El fin del mundo
28 sept 2008
El fin del mundo nunca me pillará bailando. Y lo sabes tan bien como yo, tú que jamás mueves los pies más allá de los alfeizares. Quizás el fin del mundo me encuentre corriendo por las calles de cualquier ciudad que no amenace con retenerme mientras echo de menos un lugar en el que quedarme. Puede que esté leyendo entre líneas para comprender la estúpida ecuación que rige los estados de ánimo. Más allá del tiempo meteorológico, de las sombras de tus palabras o del reloj de arena de mi mesilla de noche.
Estoy segura de que el fin del mundo nos sorprenderá a todos en las actitudes más inverosímiles, justo en ese instante absurdo e incomprensible que marca la nota discordante de toda una existencia. Se acabará todo y ya no podré reírme de los mil y un camino errados (y errantes) ni del recuerdo del tacto de tus dedos que a veces me atormenta, cuando me empeño en interpretar las caricias con un diccionario que alguien me robó de las manos. Y dicho así suena como si importase. Como si la sangre no fuese a detenerse en las venas, coagulándose despacio, en el instante justo en que leo, sin ambages, la estupidez del tiempo perdido en tu pupila de espejo, esa que jamás, antes de este fin del mundo, me dejó entreverte más de una sombra. Y el fin del mundo seguirá su curso y ni siquiera tendré ese segundo que me permita alegrarme de callar o enervarme por haberlo hecho. Sólo, simplemente, llegaré a saber qué atesoras bajo la almohada. Y quizás eso sí que importe aunque no dé tiempo a paladearlo ni un instante.
Al final, el final me pillará con cara de idiota. De eso estoy segura.