Hogueras eléctricas
27 sept 2010
Ahora que escribo para muchos soy incapaz de entreverarme en las líneas para leerme sin traducción. Ahora que cuento otras vidas he perdido el ábaco que me recordaba que los pasos son siempre de diferentes colores. Ahora me pregunto qué sueñan los androides y tengo pesadillas. Y me abrazas. Y no sé si estoy despierta o es parte del argumento.
Mido mis líneas con un cartabón que siempre consigue escapárseme por la escuadra y al final camino en círculos concéntricos repletos de vías muertas. Invariablemente estoy a la misma distancia del horizonte y del centro de tu pupila, donde nado a contracorriente para llegar siempre a un puerto repleto de barcas varadas, tan silentes como mi forma de no querer a nadie. Porque si las agitas, si inicias la onda en el agua, es imposible calibrar si la ola romperá las escolleras o las aurículas. Y la galerna, si llega, nunca deja supervivientes.
Así que ahora que me desdibujo en espejos ajenos y nunca consigo atravesarlos, intento arrimarme al ascua que no quema aunque la retina arrastre siempre al mismo fuego. El hipnótico baile de las llamas juega sincronizado para que pierdas de vista la hoguera que sólo arde a traición. Cuando te alejas y cuando estás dentro.