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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

La verdad

25 jul. 2011

He perdido la cuenta de las veces que te he llamado cobarde. Como un mantra cadencioso en el que enterrar mi propia ineptitud. Como una excusa, como una razón, como si no fuera verdad. Como si a través de este tañido pudiera evitar mirarme a los ojos y reconocerme que no -solo- es cobardía sino indiferencia.

Sin embargo ya no soy capaz de creerme mis propias mentiras. A pesar de que aún escribo cartas a los Reyes Magos solo por imaginar que soy capaz de conservar algo de inocencia. El problema es que se esconde en un lugar al que tus ojos empiezan a no poder acceder; sobrevivir también es eso. Lo bueno es que hace meses que no lloro, solo a veces, por las noches y siempre a solas, cuando descubro que nada de lo que soñé se ha hecho realidad y ni aún así soy capaz de rendirme. Aunque lo he intentado. Supongo que un día te das cuenta de que hay pocos, muy pocos, momentos en los que no te sientes sola. Y te da miedo porque ya apenas duele. Y es que hace mucho, demasiado quizás, que nadie me roza el corazón y hace aún más que nadie se queda para domar el escalofrío. Es posible que yo no lo ponga fácil pero siempre he creído que retener es el más obsceno de los verbos y mi cuento favorito siempre fue El principito.

Sin embargo, yo sigo esperando en este campo de trigo y tú no vas a volver. Y la verdad es que da igual la razón por la que no lo hagas aunque mis noches impares se empeñen en decirme lo contrario. Aunque (la verdad) duela diferente.

Sonando: “Todavía una canción de amor” de Los Rodríguez

Lúmenes

22 jul. 2011

Ella era alérgica a sus propias lágrimas y él se ocupaba de controlar el brillo exacto de cada una de las luces que irradiaban a 100 km a la redonda. Ella razonaba cada latido porque, al más mínimo exceso, la reacción corrompería hasta el hueso y él confiaba en ella porque sabía que nunca se le nublaría la vista; siempre sería capaz de distinguir la temperatura exacta que debía tener cada bombilla, cada foco y cada palabra. Ella sabía que si ahondaba en él las vacunas serían incurables y él ahondaba en ella porque envidiaba la temperatura constante de los lúmenes que transmitía. Pero ninguno de los dos era capaz de cerrar los ojos, a mareas y resplandores, y andar a base de tacto.

Así que mientras, Baudrillard les susurraba su propia hiperealidad al oído. Él creía que controlando la luz podría domar las sombras y ella que sin llorar podría sonreír de continuo. Y caminaban siempre en líneas paralelas, mirándose de reojo, rozándose a veces y sabiendo, en el fondo, que se equivocaban. Y computaban sin parar la salinidad del lagrimal, la intensidad luminosa de las pulsaciones y lo anotaban, limpia y minuciosamente. Y sonreían creyéndose a salvo. Fingían creyéndose felices rodeados de cordones de emergencia. Y es que a veces lo auténtico te deja tan ciego que prefieres cerrar los ojos y esconderlo tras millones de bombillas, no vaya a ser que se cuele un verdadero rayo de sol, no vaya a ser que tanta luz te ciegue de verdad y empieces a ver.

La foto es de moonshot perú

Vórtices

13 jul. 2011

“Un café con dos de azúcar por favor”. Sonrío y me miras consciente de que eres la única persona que se me adelanta siempre. La única a la que le aguanto la mirada más de dos segundos. La única que dispara, cada vez, al centro de la diana y consigue, invariablemente, que no desangren las palabras más certeras.

Te sabes infalible siempre que la ecuación no revuelva tus manos de cerrajero con el vórtice de uno de mis rizos. Por eso siempre nos vemos en territorios donde nada permanece y nos despedimos con el mismo beso amarrado desde el primer día que supimos que las líneas paralelas a veces sufren de excepciones. Me observas silente mientras rompo los dos sobres de azúcar y remuevo, despacio, el café. Esperas. Siempre esperas. Y cuando sé que estoy lista alzo los ojos y disparas: “Duele que te dejen sin opciones ¿verdad?”. Sé que mi gesto te contesta mientras doy el primer sorbo al café. Uno, dos… y antes de que llegue el tres bajo la vista. Y, sin verla, ahora podría retratar con tres trazos tu sonrisa artera. Fue en este mismo aeropuerto donde te juré que sellaría mi huida antes que arriesgarme a sentir más allá de la línea roja, aquella en la que controlo cada paso como si fuese un tango milimetrado por un inflexible bailarín. Cuando tú bebiste tu café de un trago largo y, sin mirarme, escribiste en una servilleta la fecha, sellando el reto. Ahora, pones ante mí ese papel arrugado con tu caligrafía de colegio de pago y yo busco en mi lista de argumentos de emergencia una respuesta a lo obvio pero, antes de que encuentre un quiebro por el que escapar, tú saltas sobre lo estúpido de mi intento y descerrajas de nuevo: “¿Qué piensas hacer?”. Yo noto el palpitar obtuso de la sangre en los oídos, la impotencia tensando las mandíbulas y recuerdo, una vez más, su olor en mi piel, una taza amarilla sobre mi cajonera y una ristra de regalices rojos sobre la cama: “Nada” y suelto todo el aire que llevo días reteniendo en los pulmones. Y sé que sabes que en esa rendición se concentran todas las noches, las lágrimas, los puños cicatrizando mi ineptitud en cada rastro de mi tacto. Y esta vez soy yo quien, con el chasquido metálico de la última bala en la recámara, respondo: “¿Qué puedes hacer cuando te dejan sin opciones?”.

Tú, apuras el café, sonríes y sé, en ese mismo instante, que desde el principio he seguido una a una las líneas invisibles que habías dibujado ante mis pasos. “¿Qué hacer cuando te dejan sin opciones? Crearlas. “

(P.D. Y ojalá hoy pudiera creerte.)

Sonando: "Cuando estés en vena" de Quique González.

La foto (repetida) es de Urko Agirregoikoa.

Al borde de tu pupila

9 jul. 2011

Te miro y me retumban en los carrillos las ganas de cogerte de la mano y huir. Lejos. Salir de esta ciudad, cerrar los ojos desde dentro y confundir querer con poder. Te miro y se me astillan las ganas de gastar mis ahorros en un tercio del marrón de tus ojos -justo al borde de tu pupila¬-, acampar allí y dedicarme a conseguir que veas todo de un color mucho más vivo. Te miro y me atenazan las ganas de besarte despacio, entretenerme en cada renglón de tu boca, morderte las ganas y poder jurarte que la guerra no estallará ahí fuera.

Y quizás estalle. Quizás eso que oigo más allá de estas líneas son disparos al aire que aún no me han herido irremisiblemente pero hoy quiero jugar a que aún existen pizarras en las que dibujar futuribles y darles forma moldeando minutos ausentes. Como si el mundo fuera de plastilina y pudiéramos construir un sueño a medida, un globo terráqueo a una escala perfecta, o quizás solo un plano en el que a ti y a mí no nos separen las estaciones.

Porque hoy te miro y se me rompen en las yemas de los dedos las ganas de deletrearte la piel hasta que consigamos las palabras mágicas que te hagan creer que es posible.

Sonando: “A cualquier otra parte” de Dorian.
 
   

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