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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Llévame

21 ago. 2010

Llévame a tomar una caña y háblame de la cuadratura del círculo. De cualquier cosa que no incluya las doce paredes en las que nos encerramos cada día. Háblame de ciudades medievales, de movimientos arquitectónicos que seguramente olvidaré o de cómo te hiciste la cicatriz que te cruza la barbilla. Explícame a Cortázar con los términos más fríos y hazlo en cualquiera de los idiomas que yo nunca conseguiré dominar. Etiquétame erróneamente. Métete con mi acento, con mi condición de apátrida y mi dogma de fe de que todo es mucho más sencillo de lo que parece. Porque no lo es y hoy necesito que alguien me desdibuje los contornos de los problemas para intentar creer que algún día encajarán. En algún sitio, da igual donde.

Llévame a tomar una caña y déjame que me esconda en el mar helado de tus pupilas. Déjame que te responda con evasivas y vamos a perdernos en conceptos abstractos que en algún momento significaron algo. Da igual qué y da igual cuando. Enróscate en mi retina y sonríe, de poco en poco, como el gato de Cheshire antes de pronunciar las palabras mágicas. Ponte serio y frunce el ceño antes de dar una calada a tu cigarro. Déjame que reconozca tus gestos y así sienta que hay algo familiar que nos une. Aunque sea mentira y ninguno de los dos sepa demasiado bien qué dibuja el terreno que pisamos. Esta noche vamos a jugar a que, más allá de los cristales, hay una guerra de la que no formamos parte.

Una guerra que no me desangra esta noche.

Sonando: “Llévame al baile” de Pereza

Rayuela

16 ago. 2010

Apareces y desapareces. Y tras de ti, siempre queda el mismo reguero.

El sabor amargo no lo deja la reiteración de errores, la rayuela minada que rechazamos por muy diferentes motivos, las luces de neón que mis recuerdos se empeñan en poner al borde de este camino sin salida. El sabor amargo no lo esparce mi estupidez ni tu frialdad, el recuerdo obtuso que se empeña en malformar mis ansias, ni siquiera la intención experta de tu bisturí quirúrgico. No son tus pasos atravesados y a traspiés, la medida exacta de tus ausencias, la autoría de todas las decisiones. No.

El sabor amargo podría dejarlo la certeza inequívoca de reescribir las huellas con la misma letra torcida, la evidencia de volver a ver tus ojos y temblar. Otra vez. Como hace años, rodeados de pupitres vacíos, de asientos desiertos. Cuando quería creer y no había recuerdos astillados en todas las articulaciones. El sabor amargo debería inocularse por los errores antiguos, la incomprensión, tras tanto tiempo, de todos los gestos que dosificas con pulso de cirujano y puntería de francotirador.

Pero ahora, después de tanto tiempo, he aprendido a sonreír. Como esa fachada absurda y perfecta que resguardaba un terreno amortajado de escombros ¿la recuerdas? Ahora he aprendido a desnudarme al tiempo que se abrigan las trincheras internas. A besar en frío y cerrar los ojos. Duele menos y es más real no esperar nada. No dejar que nadie ahonde más allá del tacto impreciso de mi piel pero sonreír como si no fuera así es una cuestión de supervivencia, de inteligencia, que aprendí cuando conseguí desaprender cada uno de tus pasos.

Y sin embargo, vuelves y sé de sobra que el sabor agrio que se me acumula en el cielo de la boca es la saliva que no te robé, las ansias que no conseguí respirarte, el recorrido que no precisaste en mi espalda. El saber, de nuevo, que ya es tarde -siempre lo fue- para todo esto.

 
   

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