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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Lo bueno de la Navidad

20 dic. 2007

Lo bueno de ciertos momentos, lo bueno de la Navidad, del fin de año, de los Reyes Magos, lo bueno de celebrar estas fiestas en determinadas espirales de sentimientos es que siempre te permite, dejar de girar y conseguir ver más allá, detrás de las luces, de las sonrisas o de la falta de ellas. Celebrando estas fiestas a veces lloras más y otras veces bailas por la calle y nunca depende sólo de la temperatura relativa de la atmósfera.

Hoy hace algo de sol, algo de viento y algo de pena, mañana acabarán los días previos y nos acechará, desde las esquinas más recónditas de la memoria, ese duende, a veces brillante, a veces oscuro, que siempre termina por hacernos recordar tantas otras Navidades. Quizás este año vea nevar. Quizás tengan razón y el año que viene será mejor. Quizás logremos sonreír desde las entrañas. Quizás se borre este nudo en la garganta.

Lo bueno de ciertos momentos, decía, es que a pesar de la nieve, de los puertos cerrados, a pesar de las placas de hielo que amenazan con hacerte resbalar una vez más, a pesar de las toneladas de sal que a veces fecundan en tus heridas, eres capaz de pasar por encima de esos muñecos de nieve que permanecen callados, ausentes, en el borde del camino y sonreír al concentrarte en los cautos soles, algunos inesperados, que aúnan esfuerzos para que germinen girasoles en la carretera. Que estas no serán las mejores navidades pero pueden ser igual de cálidas.

Así que, en definitiva, estas líneas quiero ofrecerlas a esas personas que en los últimos tiempos me han ofrecido la luz y la chispa necesaria para mirar hacia delante sin fotografiarlo en blanco y negro. Gracias. Desde las entrañas.

Y Feliz Navidad, claro.

Una bala en la recámara

9 dic. 2007

Hace ya quizás demasiado que nos conocemos, no tanto en el tiempo pero puede que excesivo para los músculos agarrotados a los que a veces les cuesta respirar tu oxígeno viciado. Como todas las casualidades que terminan por conformarse en una línea de puntos, que puedes seguir o por la que puedes recortar tu vida, nos cruzamos casi a oscuras con dos copas mediadas. Tú con tu barba de tres días y la misma sonrisa de todas las medianoches, sonrisa estudiada pero informal, casual, con restos de un simplemente pasaba por aquí. Yo con aquél jersey que me quedaba grande, como casi todo ahora y entonces, la mirada extraviada y el agua salada taponando todas las salidas. Ambos sabíamos que así comienzan todas las historias, las mismas contingencias, la misma luz y decidimos no llevar la contraria a la corriente y hacernos amigos con el último sorbo.

Otro amigo me contaba, paradojas imposibles, que esas historias siempre continúan de la misma forma, con uno un escalón más arriba en la escalera que nunca termina por llegar al cielo. Yo no le hice caso, claro, y hoy tampoco se lo hago aunque le dé cierta razón a su metáfora, dejando fuera ciertos sentimientos. Yo siempre aguardé más abajo, amiga fiel esperando tus señales, sintiendo que mi valía era inversamente proporcional a la distancia que nos separaba, que no había luz si tú no la alumbrabas que no había tiempo si tú no lo ocupabas. Llegabas casi siempre tarde a los instantes fundamentales consciente de que no terminarían sin ti aunque de esa manera les robases su brillo. Tú lo sabías, claro, pero se te daban excesivamente bien las palabras adecuadas. Directas al centro de la pupila. Incluso ahora que vuelo lejos, sin paracaídas ni pista de aterrizaje, tan perdida en un jersey demasiado grande como aquella primera noche.

Tú, como buen amigo, me dices que podré con ello. Me miras de medio lado y apuntas a los huecos visibles o invisibles. Y sonríes, claro está. El mundo acabará a tus pies pequeña, estás convencido. Yo lanzo un dado al aire para decidir si creerte. Para ti siempre fue fácil guardar un poema en la guantera y una bala en la recámara.

 
   

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