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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

El frío (o la falta de ti)

31 dic. 2006

Sabes quisiera darte siempre un poco más de lo que te pido…

El frío (o la falta de ti) tiene que ver directamente con la velocidad a la que nuestro cuerpo pierde calor, no importa el invierno, los copos de sal tirados a discreción, ni si las miradas se cuelgan de las celosías o mueren de suicidio precoz en las alcantarillas. No importa ni siquiera el levante de mi tierra colándose indiscreto entre las sábanas, entre las piernas o entre nuestras costillas. El sol ayuda, claro, porque hace cosquillas en la nariz y da a luz sonrisas de cerezas maduras, pero sólo dura unas horas y es tan perecedero como algunas esperanzas más allá de los rascacielos.

El frío, mi frío, sólo tiene que ver con la velocidad a la que mis manos pierden tu tacto cuando el señor naranja te tira de las orejas porque llegas tarde o a la que agoto tu olor respirándolo en mis sábanas, en mi piel, cuando ya te has ido. Es por eso, que entre tanta lluvia, entre tanto frío de norte, al norte de nuestros pies, se me incendian las orejas cuando me enrosco de nuevo en el hueco (perfecto) que me dejas entre tus brazos y tu pecho. Y allí, enraízan los vapores del estío que convierten la habitación en trópico de aries, con la humedad de la saliva anotada en cada milímetro de piel, para que se pare el tiempo, para que no nos llegue el invierno antes de tiempo.

Porque los doce segundos de esta noche bien valen doce vidas, porque en ese hueco nunca, nunca, es invierno.

Gracias a ti mi niño, de antemano, por esta noche. Gracias a los que esta noche me acogéis en mi primera nochevieja lejos de casa (de mi otra casa). Y a todos los demás, felices 365 días de aquí en adelante. Que este año va a ser nuestro :)

Vida media de una luciérnaga

13 dic. 2006

El día que descubrí que la vida media de una luciérnaga era mucho más corta que cualquier futuro dibujado en las lágrimas de un anciano, era ya era demasiado tarde. Aún más tarde, cogí aquella enorme enciclopedia, desactualizada y roñosa, atestada de polvo, y busqué tus palabras con el duelo pendiendo de un hilo invisible colgado de mis pestañas. El temblor sacudió el pasado y me hizo estornudar hasta luegos empaquetados tan fuerte que quedaban pocas opciones. Y allí estaban, tus palabras exactas. Las encontré entrecomilladas centelleando orgullosas, como no. Creo que fue entonces cuando lo comprendí todo. Sí, tenías razón, la habías tenido siempre, no era culpa tuya. Aunque nunca logré averiguar la importancia de asignar culpas, ¿alguna vez conseguía cambiar algo?

Así que dejé de escribirte cartas para que volvieras y dejé las postales dentro del equipaje, para no deshacer las maletas del todo, para encontrarlas allí de nuevo si alguna vez cesaba el miedo a los viajes con vuelta. A recoger lo vivido y empaquetarlo en los altillos, cuidando que no lo ataque la desdicha.
Y ya lo sabía, a pesar de haberlo sabido siempre .Tú no tenías la culpa, claro, me habías prometido luz todo lo que durase
la tuya.

Armas vitales

6 dic. 2006

Algunos ya conocéis lo desastre que soy... ayer me di cuenta de que llevaba siglos sin mirar la cuenta de correo que cree para este blog... y claro, ha sido borrada y con ella los correos que allí dormían. Los que habéis escrito estos dos últimos meses y no habéis tenido contestación ya sabéis porqué ha sido y os pido, por favor, que ahora que la he abierto de nuevo, volváis a escribir y así no perder las direcciones. Lo siento, lo siento, lo siento...

Le gritaron una vez más que se desarmara si no quería que las cosas acabasen mal, no iban a templarles sus lágrimas azules derramadas por toda la camisa, antes impoluta, ni los labios apretados, ni los ojos clausurados. La desesperada tozudez con la que sujetaba el arma en la mano derecha no hacía presagiar nada bueno.
Y él lo sabía, aunque llevaba meses huyendo de la certeza de lo inevitable. Sabía que llegaría aquél momento, era él o ellos, al igual que sabía que deshacer los dedos le dejaría sin defensa alguna. De nuevo.

Así que susurró bajito un “no” que repicó en todos los ventanales y taladró miles de tímpanos vacíos. Un “no” firme a pesar del temblor de los labios, a pesar del miedo, a pesar del hedor a muerte que se levantaba desde las alcantarillas. Y abrieron fuego, claro. No podían hacer más.
El rigor mortis condenó a aquella pluma a anidar en su mano derecha para siempre.


Inconvenientes de un bajo izquierda

1 dic. 2006

Hoy vengo a plagiar sin permiso. Lo reconozco abiertamente. Aunque por supuesto el nombre del autor aparece bien claro al final del texto, pero no ha sido debidamente informado sobre esto. En mi defensa puedo decir que considero que hay cosas que no nos deberíamos perder, y estas líneas suyas son una de esas cosas. Porque es bueno recordar esto y, simplemente, porque me gustan. Así que aquí está, la foto es suya, el texto es suyo y podéis verlo también aquí. Estoy segura de que os gustará :)

En el mundo en que las únicas gestas y las épicas andanzas se hacen en vuelos regulares de clase turista, donde los atascos y los embotellamientos dirigen las mentes de un vagón del metro lleno de caras con rostros cambiados por hipotecas de sueños a 50 años y una rutina que se compra en cualquier oficina al cincuenta por ciento, no quedan huecos para cuentos sin papel, ni para colores si son fosforitos. Demasiado a menudo hace daño abrir los ojos y terminamos cerrando las pupilas de unas ilusiones que, pagando una por cada lunes laboral, nos hicieron creer que eran cosa de niños.

No podemos volar, si nos acostumbramos a anidar en un bajo izquierda.

(Shin)
 
   

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