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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Pronósticos de frigorífico

7 nov. 2008

Nunca me ha gustado demasiado la lluvia, especialmente cuando me moja los tobillos y se desliza por mi espalda sin avisar, como el despertador en una mañana de domingo, a traición. Nunca me he llevado bien con la lluvia que encoje el inicio del estómago, acumulando sinsabores en el cielo de la boca o que martillea siempre en la misma grieta obsoleta del tuétano, esa que creíste olvidar y que, como el reúma en las aurículas, siempre reaparece acompañada de tormenta, esa lluvia fría e incómoda, es la que puede sorprenderte un día conduciendo a 140 en una carretera sin asfaltar y hacer que no te salgas ni un milímetro de la calzada pero en el instante en el que asome la confianza a la comisura de los labios, te despeñarás en un abismo debidamente señalizado.

En mi caso, hay días que llueve de seguido y no descansa, me repiquetean las gotas afiladas en la nuca y no hay forma ni voluntad posible para hacerlas callar. La gente se vuelve a mirarme por la calle y murmuran a mi paso, a esa chica siempre empapada de vaho gélido sin que el viento otoñal la afecte más de la cuenta. En esos momentos tengo los pies fríos y la sonrisa congelada y ausente en el bolsillo interior del abrigo, está ahí, acurrucada, se intuye pero no se deja ver ni aunque rebusque a conciencia en el espejo.

Al final, como con todo, lo bueno y lo malo, termina pasando, arrecia el temporal y volvemos a sacar la ropa de color para que la seque el sol de invierno. Se va, con la sonrisa involuntaria de un desconocido, con el susurro de buen augurio que apenas escuchas o con una ráfaga de pensamiento que te pilla tan desprevenida como la primera gota que cae, siempre, en el centro del lagrimal. Y da igual que los meteorólogos más perspicaces cuelguen cada mañana su pronóstico en la puerta del frigorífico, más allá de la piel, el tiempo siempre es otro.

 
   

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