma

23 feb. 2007

Pasa algunas veces, cuando se alargan los minutos y me miro al espejo para desconocerme un poco más a través de las costuras, en los momentos en los que no acierto a pellizcarme el corazón por miedo a que rompa a llover desatinos salados, para acompañar los ratos vacíos. Y olvido mis propias manos, que me resultan ajenas ahora que he dejado (otra vez) de morderme las uñas. Y pierdo mis ojos, que de repente se cuelgan del verde de las paredes, de tantos otros ojos que me miran desde ellas, para resguardarse de la búsqueda de algo que en esos instantes les es extrañamente lejano.

Y es que a veces no consigo reconocerme a mi misma a pesar de los espejos, de tus ojos (que siempre devuelven mi imagen aumentada) o de mis propios ojos, desnudos, en expedición suicida hacia las cataratas empedradas de miedos que asolan mis entrañas. No me veo, no me siento, ni siquiera ausente, ni emigrada, ni repatriada de sótanos adyacentes. No. Creo que es sólo que en ocasiones me siento demasiado pequeña. Y todo a mi alrededor se hace demasiado grande.

Banderas incoloras

17 feb. 2007

No, no creo que sea necesario, ni siquiera creo que sea verdad a pesar del martilleo constante que quiere acallar palabras más silentes, pero más importantes. Que como dice la canción, los empresarios y mi padre cuando vamos buscando regalos especiales, no siempre lo urgente es lo importante. Así que no, no me creo toda esa parafernalia en liquidación de himnos, banderas, ideologías e identidades, toda esa impaciencia por hacer de ello una necesidad vital, tan ineludible como ver los fuegos artificiales en las fiestas populares, como besarnos cuando te vas, no vaya a ser el último beso.


Quizás soy yo, que nunca creí en fronteras, banderas ni rasgos distintivos. A ningún nivel. Siempre (o casi siempre) pensé que tu aurresku, su sardana y mis tanguillos son formas de expresar realidades distintas, sí, pero no divergentes. Que no se necesita que nadie te diga de donde eres para saber como debes ser, como quieres ser. Que en definitiva, para que exista un
nosotros siempre tiene que haber un ellos.

Así que yo no quiero formar parte de eso. Me llamo Elena (sin h) y mi única casa es su pecho. Y lo será el tiempo que él y yo (juntos) queramos que así sea. Que las cosas cuanto más simples, mejor.

Crash

11 feb. 2007

Podría tener cien títulos. O quizás más. Por cada uno de los innumerables sonidos que produce una vida de cristaleras al estrellarte contra el bordillo. Crash fue sólo el primero que se me ocurrió y lo agarré con cuidado del borde del pantalón para que no se escapase. Como cuando tenía cinco años y tiraba a mi padre de sus magníficos pantalones de campana para que me comprase algodón de azúcar. Ahora odio el algodón de azúcar y soy más alta que mi padre.

Supongo que es una de esas etapas en las que te paras a pensar y te das cuenta de que tanta pintura no tapa las goteras. Aunque te subas a lo alto de la escalera para disimular mejor. A ratos te da igual, o haces como que así es, como cuando vuelves a tener cinco años y no miras directamente al chico que te gusta para hacerte la interesante. Pero siempre acabas observándole de reojo y cuando te descubre no puedes más que sonreír sin poder evitar que se te suba la primavera a las mejillas. Ahora ya no es tan bonito, claro. Engañarte a ti mismo es la forma más absoluta de estupidez pero a veces logras que duela un poco más tarde.

Pero ya has escuchado el golpe. Crash. Así que ya no hay marcha atrás, esta vez escoges una caja algo más seria, acorde con la edad y, uno a uno, vas guardando todos los pedazos procurando romperlos aún más, con saña, hasta que sangran las terminaciones nerviosas de tanto daño. Y tan parecido al de siempre. Acumulas esta caja, más formal esta vez, encima de las demás. Y vuelves a preguntarte, como las demás veces desde los cinco años, porque sigues acumulando errores quebrados en los que han de ser los cimientos de nuevas vidrieras.

Cosas que sé que tendrías que saber y que jamás me atreveré a decirte

8 feb. 2007


Para ti, aunque ya lo sepas.
(Inspiración directa y absoluta de Bluma)

Cosas que sé que tendrías que saber y que jamás me atreveré a decirte:

- Que se me inmovilizan los músculos en las noches sin luna, cuando me abrazas fuerte y te inventas todos los cuentos para ahuyentarme las pesadillas

-
Que casi todo de lo que me siento orgullosa, lo he conseguido gracias a ti

-
Que de tener que elegir, me llevaría tus labios a una isla desierta a pesar del efecto adictivo y de la sed de piel que provocan (prometo, llegado el momento, buscar agua más allá de tus besos)

- Que, junto con las canicas que me permiten volar, escondo una lista de cosas que me gustaría hacer sólo contigo (y así seguir elevando(nos))

- Que me paraliza pensar el daño que pude o puedo hacerte

-
Que cada vez que me envuelvo en tu espalda, le susurro entre labios “te quiero, te quiero, te quiero” para que no se te resbalen, en un descuido, las caricias de los bolsillos (De todos es sabido que la espalda es la más olvidadiza de nuestras partes vitales)

-
Que al marchar cada mañana, conquisto sin oposición tu lado de la cama, buscando tu olor, tu calor, para retenerte entre mi piel y las sábanas

-
Que siempre siento frío cuando te vas

-
Que tu aliento ha sido tantas veces lo único que me ha incitado a seguir cuando se agotaban todas las redes

-
Que te admiro (y mucho) desde que te conozco (y me odio por no decírtelo cada día)

-
Que estás más bueno que el pan ;) (vale, esto si te lo he dicho, pero por si acaso)

-
Que despertar a tu lado y encontrar mi hueco entre tus brazos, para despertar aún más tarde y besarte y volver a abrazarte mientras dormimos de nuevo y así hasta el desayuno más rico del mundo, es una de esas cosas que hacen que esta vida valga la pena.

-
Que tú eres otra de esas cosas.

-
Que tengo miedo de que te vayas

-
Que tengo miedo de que quiera irme

-
Que tengo miedo de quererte tanto.

Desiertos de sal

3 feb. 2007

Se le habían enturbiado las líneas de las manos. Ni con las lágrimas más espesas conseguía siquiera limpiarlas un ápice, ya se sabe que el futuro nunca amanece de autocompasión, así que corrió en busca de detergentes comunes para soluciones del alma. Investigó en cada mosaico descarnado y en los puentes que cruzan todos los territorios, no dejó que le adormeciesen las bahías y llegó, más allá de las baldosas amarillas, al desierto de sal de los sueños que escuecen en todas las heridas. Empezó por deslumbrarle el blanco en contraste atroz con los residuos de sus pasos y no pudo más que sentarse, dejando que se abrasasen los surcos de pasado, presente y futuro, incitando al dolor a reiniciar sus sueños hasta mimetizarlos con el ambiente absurdo y parco que respiraba sin diluir.

Nunca logró averiguar el tiempo que pasó entre aquellas sábanas tullidas, nunca logró averiguar porque cuando se despertó ya no era nadie.
 
   

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