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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Vías muertas

30 abr. 2008

Es el mismo bar de carretera de todas las carreteras circundantes a una vía principal. Allí se agotan todo tipo de pieles y las miradas se hacen huidizas, es más difícil profundizar en unas pupilas que viajan a la velocidad de la luz. Puede que no se encuentre en el kilómetro 33 de alguna carretera secundaria sino en esa calle que nunca nadie llegó siquiera a olvidar, para eso habría que reconstruirla con tiempo. Podría ser una película americana pero aquí nadie habla con el camarero ni pide whisky doble. Solo, el agua es para los que aún buscan ahogarse y yo hace mucho que supe que no lograría salir a flote. Aquí se consume despacio, paladeando unos instantes que jamás han llegado a ser nuestros del todo. Aquí la música la pone una radio, que chirría a bajo volumen, canciones que sobrevuelan, sin posarse, la memoria de los presentes y tienen el buen gusto de no evocar a nada, a nadie.

Las personas que pueblan este bar hablan poco, utilizan gestos cotidianos, muecas corrompidas por el paso del tiempo y que en algún momento significaron algo. Puede que un domingo soleado de mayo marcaran la diferencia entre un “me voy” y un “me quedo” pero ahora ya sólo queda la ceniza hastiada de un instante que no es capaz de sujetarnos al suelo que pisamos. Ahora las palabras no tienen peso, se mezclan en la atmósfera con todas las canciones vacías, las cartas vacías, las apariencias vacías. Con el alma vacía de los que están sin estar.

Allí recalamos tú y yo cientos de noches atrás y tuviste el ánimo de invitarme a una copa. Brugal cola por favor, no te preocupes que pago yo. Tenías las manos grandes y la sonrisa estrecha. Bebimos lentamente, sin mirarnos pero acompasando los tragos. Allí, en el mismo bar de carretera de todas las carreteras circundantes a una vía principal. Allí, en el centro dormido de todas nuestras vías muertas.

París

23 abr. 2008

París nunca nos quiso. Tú (y todos los tús) no tenías ni idea, claro, y paseabas por sus calles como un niño que de repente es capaz de llegar a las nubes y pintarlas de colores. No sabías, como yo, que pronto tendríamos lluvia de matices y , lo que aún es peor, que una vez acabados los primarios, sólo quedaría un gris plomizo en la boca del estómago, de esos que sólo saben llorar hacia arriba, inundando la garganta hasta vomitar lágrimas desalinizadas por los acentos circunflejos.

Quizás sólo se trata de que París nunca me quiso a mí y con ello arrastré sombras que nunca debieron pisar la ciudad de las luces. Quizás sólo se trata de que a París no le gustaban las dimensiones de mi altura, mis pies pequeños, mis dedos largos y mis estrechas muñecas. O puede que sea cosa de la tonalidad extraña que provoca la combinación de los ojos verdes, la piel clara y el rojizo de mis rizos, quizás si hubiese tenido los ojos azules me habría adoptado como una hija. A veces hasta he llegado a pensar que no le atraía la conjugación de mis eses andaluzas y mis (escasas) palabras en euskera. Incluso es posible, aunque lo dudo, que se tratase de mis ideas, quizás París no acepte que alguien que estudió para cambiar el mundo no sea capaz de domar ni el suyo propio.

Si lo pienso con calma, con la espalda recta y la mirada fija en mi pared verde, entiendo perfectamente mi contradicción con París. La entiendo como comprendo mi lista inmensa de contrariedades vitales, así que era obvio, yo nunca podría enamorarme en París. Imposible. Decido coger mi pluma y escribirlo en ese inventario inacabable e inabarcable de discordancias que guardo en el hueco intercostal. Bajo la inquietante mirada de otras paradojas que ni pude ni quise resolver.

Algún día volveré a París. Mientras tanto, mis pasos resonarán por unos días en las orillas del Danubio. A ver si Budapest si nos quiere.

Fotos en sepia

19 abr. 2008

Llevaba noches escuchando el zumbido del pasado demasiado cerca de mi cama, intentando no hacerle caso, cerrar fuerte los ojos y confiar en que sólo fuese una de esas recurrentes pesadillas que sufría hace unos años. Sin embargo, luego despertaba, tranquila y somnolienta, miraba el reloj intentando averiguar lo tarde que se había hecho la mañana y allí estaban, inmóviles, las manecillas de otra época ancladas en cristales rotos.

Cuando el pasado te respira en la nuca no puedes hacer más que dar la vuelta y mirarle a los ojos. Si lo arrastras demasiado, el tiempo acaba por no correr, no es capaz de soportar el peso así que llega un momento en el que el futuro ni lo ves venir y el presente se queda a una distancia prudente esperando a ver si te decides a vivir en un tiempo concreto. Así que una de esas mañanas invité a tomar un café con mucho azúcar a todas mis fotos en sepia. Allí estaban aquellos pendientes que nunca he vuelto a ponerme amordazados por los gritos de después, las postales a destiempo y las costuras a la piel, allí estaba lo bueno y lo malo de una época que fue y nunca debió ser como fue. Y allí estaba yo, rodeada de miradas huidizas en los espejos, con las lágrimas, la osadía de las mañanas de verano y las letras desalojadas de los estantes. Allí estaba lo bueno y lo malo de una persona que fue y nunca volverá a ser como fue.

Esa mañana me temblaron las manos, los labios y las piernas y me aferré a los dedos enraizados en mi almohada mientras guardaba de nuevo, una a una, las instantáneas raídas por las balas abandonadas a su suerte, esa que siempre te asaltan a solas y de madrugada. Esa mañana me mordí todas las uñas y dejé un reguero de sangre coagulada entre la retina y el ayer. Me convertí en algo más cobarde y me juré no volver a dar un paso atrás. Conseguí tragar y que no doliese al pasar entre las costillas y supe que podría volver a guardar esa caja sin tener que hacerlo bajo siete llaves. Esa mañana supe que recordar lo olvidado es la mejor forma para no tener que amputarse partes vitales del tuétano.

Así que no te atrevas, ahora tú, a pulir mis paredes con el mismo sepia inerte. Mis fotos ya sólo existen en blanco y negro.

Desde que me hice mayor antes de tiempo

8 abr. 2008

Siempre me hice mayor antes de tiempo y puede que por eso constantemente tenga la sensación de vivir dos vidas que sólo se tocan en momentos puntuales, como si una la llevase cosida a las yemas de los dedos y otra a la suela de los zapatos. Una que aún juega a la rayuela con el porvenir que nunca llega y otra que no se decide a lanzarse a la piscina a nadar contracorriente porque pueden coger frío las ilusiones y ya se saben lo caro que pagan éstas los resfriados.

Desde que empecé a hacerme mayor antes de tiempo noto que tengo los talones más unidos al suelo, dejando todo el peso de mis pesadillas allí abajo, anclando toda decisión a un proceso lógico que siempre tropieza en los adoquines más descubiertos. Desventajas de miope. Sin embargo, desde que empecé a hacerme mayor antes de tiempo también percibo que, a pesar de los defectos congénitos, soy capaz de mirar más allá y la esperanza ya no es un estilete afilado que se clava en las clavículas en cuanto le das la espalda. A ratos distingo el poso amargo que destilan algunos recuerdos y es posible que se hayan multiplicado las noches que me despierto tiritando de miedo y temblando de frío, la soledad tiene esas cosas, pero estoy segura de que soy capaz de alcanzar los estantes más altos de los sueños que se disfrazan bien de mañana. Ahora saben peor las resacas, incluso las de las bebidas dulces, pero también saben mejor los amigos. Los pocos que quedan.

Es posible que siga haciéndome ahora mayor antes de tiempo, ahora que ya soy mayor, un año mayor, y aún leo cuentos antes de acostarme, ahora que pido deseos con las cosas más estúpidas y que le recuerdo al buzón donde debe mandar las cartas porque la mejor hermana del mundo me gastó hace años una broma que decidí convertir en tradición. Ahora que sigue dándome miedo la oscuridad y canto por la calle, especialmente cuando llueve, cuando escribo aún carta a sus majestades los Reyes Magos de Oriente (Melchor en especial) y conservo retazos absurdos de una vida desanudada en cajas de zapatos que hace mucho me quedaron pequeños.

Siempre me hice mayor antes de tiempo y ahora que el tiempo ha decidido hacerse mayor a mi lado empiezo a descoser los segundos uniéndolos a los ya pasados, construyendo así pasos sin edad que ni me aten al suelo ni me condenen al cielo.

Sin esfuerzo aparente

1 abr. 2008

El deseo trabaja como el viento. Sin esfuerzo aparente*

Nuestras pupilas llevan mucho más camino recorrido del que aún nos queda por tasar para ahogar las vías de escape, así que las dejamos hacer, dictándose las líneas maestras de este asalto por la espalda. Me acerco, te acercas y el sonido planea a nuestro alrededor sin posarse ni tan siquiera en el extremo de nuestros oídos. Los ojos continúan, a menos distancia, dialogando mucho más adelantados que las manos. Nos miramos los labios, calibrando la travesía, sonriendo cómplices, rozando las yemas de los dedos, inclinando el peso del cuerpo más allá del deseo.

Es un ritmo difuso, marcado por notas que suben y se dejan caer erizando cada vértebra, a la vez que sincronizamos el acercamiento, que coincidimos en las pausas. Enroscas tus dedos en mi pelo, me atraes, te arraso, me besas y nos besamos aclimatando el frío a la saliva estival. Al fondo a la derecha escuchamos el suspiro ahogado, las alarmas antiincendios, las baldosas rotas y la respiración marcando el paso, acelerando, los dientes en los labios, el tacto ansiando tacto bajo la piel.

Al borde de la sed, rodamos sin tino por el rincón oscuro de la conciencia, arrebatando paredes a la búsqueda del acceso privilegiado hasta caer desarmados, envueltos en los pulsos sedientos de más. Repasas con afán la geografía en mi figura y yo me enmaraño en el aliento que sutura tu espalda, que rompe las coartadas estrellándolas sin dolor contra mi vientre. El sol tamiza la tarde por un hueco de la ventana y traza avenidas en las que detenerse, a pesar de los semáforos en rojo, saltando al paso contrario para encallarnos un rato. El necesario para hacernos callar.

Remontamos la mirada y volvemos a la realidad de aquél hueco vacío del pasillo. A dos metros de distancia se encuentran las pupilas. Leyéndose. Adelantándose.

*David Trueba: "Saber perder"

 
   

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