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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Desguace

31 jul. 2007

Es la misma neblina ligera que sacude el alcohol en las noches de labios, a ratos secos, a ratos desbordados. Cuando la imagen perfecta de su figura se recorta entre las burbujas de todos los sorbos. No importa cuantas veces intentes hundirla, en un estúpido e inestable intento de manar de nuevo, al final esa piel te roza la cordura y se te erizan las palabras no dichas, las que siempre coinciden con tus deseos, más allá de los gestos, de las certezas oscuras (todas las certezas a esas horas del día sufren de falta de iluminación), más allá de todas las noches encallando en el mismo agujero negro de sus pupilas. La constante oscura que desintegra la ecuación perfecta.

Pudiste evitarlo, claro, te dice aún su saliva, dictadora voluntaria y consentida entre tus pestañas. Tuviste todas las opciones, lo sabes, pero elegiste el camino minado convenciéndote de que lograrías que en las lindes de los días florecieses girasoles. Y lo obtuviste en cierta manera, aunque ni uno sólo de los instantes floreciese el sol a jornada completa. Pudiste evitarlo, es cierto, pero no lo hiciste, ni siquiera lo intentaste, te silba el mismo viento que despeinaba la arena negra de tus pesadillas, para que no olvides ni al mirar grúas vencidas. Para que no olvides, especialmente, al mirar grúas vencidas. Tú no, tú no conseguirás llegar a alzarte más allá del mar de escombros de sus muslos.

Cerrado por vacaciones

4 jul. 2007


Este blog siempre ha sido un poco especial, cabezota y maniático. Ya sabéis, que según pasa el tiempo, los caminos se hacen comunes y es difícil transitar más allá de las olas. Así que habrá que esperar a que se asiente la arena y las líneas han decidido hibernar algunas semanas. El tiempo justo de ese descanso coincidirá con mis vacaciones en tierras chinas, que yo también necesito aprender a mirar más lejos. Con mi regreso intentaré despertar las palabras y sacarles un poco el polvo.

Hasta entonces cuidaos en sed un poco más felices.


Bienaventuranzas

1 jul. 2007

Entonces la miró y lo comprendió todo. Su agria defensa de la lógica, su manera matemática de ordenar los te quiero en disposición ascendente, su manía de dividir los abrazos de manera inversamente proporcional a los rayos de sol de cada día. Hasta su miedo perpetuo a la oscuridad y su preferencia por los números impares. La vio allí, agachada ante su familia, diluida en el torrencial caudal de las relaciones parentales, buscando la función matemática con la que lograr mantenerse a flote y conservar cierto orden, en un instante arrasado por la inseguridad latente que le acuchillaba los bronquios al respirar. Desde fuera, allí sentado en aquél sofá ajado con un café templado en las manos, él podía jugar a analizar las situaciones sin que la realidad le salpicase la ropa dejando manchas indelebles. Iba tomando, a sorbos cortos, cada una de las palabras, de las frases o los gestos y comprendiendo todos los aspectos de la vida de ella que nunca había alcanzado a descifrar, ni aún poniéndose de puntillas para ver bien el reflejo del pasar del tiempo en sus pupilas.

Allí, en aquella composición teatral, ella lograba encajar a la perfección. Como la última pieza de un puzzle, nunca la primera. Y en ese momento ante él, aparecía por fin la totalidad de la obra que, ahora sí, era capaz de reconocer, de clasificar e incluso de comprender. Entonces consiguió verla del todo, cristalina y sin difuminar, vulnerable y asustada, terrenal al fin y al cabo. Y sólo entonces, logró desterrar el miedo de empezar a quererla.

La foto es de Shin
 
   

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