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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Crisálidas vacías

23 may. 2006

A esta madrugada no habrá luces que la despierten porque cuando tienes el óxido subiéndote por la traquea no pueden destilarse amaneceres. Y no habrá campanas que aviven mis labios porque sólo soy capaz de escuchar la llamada a misa de difuntos, de llorar claveles que nacen ya marchitos y de rodearme de crisálidas inhabitadas, abiertas en canal, enfriándome aún más (si cabe) los roces evaporados de piel ajena. Mientras, mis manos se empeñan en hervir los trapos deshechos en un intento de parar la epidemia, sin darse cuenta de que el lodo supura desde dentro.
Es líquido el rumor a derrota que se esconde debajo de mi cama, junto con las cajas llenas de ayer, está fermentando con todas las dagas herrumbrosas que me aguardaron en la planta de mis pasos para hacerse gaseoso y así poder aspirarlo en consecuencia, anidando dentro y abatiendo poco a poco los colores de todas las fotografías desaparecidas. Aquellas que, debido a mi ineptitud, nunca llegarán a ser. Al final conseguirá hacerse corpóreo para repasarme los arañazos con sal y vinagre, para ir describiéndome con alfileres mis fracasos en la espalda. Pero no seré yo quien sangre.

Así que esta es mi rendición. Cuando has infectado de miserias cada maldito escalón en la misma escalera de caracol que (parece mentira que no veas) lleva siempre al mismo barrizal de vacío, no queda más que deshacer las maletas y echar a correr con las manos en los bolsillos. Bien dentro. Para que si tropiezas esta vez, seas tú quien sangre.

Acompaña: "Por la borda" de Quique González


Así pues, esta es mi rendición. Con la derrota elegida entre las manos me evaporo un tiempo buscando letras que no duelan tanto, buscando sombras que me permitan leer sin pesadillas. Seguiré cerca, pero ausente por elección propia hasta que la sal me redima las heridas y pueda escribir sin embadurnar todos los papeles, ahora hasta en la ficción de tantas historias acabo dejándome la sangre. Sólo espero no tardar más de lo necesario.
Seguiré colaborando (aunque poco…) con Natxo sin paréntesis puesto que así me lo ha pedido.
Y gracias a todos, de corazón, por haber estado aquí este tiempo. Nos veremos de nuevo.

Prometido.

- Elena -

En blanco y negro

20 may. 2006

Era una foto perfecta. El encuadre de silencio era tan hermético que no había forma alguna de tomarla desde otro ángulo, contigo sentado en un primer plano que ocultaba tras de si kilómetros de carretera mermada, donde no crecen ni minas para saltar al punto de inicio. Dejabas una mano en la sien, calentando las excusas que nunca te di la oportunidad de utilizar, la otra, cerrando tus elecciones en las rótulas, sellando aduanas con mi saliva aún secándose en todos los resquicios, donde no quisimos dejarla fermentar. Dudando a derecha y a izquierda, con la esquina de la retina sin querer mirar para no incrustarse aún más astillas y los pies temblando por miedo a dejar menos huellas de las suficientes. Maldiciendo en voz baja no saber contar hacia atrás. Era, definitivamente, una fotografía del esperpento compartido riéndose a carcajadas de nuestro sigilo. Con la luz imprecisa, entrando por las mismas rendijas en las que se colapsaron nuestras manos cuando ya era absurdo intentar decir que sí con la cabeza, después de tanto tiempo diciendo que no, después de saber que aquello era una piscina en la que ninguno de los dos quería sumergirse y donde acabarían por devorarnos las colchonetas. Donde acabábamos de devorarnos el uno al otro. Con ansia y a ciegas. E inscribiéndose en la cara interna de los ventrículos la sangre decía, sin que la dejásemos susurrar cerca del otro, que ambos queríamos correr el riesgo. Aunque mintiéramos con los silencios.

Nacía un amanecer cerrado diseminándose en mi espalda desnuda, descubierta a rayos de sol que no llegan a calar bajo la piel de alambre. En blanco y negro, como el sabor de ti en mi boca entreabierta, diluyéndose garganta abajo hasta el pecho helado de sábanas en vez de manos, como los ojos cerrados sin dormir que se hacían culpables y verdugos en tu huida a base de mis postales sin remite. Se dibujaba, perfecto, el gris inerme de mis hombros descubiertos, clareándose en el cuello escalado de rastros de tu boca violentamente detenida horas antes, pudriéndose de negros el aferrar desesperado de mis manos a las ganas de abrazarte.

Lo que ninguna fotografía conseguiría plasmar era la lágrima anclada en mi garganta, cómplice muda del grito que rompería el abismo.

Después de después

18 may. 2006

Después del alcohol, de los susurros a voz templada, del tobogán de agua cálida al que no pusimos freno, después de las miradas de soslayo reflejadas en cristales con notas al volumen adecuado, después de una copa más, de las sonrisas que hablan más de lo que callan, de los roces sin aranceles. Después de las calles repletas de charcos para reflejar nuestra luz, de los taxistas ausentes y los paseos insolubles, después del estío rompiendo en cada árbol, después del “te acompaño a casa”, de las certezas de piel de gallina, de los portales guiñando el ojo y sonriendo para sí.
Después de los labios, de las uñas arrastrando deseo desde la nuca a los tobillos, después de los menús de degustación en los ombligos, de los aterrizajes forzosos en la cara interna de los muslos, después de las dentelladas con ansia, de la piel enrojecida, después del tacto de piel con piel, del desgaste de los dedos siguiendo las vetas ascendentes, después del tacto helado del suelo contra la espalda, del tiempo que se nos escapa de tanta prisa, después de la falta de aire, del aliento compartido, después de que tu cuerpo estalle contra el mío.

Después nos dimos cuenta de que se nos habían acabado los verbos y el después de después se nos convirtió en nada.

No te olvidaré nunca

16 may. 2006

Siempre tuve miedo de morir en un incendio, quizás por eso elegí tu frialdad para arroparme por las noches, pienso mientras te veo doblar con precisión de reloj suizo la ropa que ya nunca te quitaré. Intento exhalar el humo cerca de los ojos para empañarme los lagrimales y así poder beber aún contigo. Aunque sean mis lágrimas. Quizás lo que trato de hacer es ahumar la ciudad para no darme cuenta de que no conseguí remontar el río, así que descuelgo los ojos de la cortina, oscilante, bailando con la mañana al compás de mis latidos suspendidos (y suspensos) en las macetas muertas. La idea de provocar un incendio que deshaga el iceberg que ultimas al otro lado de la alfombra se me deshace en el cielo de la boca. Quiero sentarme sobre el hielo y que nos lluevan auroras boreales en vez de fuegos fatuos. Confundir tu piel de arena entre oasis con dulzor de dátiles y errar en las muescas de tu espalda, saciando en tu boca las cataratas de cualquier película muda. Pero con tus calcetines de rayas entierras mis sueños desérticos. Siempre odié esos calcetines.
No te olvidaré nunca” me dices buscando tu propio reflejo en mis ojos mientras masticas una afectación de poleo menta (nunca deja el suficiente sabor en la boca) y no puedo evitar pensar en los recuerdos llenos de moho, empolvándose la nariz en estanterías de contrarreloj (ya sabes, de esos que se desterraron cuando comenzaron a caminar hacia atrás) y en de que me sirve que no me olvides si ya no me quieres.

No son horas para creer

15 may. 2006

Amanece como en una foto sucia, con las nubes estériles limpiando el cielo grisáceo (aún no sé de donde se sacaron el azul bilbao). Es de esas horas en las que el frío se te agazapa en los riñones, te gatea por el pecho y se te diluye garganta abajo, instalándose, como no, en las camas vacías de vuelta a casa y en los abrazos sin sombra. Gélidos. Es entonces cuando tú te acercas, te sientas a mi lado con aire distraído y me lanzas tu nombre a las rodillas. Hace frío. Hace frío y es tarde, pero tengo por costumbre hacer cosas que carecen completamente de sentido, como decirte mi nombre como si te informara de que hace exactamente 27 días que no soy capaz de llorar. Y tú me miras como secándome las lágrimas. “Eres preciosa” sueltas sin darte cuenta de que el reloj es en este momento cómplice impasible de la desconfianza. “No son horas para creerte” te respondo colgando la sonrisa irónica de mis pestañas. Soy consciente de que siempre se me dieron bien las barreras de palabras, los diques llenos para evitar intrusos. Algunos lo llaman miedo, yo prefiero bautizarlo como precaución. “Creo que tampoco me creerías aunque te lo dijese cada mañana”. Y es ahí, en ese preciso momento, cuando descubro bajo mis pies las arenas movedizas y me maldigo, una vez más, por mi falta de orientación. Bajo la vista, nunca se me dio bien descubrirme ante ojos ajenos, y te oigo reconocer mi acento. “Muy suspicaz” disparo cargando el siguiente cartucho mientras me enfrento a tu rostro, ojos oscuros, rostro anguloso, pelo algo largo, despeinado, sonrisa carnal, quizás demasiado carnal para estas horas de soledad inquieta. “Tú eres vasco, sin duda alguna” y sonrío mientras señalo con los ojos la camiseta de rayas horizontales, dibujando un rastro invisible entre mi huida y tu cintura.
Empieza a desgastarnos un brote de silencio que amenaza con aclimatarnos al suelo desmadejado cuando noto como te mueves, alejándote unos centímetros, y sacas algo del bolsillo, un papel, en el que apuntas algo acariciando las líneas. Siempre tuve debilidad por las manos ajenas. En ese momento esas manos abren las mías, estremeciéndoseme el tacto en la raíz de las uñas, y posan tu soplo de tinta sobre mis dedos: “Es mi teléfono, si quieres volver a verme, úsalo”. Nunca has sido buena en este juego y deberías haberlo aprendido ya, me maldigo masticando tantas posibles respuestas como granos de arena empiezan a deslizarse por mi garganta. Dicen que si te quedas quieta, inmóvil, no terminan de engullirte… mienten. Si te quedas quieta le ves levantarse y dirigirte una sonrisa directa al centro del estómago, allí donde residen todas las derrotas que te dejaste a los puntos.

Creo que fue por ese instante en el que el hielo se satura tanto que revienta, cuando hace tanto frío que termina quemándonos las yemas de los dedos, o quizás fueron sólo tus manos la que me arrancaron ese “espera” de mi garganta escarchada. “Si quieres te acompaño a casa” te digo apuntando directamente a tu tejado “aunque también podrías acompañarme tú a mi

Pirómanos sin apuesta

11 may. 2006

Los dos nos reconocemos pirómanos en este juego que sólo puede acabar mal. Y lo sabemos pero aún así estamos jugando sin apostar aunque tanteando las llamaradas. Cruzando miradas sin extinguir, roces que quieren aparentar ser fortuitos pero que llevan impresos entre los pliegues anhelos de piel con piel.

Empiezan a diluirse las distancias, los pasos a nivel levantan barreras y nos gobierna, cada día en ese rato ausente del mundo, la tentación de recorrernos desnudos con viajes de labios sin billete de vuelta, de conocer y reconocer el sabor de los rincones que sólo hemos tocado al cerrar los ojos, de dar cabida en el rumbo de nuestro tacto a los senderos más escondidos y explorarlos hasta saberlos de memoria. Conocer cada gota de la cascada ascendente que se curva en la nuca, borrar los lunares o quemar todos los puentes en el camino directo que lleva a la boca del otro. Se inflaman las ganas en el cielo de la boca. Y aunque no obviamos las descargas de temperatura izada, ambos callamos en el mismo punto, justo cuando los ojos se convierten en lanzallamas mudos, llenos de palabras que sólo se consumen cuando el otro las lee y se muerde los labios. Cuando se tensan las mandíbulas en la misma despedida, en el mismo lugar cada día, buscando un gesto que queremos y repelemos. Porque ambos conocemos la cuantía de la apuesta a un volcán que sólo puede astillarnos los nudillos al golpear, vacío, contra la misma certeza.

Por eso se prenden las miradas en las alcantarillas para no quedarse rendidas a las pupilas, recordando, con un nudo de dos lazos en la boca del estómago, que ambos tenemos quien nos espere, ajeno a este incendio, entre las sábanas, en los cafés del desayuno y en el mismo rincón del corazón que ahora se estremece y retuerce.

Lo prometido es deuda

10 may. 2006

El viernes estuve en Madrid viendo a un paisano, Carlos Chaouen, en concierto acústico. Y no me defraudó en absoluto, que me lo pasé como una enana vamos :)
Y bueno, lo prometido es deuda, así que, Shin, debido a la mala cobertura de la sala Clamores no pude llamarte, como te prometí, cuando Chaouen cantó “Carita de pena”, en recompensa, aquí la tienes en vivo y en directo ;)
Y acuérdate, el 22, en Santander :)












Eguzki izpia*

4 may. 2006

Hoy me contaba Natxo sin paréntesis (cuyo blog sigo recomendando y no porque participe yo también...) que no entiende como puedo escribir textos tan tristes cuando paso la gran mayoría del tiempo sonriendo. Podría ser que fuera una hipócrita o simplemente que sonrío porque escribo. Porque esas noches entre cartones dejo las hogueras extinguidas en papel adecuado para así poder dormir. Porque sin escribir todo sería mucho más difícil. Realmente es una pena que vosotros conozcáis en gran medida lo más triste de mí, así pues prometo una sonrisa con cerveza a cualquiera de vosotros que, después de navegar en todos mis charcos, quiera leer la contraportada. Quienes ya lo han hecho o quienes lo hicieron hace mucho saben que nunca lloro demasiado tiempo ;)

Y para los que estos días se han preocupado al ver rezumar quebrantos en mis textos, aquí va uno alegre, que también los hay. Gracias a todos.
Y como no, felicidades, de nuevo, a el_hombre_que.

Hay mañanas en las que el sol se cuela por la persiana cerrada a medias. Y ya sabes que ese va a ser un buen día, el sol es algo demasiado codiciado en esta ciudad como para dejarlo pasar sin aguantar la respiración. Entonces decido escribir con una nueva letra y limarme las uñas para dejar de desgarrarme las entrañas cada noche, porque hoy he vuelto a soñar contigo y a pesar de todo no había sangre en la almohada.

Sigo sabiendo levantarme a la pata coja las mañanas en las que no busco el reflejo de los espejos, quizás por eso hoy me duele la rodilla posterior, quiero pensar que por falta de uso en los pasos hacia atrás aunque quizás también sea una sobrecarga. O una queja por mi tendencia a poseer material corrosivo, a las fotos en blanco y negro y a las infiltraciones de mercurio (aunque no sea el material más denso) en sangre para convencerme de que mi corazón aún funciona. Pensándolo bien puede que sólo se deba al cambio de tiempo, que en esta ciudad de arañas acontece cada 57 minutos.

Cuando abro la ventana se me cuela un rayo en la pupila, escuece en la punta de la nariz y termina por enraizarse en ese hueco del cuello en el que se refugiaban tus besos, el que tapo con pañuelos para que no me empapen las lágrimas. El sol me golpea en la frente, derramándose cercano en mi piel, respetando esta vez mis ojos y sus inquilinos. Vuelve a dolerme la rodilla (esta vez la de adentro), el clima interior por una vez se corresponde al sol templado de Bilbao.

Necesito tomar parte de la luz
una inyección de corazón
un beso donde quieras
y un vasito de cerveza
que la vida pasa en un vagón
y no tiene banderas
te invito a dormir en un rincón
de cualquier escalera…”

Acompaña: Carlos Chaouen (al que veré mañana…) con “Necesito de la luz”

*Rayo de sol. Gracias a Urko por el chivatazo en euskera ;)

Keep out

2 may. 2006

Supongo que era cuestión de tiempo... demasiadas noches rozando ese instante como para que terminase escapándose, disolviéndose, muy al contrario, ha ido macerando en las contraventanas para conseguir que, llegado el momento, cerrasen todas de golpe. Ya sabes como funciona, empiezas sentándote delante del ordenador y dejando la mirada presa en puntos muertos y empiezan a abrirse las compuertas, a subir el nivel de ahogo, pero te mantienes quieto, como degustándolo. Luego pones música, algo triste y elegido, de eso que dispara directamente a los territorios que quieres hacer estallar. Y cuando cae la primera lágrima simulas sorprenderte, como si no hubieras estado preparándola, almacenándola, como si no la necesitaras.
¿Qué puede hacerse cuando te sientes empequeñecer? Cuando notas como menguas, como se te secan los ojos y el gris te viste atrapándote como si se tratase de una bufanda, protegiéndote falsamente del verano. ¿Dónde se encuentran las salidas cuando el mundo se te hace grande, las pendientes eternas y te rompes los tobillos luchando con escaleras que sólo bajan? Cuando escribes en la arena una y otra vez y no llegan olas que borren tus dedos, que puedan borrarte del todo. En esos momentos en los que te estrangulan las almohadas, repletas e inundadas, cuando las aldabas se te presentan en sueños, siempre inmóviles.

En ocasiones así, sólo queda colgar el cartel de “Keep out” y rumiar pidiendo que no te trague la náusea.
 
   

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