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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Ventanas cerradas

25 mar. 2010

La soledad es una ventana cerrada tras la lluvia, un cielo mudo que te mira impasible mientras te lee las pupilas entre las gotas de agua. La soledad a veces es marrón y sabe a metal, a vómito, a noche llena de pesadilla, sudores fríos y alcohol inyectado en la boca del estómago, como el puñetazo que tanto necesitas para hundirte como es debido. Otras veces es gris, como el plomo fundido que te acecha en la garganta impidiéndote ver más allá, enraizando tus pensamientos a cristales rotos que nunca reflejan, sólo cortan por donde más les conviene. Y por donde es más difícil detener la hemorragia. Y de vez en cuando, la soledad es tibia, en una calle cualquiera, detrás de una esquina cualquiera, con un sonrisa reposando sobre tu hombro y susurrándote una balada suave directa al tuétano.

Sin embargo la soledad tibia es la única que viaja siempre sola y quizás por eso llega tarde y cuando menos la buscas, igual que se va cuando más la necesitas. La marrón siempre la ves venir, es posible que incluso la recibas en la puerta, con una copa mediada, y decidas sacrificar tus latidos en un altar a medida, pero la gris siempre te acecha desde la otra acera y sólo la descubres cuando ya se te ha aferrado a la tráquea y te ha congelado el nervio óptico y todas las arterias dejándote sin aire. No importa que quieras huir, cerrar las puertas y las ventanas o los ojos, da igual. La soledad es una ventana cerrada tras la lluvia, sólo que no llueve fuera, sino dentro.

38,2 pulgadas

10 mar. 2010

No vengas a inmovilizarme con una mirada, como si no importase, clavándola en mi pupila los segundos justos para que me falle el pulso, las ganas de desviar mis ganas y no colgarme del azul de tus ojos para lanzarme al estúpido abismo de silencio en el que nos mecemos. Es absurdo mantenernos siempre a 98 centímetros de distancia, 38,2 pulgadas; es absurdo hablar sin mirarnos a los ojos, siguiendo la estela de los gestos, mientras te ensañas desde lejos. Acertando en el centro de la diana.

El animal herido reacciona huyendo entre las decenas de fantasmas que habitan una noche cualquiera. Corre sin mirar atrás azuzado por una sonrisa de medio lado y con la cordura pisándole los talones. Sin dejar sombras. Y lo sabes casi tan bien como yo. Aunque me acorrales con el tacto frío de un bisturí sincronizado a distancia, no puedo evitar sentir la escarcha ardiendo cuando rompemos la barrera no escrita y pisamos fuera del terreno señalizado. Y recordamos para qué sirven las alarmas. Y continúas latente. A 98 centímetros, 38,2 pulgadas. Para inmovilizarme a pleno gas con una mirada inflamable.

 
   

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