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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Cero grados

16 dic. 2010

Cero grados. Dentro.

Tengo los labios cortados, las manos ásperas y las mejillas coloradas. Y fuera hiela y se agrieta la noche como el hielo al chocar contra el fondo de una copa vacía, de una noche ausente. Cuando no hay sonido que reverbere en las cuatro paredes de un otoño que quiere ascender a invierno.

Nunca me gustó pisar las hojas que alfombran esta estación de tránsito. El quebradizo eco que producen se trasmite desde los tobillos a las vértebras y siempre tengo la sensación de astillar montañas de cristales cuando no puedo esquivar las sombras marrones en las aceras. Suanzes está inundado de hojas otoñales así que camino con trazados geométricamente absurdos sólo por no sentir el ruido de diciembre resquebrajándose bajo mis pies. El sonido de un presente convertido en un juego de espejos mirándose a oscuras en una habitación vacía. El silencio de todo lo que debí decir cuando aún tenía sentido. Aunque si me quedo quieta el tiempo suficiente puedo escuchar, al prestar atención en la pausa oportuna de mi ritmo cardiaco, a una estación que siempre se supo de paso. Al lado de la cama que nunca se calienta del todo. A mis manos sin tacto.

A los cero grados. Dentro.

La foto es de charman82

No deberías

13 dic. 2010

Dueles. Y no deberías. Nunca he cruzado un abismo que me dejase lo suficientemente cerca de tus ojos como para que ahora duelas así. Cuando te veo demasiado cerca del borde de un alambre en el que yo no sé mantenerme sola. Y palpitas dentro, como las heridas cuando supuran todo aquello que un día decidiste esconder para no darle nombre alguno. Y cada palabra que me niego –que te niego- se encarna bajo las uñas y ahora ya no sé tocar sin pensarte en monocorde. Como si mis dedos estuvieran engrasados a unas marionetas y fueran ellas las que manejan la cuerda de este reloj que no anda.

Dueles. Y no deberías. Sólo te he soñado una noche obtusa y aunque el escalofrío y la sonrisa se me ataron a la raíz de la mañana, no deberías permanecer como una pieza en el rompecabezas onírico de mi realidad perfecta. Allí donde no dueles. Allí donde no existen palabras de cinco letras que debo lanzar a la arena tiñéndola de la noche más negra. El único lugar en el que protegerme.

Porque dueles. Y no deberías.

 
   

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