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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Gracias

7 dic. 2008

Hay veces que te sientas delante del ordenador, de una hoja en blanco o de cualquier lugar susceptible de guardar por un rato todas las letras que quieres y vas escribiendo, poco a poco, con pausas habituales y quizás hasta rítmicas, aquello que se dibuja en tu cabeza, con un principio, un desarrollo y un final. Sin embargo hay otras veces que necesitas de esas líneas que desbordan las yemas de tus dedos, que se escurren de tus pupilas, borboteando frases tan claras, evidentes y sinceras que, horas más tarde, te sorprenderán por su contundencia. Esta es una de esas veces.

Porque hace tanto que te conozco que perdí la cuenta de las palabras, las canciones, los lugares y las situaciones pero sé que puedo hilarlas a base de sonrisas, de una palabra con siete letras que, como una maravillosa escritora me descubrió una vez, no existe en el diccionario aunque sea el título, inmensamente merecido, de este post. Y hoy, navegando en las aguas turbulentas que nos llevarán a un paquete mal envuelto dentro de 18 días, me ha podido esa sensación en el estómago que me hace escribir intentando vomitar un adjetivo que nunca encuentro para definirte.

Desde aquél día en que nos cruzamos casi sin querer, vienes estando siempre ahí. Aquí. A dos latidos de distancia que es lo que se tarda en pronunciar las dos sílabas de tu nombre. Las dos palabras que nunca me cansaré de decirte. Las cientos de ellas que hemos cruzado, que hemos escrito, que hemos callado. Los kilómetros que hemos disipado, convirtiéndonos en expertos en carreteras secundarias, porque en este largo camino las tomamos todas. Aunque nunca estuvimos lo suficientemente lejos como para no alcanzar ese teléfono rojo que jamás comunica. Quizás nunca estuvimos lo suficientemente lejos como para mirarnos a los ojos más de tres segundos y no temer las consecuencias.

Las consecuencias, como todo, terminaron por llegar por culpa de esa manía tuya de olvidar siempre las llaves. Por culpa de las distancias que se fueron deshaciendo tan despacio que de pronto se hicieron del todo inexistentes, donde recuperamos el tacto, la saliva y volvimos a mirarnos a los ojos a ver que se escondía en el fondo de nuestras pupilas. Allí encontramos todas las risas, las lágrimas enjugadas, los besos, las apuestas, los billetes de autobús, las ganas paseando por todos los lugares que antes o después fueron nuestros, desde esa habitación en la ciudad más fría del mundo hasta esa cama que más tarde sería tuya, pasando por ese banco junto a la estatua de Sabino, los quitamiedos, unas escaleras en la ciudad amarilla o un bar escocés junto a un sobre azul repleto de fotografías. Allí encontramos todo eso y decidimos construir mucho más. Y comenzamos a subir escalones con diferentes cadencias, lo que también me costó pedazos de piel hasta poder recostarme sin miedo, sin comparaciones a destiempo(s), hasta hacer que la sal y el levante fueron conjugando una escalera común y firme de esas que no cansan al subir. De esas que merecen de verdad, que te estremecen por las noches en las que no me dejas pasar frío.

Así que, de tu mano, de esas manos que me hicieron reír jugando con un vaso hace ya miles de días, has conseguido aquello que anhelé desde hace tanto, levantarme por la mañana y sonreír.

Solo con pensarte.

En breves intantes...

3 dic. 2008

Siempre he preferido los momentos previos. Esos instantes donde el futuro próximo se asoma al abismo en la boca de tu estómago y se te ahogan los pulsos con el aliento contenido. Siempre han estado en lo más alto de mi lista de adicciones, por encima incluso del café, las cerezas y los regalices rojos.

Además, los momentos previos siempre son injustamente tratados. Todos nos acordamos de ese beso, del calor de los labios ajenos, del sabor dulzón de la saliva densificando los minutos posteriores para que el tiempo pese más de la cuenta y no pueda caminar en condiciones. Ese beso acapara las memorias y luego nadie recuerda las miradas de soslayo hasta que una se enmaraña en las pupilas y te impide mirar más allá, nadie rememora los latidos acelerándose de manera inversamente proporcional a la distancia que os separa, el primer roce, ese segundo eterno donde caben todas las posibilidades y el instante siguiente donde todo es inevitable, y lo sabes, pero aún así se te agota el aire en los pulmones en la espera, justo antes de todo lo demás. Luego sí, vendrán los besos, los cuerpos y las miradas sin excusa. O puede que se rompan todos los caminos y te quedes sola en un cruce mal señalizado.

Existen cientos de momentos previos, el que se registra segundos antes de que caiga la ropa por su propio peso a un suelo desierto de frío, cuando una buena noticia se te dibuja en los labios y sonríes a su destinatario a punto de alegrarle el día o cuando esperas, en una tarde de invierno, y le descubres entre la gente acercándose, sin saber si mirarte y hacerte un gesto o colgar la mirada de los ventanales. Existen incluso los minutos previos al desastre, el mundo bajo tus pies justo antes de ese “pero” que te pone a ti bajo los pies del mundo, cuando todo suena tan bien que te da miedo sonreír, te da miedo, como mal fario, gritar por las calles que todo encaja un segundo antes de que suene el teléfono y lo cojas y el sol se convierta en una amalgama de cristales rotos.

Casi todo es posible en esos instantes donde sólo aciertas a intuir lo que vendrá. Eso, lo que vendrá, será sin duda lo que atesoren todos. Yo guardaré en una caja especial, a prueba de mañanas, todos y cada uno de mis momentos previos, inalterables a pesar del tiempo.

P.D. Como los instantes previos a ésta, mi entrada 201 :)
 
   

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