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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Smooth (o catarsis)

26 oct. 2010

Empezó con más de tres segundos de pupila disparada a las rótulas, mientras clavabas el color imposible de tus ojos en mi retina. Siguió con tu aliento reproduciendo cámaras de gas delirante entre mi nuca y el revés de mi pendiente. Y terminó con las huellas dactilares de una noche rastreando todas las noches en cada hueco de la piel.

Tu saliva germina suspiros imposibles en cualquier partícula de tacto que quede al alcance de tu boca. Lentamente. Paladeando los instantes en los que mi resuello se paraliza, contenido en cada una de las sílabas de tu nombre. Avanzas por mi cuerpo de puntillas, dejando regueros de material inflamable, mientras de fondo un saxofón nos marca la pauta a seguir. Profundo. Rítmico. Insistiendo en notas sostenidas, deletreándolas en las clavículas a base de dentelladas desnudas. Inscribes tus ganas en las mías al contacto con el aire, denso, que se vuelve irrespirable cuando asciende la música y descienden tus manos. Cuando la garganta contiene todas las vocales y se nos escapa la fuerza, prendiendo yo mis dedos en tus vértebras impares, bebiendo tú de mi boca tu nombre ahogado en ansia.

Y cuando se nos agota el tiempo, cuando la melodía acaba y el sol empieza a reflejarse en las baldosas, somos conscientes, de repente, de la ropa alfombrando los pasos, de nuestra propia piel adherida a la del otro, del olor de un nosotros nunca pronunciado, siempre ausente. Y cuando todo termina, cerramos los ojos y descubrimos, escuchando dos latidos arrítmicos y desarticulados, lo solos que estamos en esta cama compartida.

Siempre fuiste tú

23 oct. 2010

Siempre fuiste tú. Desde la primera línea de este blog que nació con tu saliva germinando amaneceres en mi espalda, cuando cumplimos solo algunas de las promesas que nos guardamos en nuestros bolsillos rotos. Cuando aún guardaba aquel imperdible que perdí bajo la piel la última vez que besarte me supo a veneno. Cuando todos los caminos eran posibles y el mañana refulgía soplándonos promesas en la nuca, en la terraza de las baldosas amarillas. Y ahora, ahora que me cuesta esbozar tu sonrisa esquiva en el tacto de mi memoria, daría todos mis atardeceres por volver a ver tu gesto ausente rastreando las azoteas.

Siempre fuiste tú así que no te atrevas a quedarte en esa cama de hospital porque eso sí que no podría perdonártelo. Aunque siempre acabase por perdonártelo todo. Incluso que me quisieras a destiempo. Esa fue nuestra mayor estupidez, que no la única. Sin embargo, nunca te quebró la voz una esperanza esquiva que acabases por no cumplir. Hace mucho me prometiste que jamás me dejarías sola al antojo de la galerna y hoy invoco esa promesa porque si tú te vas, aunque hiciera tanto que te fuiste, si tú te vas, la primavera nunca más será capaz de peinarse el viento al borde de tu pupila. Porque si tú te vas, nunca podré volver a ser yo.

aeiou

9 oct. 2010


Encima de una tela grana se desarma un abecedario con el que jugar cuando el tiempo va resquebrajándose en el hueso. A más vuelta de minutero, más vueltas dan las letras. Y menos claras se distinguen desde los ratos muertos. Ahora que me entretengo con las palabras, que me asfixian, me absorben, me licuan las horas de sol y me hacen sonreír a destiempo, ahora, descubro que es demasiado fácil desordenarlas y que sus vértices se conviertan en cuchillas.

Y quizás por eso, hoy me da -más- miedo separar los labios y dejar escapar más aire del que me corresponde. O dibujar en ellos una imagen con caracteres demasiado precisos. Porque, especialmente hoy, prefiero callar a mentir.

La foto es de Arnoldo

 
   

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