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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Que se joda el viento

30 jul. 2006

A quien sino a ti esta canción... Porque al fin y al cabo, tú me descubriste (en todos los sentidos) a Marea, porque al fin y al cabo, contigo los he visto siempre y porque contigo quiero seguir viéndolos. A ver si en el próximo acaban con los trileros ;)
.
"QUE SE JODA EL VIENTO"

Ponte el moño apretao, sirena, que se joda el viento,
rompe las horquillas de espuma
y déjame que te remache sonrisas de hierro
de esas que disipan las brumas,
que sé que entre los males nos lloverán cristales,
yo iré descalzo y tú desnuda
al son del amor
del ronco tambor que toque la luna.
Vamos a trepar a la copa de éste sol de enero,
y a hacer un nido en su ramaje,
y allí reírnos viendo como a cada minutero
se lo devora el oleaje,
y cuando entre mis brazos resuenen cañonazos
yo iré perdido entre tus dunas
dejándolo todo,
quemando los tronos donde reinen dudas...

Y báñate en mis ojos, que se joda el mar
que quiera mecerte a su antojo,
si no somos nadie a nadie va a encontrar,
y si a las heridas quiere echarles sal
sólo va a encontrarse cerrojos
y las cicatrices de la soledad.

Coge resina para untarnos poco a poco el cuerpo,
por si vuelve la ventolera,
y mientras tanto, entre los huecos que nos deje el tiempo
deja volar tu cabellera,
que si a nuestra locura vuelven nubes oscuras
nos cogerán frente con frente y codo con codo,
cada vez más solos, rodeados de gente.
Y báñate en mis ojos, que se joda el mar
que quiera mecerte a su antojo,
si no somos nadie a nadie va a encontrar,
y si a las heridas quiere echarles sal
solo va a encontrarse cerrojos
y las cicatrices de la soledad.
.
Marea: "Que se joda el viento"

Hoy quiero mi cuento

29 jul. 2006

Hoy quiero mi cuento. Quiero acordes de violín mientras entras en mi habitación y me borras, a base de besos azules, el moho pegajoso que me acecha en las paredes de este corazón en proceso de derribo, que encendamos las baldosas coloreando los nudillos ansiosos de olvidar muros de hormigón. Que derroquemos todas las barreras y vuelvan a orillar primaveras. Quiero sumergirme en ríos de entendimientos a ciegas o a tientas, jugando al escondite bajo la piel, buscando siempre el foco del incendio. Quiero perfume de oleadas con dejes de brisa marina y pasos indelebles en la arena fina de tu espalda, aderezados con sonrisas de esas que dejan agujetas en la tripa y que causan todo tipo de arrugas. Sin contrapartidas ni teatros a ver quien sonríe antes.

Hoy quiero mi cuento, con chocolate con almendras, con piruletas, con sugus de todos los sabores y confeti, con camas que nunca te despiertan en sudores fríos y mantas que arropan sin pesarte. Quiero un cuento sin que nadie espere un beso que sólo se le brinda a los valientes (ranas), sin envidias que perduran sólo para sangrar en pieles ajenas (brujas malas), sin polvo en las estanterías provocado por olvidos selectivos y en una sola dirección (yo misma) sin manzanas envenenadas, una vez más, por tu marcha. Por algo siempre preferí las manzanas verdes. Aunque tuviesen serpientes.
Pero hoy no tendré cuento, hoy me cubrirán las arenas del mismo lugar del que huí. Porque hoy ya hace demasiado que tú abandonaste las hojas raídas de este libro y a mi me agota seguir escribiendo, buscándote entre las líneas que yo misma me invento y sabiendo de antemano que no voy a encontrarte, sabiendo que hoy desayunaré café solo con mucha azúcar en un mal calco de lo que le espera a mis días. Porque a pesar de las cinco cucharadas de azúcar, éste cuento se ha acabado.

Tu recuerdo

26 jul. 2006

Sigo inyectándome tu recuerdo en dosis adecuadas, lo justo para no poder olvidarte ni aunque me deje las retinas en el asfalto. Al final, siempre termino aplicándome los miligramos contados de tu presencia, para poder sentir de nuevo tu saliva injertándoseme en cada cartílago. Aún continúo degustando tu memoria a sorbos amargos, sin que termine de rompérseme la columna vertebral por el peso de tu ausencia. Ya sabes que nunca supe aprender. Los reflejos de tus miradas presas en el ancla de las almadrabas (aquellas que empleamos para cazarnos el corazón aún caliente) o tu voz rebotando aún en la cara interna del diástole vacío, forman parte de los poemas que fuimos amontonando en una caja de zapatos, que ahora se dedica a achicar agua porque no supimos hacerlo mejor. A pesar de que mi color preferido era el negro y el tuyo el verde, nunca logramos mirarnos del todo a los ojos. Y esta noche, después de no tanto tiempo, vuelvo a oír tu voz en el teléfono y se me enredan tus dedos como entonces, escalando, gota a gota, los folios de esos versos que cada noche evito quemar para no hacerte señales de humo. Por si las ves y no vuelves.

Cada noche como esta termino recogiendo cualquiera de las jeringas que olvidamos en las alfombras, esas que esconden los recuerdos mientras dan la bienvenida a nuevos cuerpos en los zaguanes amparados del frío. Las guardaré en el cajón de sastre para los momentos de emergencia. Cuando los bomberos lleguen a mi puerta y guarden silencio en fila india o los sismólogos vengan para certificar el cadáver ya dispuesto en mi caja torácica. Entonces me inocularé directamente en la femoral la memoria de tu aliento hasta que se me empañen todos los músculos y termine cristalizando justo en la boca del estómago. En un último intento de recordar la combustión instantánea de tus labios y mi cuerpo. De mi adiós y tu silencio.
Mientras tanto seguiré soñándote despierta a la vez que camino de puntillas (con los tobillos astillados de desilusiones) en la línea vertical que separa, de un lado el abismo, y del otro tus labios. Con ganas de tropezar. A pesar de no saber bien hacia que lado prefiero (volver a) caer.

"Voy a empaparme en gasolina una vez más, voy a rasparme a ver si prendo y recorrer de puta a puta la ciudad, quemando todos tus recuerdos"

Acompaña: “Quemando tus recuerdos” de Extremoduro

Manual de caligrafía a distancia

24 jul. 2006

Su caligrafía es impecable, puede leerse, ligeramente curvada, mi dirección completa precedida por mi nombre, sólo el nombre, papá siempre pensó que los apellidos distanciaban, que sólo era un recurso burgués, que ya había suficientes guerras por un apellido como para fomentar una más en nuestra familia a cuenta de eso. Quizás por eso yo obviaba el suyo en mi firma, era sólo una inicial que no dejaba apenas un rastro, el recuerdo de que un día estuvo ahí protegiéndome el nombre. Quizás era una provocación, una forma de decirle que ni una sola de sus estúpidas ideas impidió la batalla bajo su techo, que el distanciamiento se instaló dejándonos sin suministros y él no hizo absolutamente nada. Nada, excepto propiciarlo, claro.

Sigo mirando el paquete sin animarme a abrirlo, es el tercero desde que me fui. El primero llegó, ante mi sorpresa, por mi cumpleaños, cuando apenas llevaba unas semanas aquí. No hubo llamadas pero a las 10 de la mañana el cartero me entregaba un paquete forrado de rojo. Era la forma que tenían de decirme que no me habían repudiado del todo, que, como decía mi padre, incluso a los peores enemigos has de felicitarlos en su cumpleaños. El paquete siguiente llegó en diciembre, cuando me convertí casi en la única española que no volvía a casa por Navidad y que celebraba la Nochebuena con una pizza familiar de peperoni, 12 latas de cerveza y unos cuantos gramos de farlopa. Entonces sí hubo una llamada de mi madre, casi de madrugada, a escondidas de mi padre. Aún recuerdo sus lágrimas, los intentos de disculparle y los ruegos para que llamara, para que volviera, para que me rindiese al fin y al cabo.
Rompo el envoltorio casi con violencia pero me detengo antes de averiguar lo que hay dentro. Enciendo un cigarro y cojo la última cerveza de la nevera, mañana tendré que ir al Lidl en busca de abastecimiento, debería hacer una lista, aunque pensándolo bien, creo que tengo una por ahí de la última vez que me propuse cambiar de modo de vida. Quizás sirva. Vuelvo a mirar esa caja, antes azul, que reposa encima de la mesa de la cocina y apago el cigarro. Me niego a tenerle tanto miedo a un maldito paquete, aunque venga del mismo infierno. Y no es para tanto, dentro hay algo de ropa, un par de libros y una carta de mi madre con anotaciones de mi hermano en los márgenes de los dos folios. Ni una sola línea de mi padre, él sólo escribe la dirección en el paquete, dejando claro que es lo único que quiere enviarme, la certeza de que conoce al dedillo mi dirección. Y que no la utilizará nunca.

Blogger vuelve a no dejarme poner foto...

De fobias

21 jul. 2006

Volvía por el pasillo con la tacaña claridad de alguna ventana en busca de viento, descalza como siempre y con el peso de cientos de palabras dibujándome la marejada en las sienes y por primera vez, a pesar de estar a oscuras, no he sentido miedo. Ni siquiera ahora aquí que sólo me iluminan estas letras. Ni siquiera ahora siento ese pavor a la oscuridad que me acompaña desde que era niña.

Precisamente hoy, que me he desangrado dándome cuenta de que vivo con tanto miedo, ha sido la única vez que no he temido que existía en las sombras.

Componentes de una espiral

16 jul. 2006

Porque hay días que te sientes tan sola que duele desde dentro y no hay manos que puedan arrancarte la soledad que descarrila en la raya de tu pelo. Y porque hace días que no escribo, no tengo tiempo y mis dedos ya no me piden letras. No quiero pararme a pensar, ni utilizar retrovisores a la hora de vestirme por las mañanas con una sonrisa prestada de imperdibles. Que hay demasiadas cicatrices en este espejo como para que me dé un solo día de suerte por mucho que los justos sean bienaventurados, tú y yo sabemos que mañana seguirá lloviendo, que no existe variedad de titanlux capaz de borrar este gotelé de errores que hemos pasado años disparando contra la piel de la habitación, contra la piel de tantas habitaciones. Pero a pesar de todo sabes que sólo es este puto momento en el que siempre te entregas a la superficie pegajosa y oscura de los días ya caducados, sabes que simplemente con la canción adecuada mañana te levantarás sonriendo, cantarás en la ducha y el café recalentado será el mejor café del mundo. Y tú seguirás estando a mi lado. Y sólo por eso valdrá la pena.

El hermetismo de las noches

11 jul. 2006

Música y cerveza, poca luz y el ambiente cargado de nubes de tormenta, abarrotadas de ayer, de reproches, dispuestas a descargar en cualquier momento, empapando las sábanas, colándose por las rendijas y sembrando los huecos intercostales de ortigas. En el suelo demasiadas cervezas y pasos sin vuelta se entrecruzan con poemas inconclusos, ahora sólo quiero escribir con palabras esdrújulas. Brújula. Página. Relámpago. Teléfono. Aéreo. Sábanas. Víspera. Mágico. Música.

Ya no sé cerrar las manos y agazaparme en el silencio, ahora respiro mercurio densificándoseme en las pupilas, expandiéndose en los oídos. Hace calor, la ventana está abierta pero la madrugada también ha atrapado al viento, eso, o el resplandor violáceo del ayer proscrito colapsa todas las entradas. Recostada encima de las sábanas le busco las cosquillas a las esquinas, sabiendo que han desertado huyendo boca abajo por las enredaderas. La luz de la mesilla me cuenta el último cuento con sombras chinescas pero decide confesarme el final otra noche de reflejos más traslúcidos. Y no la culpo. Así que termino otra cerveza y sonrío a todas mis fotos sintiendo el tacto frío de la pared en los hombros desnudos, cruzando las vértebras y llegando a los labios. Gélidos. Recónditos. Etéreos.

Suenan los primeros acordes de la última canción y comienza a amanecer. En el Este ya tiene que ser de día y yo aún no he conseguido cerrar los ojos del todo. Vértigo.

De lo absurdo de los matices...

7 jul. 2006

¿Qué coño quieres que te diga? No me mires con esa cara por favor, la conozco de sobra y estoy harta de verla, de ir rompiéndole las vidrieras interiores a todo aquél que pone una mínima esperanza en mi. Sí, joder, sé que la he cagado pero llevo meses haciéndolo, no puedes pedirme así de primeras, que todo sea diferente contigo sólo porque nos acostásemos una noche en la que yo estaba borracha. No puedes pedirme que abra las ventanas, sé lo que hay detrás y no me interesa. No me gusta lo que veo, por eso siempre termino refugiándome en el visor de la cámara, allí la vida ya no está ante mis ojos, una vez hecha la foto, está presa en esa maquinaria a través de la cual no puede hacerme daño. Y para cuando algo se escapa al encuadre siempre puede recurrirse a un número suficiente de cervezas que sea capaz de acallar los rumores vitales, el goteo incesante en el mismo sitio de las entrañas. O a unos labios que muerdan tan fuerte que impidan que tiemblen los míos. Quizás tú sólo fueras uno de esos antídotos, el que esa noche me impidió incinerar el mundo y acabar con toda la mierda que me rodea de una maldita vez, pero, no te equivoques, sólo postergaste ese momento, las cosas siguen en el mismo punto inexacto en el que nunca funciona nada, tú no conseguiste solucionarlo, todo sigue igual después de ti.

No me mires así. Sé que te besé, sé que te arranqué la camisa, que te mordí cada centímetro y que me faltó el aliento tantas veces que tuve que robarte el tuyo. Me acuerdo de tu espalda, de tus manos, de los escalofríos y del roce caníbal que impusimos a la piel desnuda. Lo sé, pero eso no tiene porqué significar nada, entiéndelo, sólo estabas ahí en el momento adecuado. Aunque hayas sido la única persona no extraña en esta cama, aunque me acurrucaste tan despacio las ganas de huir que me quedé dormida en tus brazos, a pesar de ese último beso, tan callado y tan suave, de puntillas en la puerta, no puede ser. No existe eso que me están pidiendo tus ojos, no conmigo, no ahora.

Por eso me gustan las fotos en blanco y negro, porque allí todos los matices son grises. Y aunque ahora mismo te esté besando, aunque mi saliva te esté pidiendo que des una patada a todos los ventanales, mañana los matices seguirán siendo del mismo color.

La foto de esta entrada la pondré el día que blogger se decida a dejarme hacerlo...

Perfiles ilegibles

3 jul. 2006

Te dije que te quería pero tú no supiste verlo, tenías los ojos llenos de máscaras y perdidos en el arrullo de las palomas de la Piazza San Marcos. De repente, todas echaron a volar, tiñendo el cielo, incendiado de atardecer, con retazos grises, asustadas, pues ellas sí habían visto el disparo de tus manos de hojalata directo al corazón. Entre los ventrículos, para desangrarme mejor.
- He visto perfiles que no serías capaz de creer- me dijiste, prepotente, colgando la mirada del Campanile, enmudeciendo los latidos de hierro que resonaban entre los cafés de la plaza. Sin mirar de frente. Con las manos en los bolsillos y los labios despeinados.

Y el acqua alta de Venecia llegó para diluir mi sangre, ya repartida entre los adoquines, sellándola en el tiempo una vez absorbida por el cemento. Mientras, tú sacabas una foto a un grupo de japoneses y yo chapoteaba en el río de una negativa rendida a un silencio ciego. Los pies empapados para que al avanzar entre los charcos no notases el frío que exhalaba al callar y una alcantarilla bebiéndose las huellas de la grieta, palpitante y abierta, que absorbía la ventisca en el centro de mi pecho, bebiéndose sin disimulo mi propia vida
 
   

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