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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Invierno (siempre)

21 nov. 2010


Huele a invierno en Madrid. Es de noche, noche cerrada de temporada baja y llueve sin nubes como cuando yo no sabía andar con la cabeza alta. El frío, helado, se cuela por una puerta entreabierta y 12 escalones se me clavan en la aorta impidiendo, una vez más, que busque amaneceres en los reflejos. Todos siguen vacíos o llenos de pesadillas obtusas de esas de patio de colegio. De llamas que nunca queman lo suficiente como para acabar con todo.

La carretera se va desdibujando en haces de luz sin brillo y la oscuridad engulle los neones a 100 kilómetros por hora. Cierro los ojos, desde dentro, y no puedo evitar temblar aunque lo intento. Huele a invierno en la M30. Veo sin querer tus manos y noto sin buscarlo tu sabor en la boca. Otra vez. Así que abro los ojos y cierro todo lo demás, aún queda noche. Pasamos por delante de la sede de La Razón y hacemos el mismo chiste de siempre. Hablamos de drogas, de grandes nombres, de futuribles que asustan. Y en mi bolso el último periódico de un año sin rastro.
Lo he conseguido, ahora soy impermeable.

La foto es de José Carlos Cortizo

Nada más

15 nov. 2010

Tú me lo dijiste y jamás quise creerte. Llevabas una bolsa en la mano, demasiado pequeña para que cupiese todo el tiempo que te llevabas. Para que yo, recién cumplida la mayoría de edad, pudiese encerrar en algún sitio la primera despedida.

Tú me lo demostraste y jamás quise creerte. Te fuiste y aquello fue sólo el comienzo. El mismo dibujo en la arena que sube y acaba bajando hasta donde ya sólo duele. Una y otra vez. Diferentes caras y las mismas heridas. Y una vez más, como antes, la oscuridad y el silencio.

Da igual cómo lo hagas. Eso es lo que tú nunca pudiste digerir y yo jamás quise creer. Al final, no caben las opciones valientes de todos los cuentos, no importa hacer las cosas bien, no importa tener las manos limpias y los pasos medidos. Al final, sólo hay un sumidero sin miramientos.

Tú me dijiste entonces que me querías y que lo harías siempre. Y que siempre estaría sola. Como tú, como todos. Yo nunca fui capaz de creer ninguna de las dos cosas. Ahora sé que siempre tuviste razón.

S O L A. Nada más.

Sonando: "Al respirar" de Vetusta Morla

Pretérito imperfecto

5 nov. 2010

No, no voy a darte la satisfacción de verme flaquear. Prefiero abrir mis venas para que se recreen todas las sombras de Madrid a que te cueles por una sola de las rendijas que nunca deberías haber visto. Y eso no es negociable. Podrás verme rendida a tus manos, al recorrido matemático de tus labios invirtiendo en cada una de mis vértebras, al sabor de tu noche en mi madrugada, pero no podrás ir más lejos. Ni aunque lo intentases con tu mejor disfraz.

Así que no me hables como si alguna vez hubiera habido un nosotros más allá de una simple suma de dos cuerpos que se conocen demasiado para dormir solos esta noche. Más allá de unos labios engarzados, apátridas, en la madrugada más sucia de esta ciudad deshabitada. No existe un tú y yo más que el breve, escaso y preciso momento en que sincronizamos nuestro aliento antes de dejar de respirar. Antes de desgranar un café y descubrir de nuevo, con el último sorbo, que ayer ya es hoy y siempre nos movimos mejor en pretérito imperfecto. Cuando nos leemos en las pupilas demasiadas cosas como para despedirnos con más que un beso en la mejilla.

Los hilos que manejan esta obra maestra del esperpento, que construyo con cuidado cada vez que me besas, son algo que, es posible, alcances a ver algún día. Si te estiras, dilatas las terminaciones nerviosas y despliegas los dedos lo suficiente quizás podrías llegar a tocarlos. Pero nunca, ni aunque conjugues todos los tiempos verbales en el hueco de mi ombligo, tendrás el poder suficiente para manejarlos.

Sonando: “Noches reversibles” de Love of lesbian

 
   

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