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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

De hielo estival

24 ago. 2006

Por vocación, siempre pensé que los astros moribundos podían principiar con un soplo. Son de esas cosas que crees a pie juntillas, como que las olas son siempre las mismas o que nunca dejaste de quererme. Pero nevaba tan de continuo que ni siquiera pudimos dibujar rayuelas en el suelo ni hacernos trampas a nosotros mismos, aún menos podíamos soplar polvo de estrellas. Ella se sentó al borde del abismo y jugó a contar salientes en los que no se agarraría nunca, así que a mi no me quedó más que remangarme el olvido y meter los pies en el agua, aunque doliera, sabiendo de antemano que ni a -17 grados (Fahrenheit) se me congelarían las ganas de ti. Sabiendo que no era mi aliento el que necesitabas pero incapaz de asumir el silencio de las manos quietas.

Ahora mis 250 gramos de escarcha saben que hicieron lo correcto, aunque bombeen aguanieve y tenga los labios azules. Nunca, nunca ha de permitirse que muera una estrella. Y nunca, nunca, dejaría de creer en ti.

Bésame (o petición de auxilio)

19 ago. 2006

Tiembla, como si fuera la primera vez, como si fueras a largarte después, y no quisieras...
Noto la desesperación en cada roce de los labios, en las dentelladas, la urgencia porque la ropa llegue al suelo, por besarle la piel, por borrar las huellas de mi caída. De mi perpetua estancia en los barrancos. Y a través de las escalas de sus vértebras, es la única forma que tengo de subir, de no condenarme a un destierro, buscado y merecido. Como si disolviéndome aquí, sobre el suelo del salón, consiguiese purgarme de toda la mierda que llevo inyectándome en vena, desde que me propuse romperme en todas y cada una de las posturas. Cuando me creo a salvo de mis propias sombras, cometo el error de mirarle a los ojos. Para ahogarme descubriéndolos sin fondo. Ni un sólo chaleco salvavidas. Ni una plataforma petrolífera. Y sólo sé decirle que me bese. “Bésame”, como si no me importase que lo hiciese o no, bésame aunque/porque no sabes que es una llamada de auxilio, bésame y olvida un instante que tienes el mañana esperándote en el quicio de la puerta, ansioso porque termines de una vez conmigo y te marches. Pero yo sólo sé aferrarme a su piel, y de nuevo, bésame, bésame otra vez, deja pasar unos minutos recorriendo en mi cuerpo, a labios descalzos, los caminos que andarás como si quisieras que los desgastásemos juntos. Concédeme el pensar mientras me desnudas que realmente te tengo, que te importo lo suficiente como para que esto pueda estremecerte. Para que por un segundo pueda creer, como si de un dogma se tratase, que ese temblor lo producen mis manos y no la misma ventana mal encajada de siempre. Dame la licencia apropiada para ser ingenua y volver a contarme los mismos cuentos en los que un beso era todo lo que necesitabas saber, y las mariposas vivían en los estómagos y todos los días había luna llena, donde no había mentiras que necesitásemos creer ni venenos lentos sustentando caricias. Déjame creer que realmente me quieres, al menos hasta que me despierte y te hayas ido.

Y a disfrutar Aste Nagusia aquellos que vivís por aqui cerquita...

Primera persona del plural

14 ago. 2006

Hace tiempo que me prometí dejar de contar estrellas cuando me supuraban las cicatrices, siempre acababa cruzando los dedos a destiempo y arrojando recuerdos contra las rocas más afiladas. Ya sabes que nunca me gustaron los números impares y mejor ahogarlos en salitre que tatuarlos bajo las uñas. Que al final todas las notas suenan con las mismas letras. Pero también sabes que nunca cumplo las promesas que me hago a mi misma y que siempre se me termina escapando la sonrisa. Una estrella, dos estrellas y unos ojos.

Nuestra ola, con base a la izquierda, fue construyéndose con números pares que yo me empeñaba en deshilachar a base de razones que nunca supe explicar(me) demasiado bien. Un reflejo excesivamente inexacto de mis manos en tus pupilas o el cajón de-sastre deshecho en el pentagrama de tu espalda. O el miedo a que mi araña fuese también tuya a base de hacer de este lugar mi casa. También recuerdo haber dicho que no era el momento, como si los instantes creciesen en racimos por encima de nuestras cabezas y hubiésemos elegido el incorrecto. Valió la pena el atracón hasta encontrar la llave perdida, esa que llevó de puntillas a la primera persona del plural.
Demasiadas películas acaban con atardeceres, así que yo quise escribirte un cuento que empezase con uno, sólo por llevar la contraria. Para demostrar que algunas leyes de la naturaleza se equivocan. A veces, si se quiere de verdad, se puede volar con un beso.

Retrovisores (que miran hacia adelante)

1 ago. 2006

El blog cierra temporalmente por vacaciones… Mañana comenzarán los aproximadamente quince días de vuelta al sol con amigos, a las playas con besos, a la tortilla de patatas de mi madre y a la cerveza con limón (clara para los andaluces…) en la ciudad más antigua de Occidente. Txirimiri bilbaíno y demás maravillas locales me esperarán a la vuelta. Con toda esa gente por la que merece volver aquí una y otra vez. Hasta entonces… procurad ser felices! ;)


Se miran y no se encuentran. Aunque ajusten adecuadamente los telescopios e intenten calibrar de forma adecuada los reflejos, no llegan a comprenderse con las pupilas abiertas. Ni rastreándose las manos, ni cartografiando las huellas dactilares que no dejan rastro en la piel mermada. Aunque no se rinden, se buscan en los cristales de todos los escaparates, en los charcos de lluvia clara y en el fondo de las bombillas, pero al encenderse el verde del semáforo terminan perdiendo la esperanza.

Y sólo son capaces de verse en los retrovisores.

Gracias a Jesus (http://abismodetuslabios.blogspot.com) por la foto!
 
   

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