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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Cercanías

30 jul. 2010

No sé volver a columpiarme sobre el abismo como si no me importara el vértigo. Tú me miras y esperas que dé un paso que me dejé olvidado en algún abrigo viejo. Con un billete de cercanías que nunca llegué a usar.

No es posible que no creas en el amor me dices con un susurro que suena a rezo a un Dios en el que ninguno de los dos creemos. Y mientras se mueven los labios, mientras se modula el sonido en el aire viciado de esta ciudad trinchera, sabes que estás asaltando tierra baldía. Y me recitas una película americana como si el amor siempre se encontrase en el último vals de un fin de fiesta, como si no doliese, como si fuera patrimonio de domingo, de veranos perennes o de ojos sin dobleces.

Sí es posible que no crea en el amor, que me acomode en camas ajenas que no buscan ni quieren un rastro de mi mañana en sus sábanas, que los domingos me inyecte cotidianidades para pintar las paredes de reflejos habituales, que los únicos ojos sinceros con los que convivo sean los que se mantengan cerrados. Es posible que sea más fácil sonreír a desconocidos. Que duela menos jugar a follar cuando azuzan las ganas y simular, con la luz del día, que todo está bien, nos veremos en la próxima.

No es posible que no creas en el amor me dices pidiéndome que crea. Pidiéndome que crea en ti. Y no te das cuenta, esta vez no, mientras mueves los labios, mientras se modula el sonido en el aire viciado de esta ciudad trinchera que sí creo en ti. En quien no creo es en mí.

La foto es de Lorca-Baza-Aguilas

Volver

18 jul. 2010


Quiero volver. Quiero un felpudo en la puerta que reconozca mis pasos y los eche de menos, quiero un abrazo de los que dejan sin aliento, una mano tendida, un “quédate” sin necesidad de palabras. Quiero un hogar al que volver, unas huellas que me recuerden, una piel que aún guarde un rastro de mi tacto.

Siempre que llego a casa es noche cerrada. Aunque a veces sea de día. Mi gato se enrosca en mis tobillos con la responsabilidad del que sabe que es el único a quien permito verme llorar. Maúlla y se pasea elegante entre los cascotes que ambos conocemos de memoria. Mi casa es una escombrera que se va llenando sin ruido y sin disimulo, expulsando de mi alcance toda posibilidad de acogida. Los pies mojados y la tramontana amenazan desde mi habitación y, en la cocina, el frigorífico me recuerda que está dispuesto a conservar, a temperatura óptima, toda la miseria que sea capaz de amontonar en sus baldas.

A veces, de madrugada, cierro los ojos e imagino un lugar al que volver pero siempre terminan por despertarme las pesadillas de los caminos que abandoné, que me exiliaron, que ya no sé recorrer. Y ensayo una sonrisa y una pose que tengo adherida a la piel, a las manos con las que dibujo una ficción con mi propio nombre. Nada duele si nadie te ve llorar, nada hiere si ocultas las heridas.

A mi alrededor todo es nuevo, frío y aséptico, todo está desinfectado de cualquier pasión que se te agarre a las rodillas. Una vez, hace semanas, me temblaron las piernas. Hoy el tiempo se me amortigua en saber que seguirá adelante sin mí, cuando abras los ojos de nuevo, será mañana. Y no tendrás lugar ni manos a las que volver. Y seguirás, disfrazada de mimbre, pero no habrás avanzado ni un ápice.

Migas de pan

13 jul. 2010

Sí, hoy me he acordado de ti y de tus labios dibujados con tiralíneas. De cuando aún rebuscaba en tus gestos, en el mar caído de tu mirada, intentando desentrañarte las ganas, a ver si me encontraba entre ellas. Cuando jugábamos al escondite dejando migas de pan en el camino.

Hoy he recordado los caminos que recorríamos intercalando los paralelos para rozarnos sólo un poco. Un abrazo en una calle empedrada. La primera mirada que sujeté a mi pupila más de tres segundos. Un banco al sol en una esquina cualquiera. El color de la madrugada más larga. Retazos de un antes, preludios de un después. Cuando jugábamos a tantear con los ojos entrecerrados mientras yo me perdía en tu nuca y tú me medías los pasos. Y todas las palabras contenían un escondite, del que huir o en el que guarecerse. Cuando aún no habíamos encontrado los puntos débiles, las alergias y el después. Y esta ciudad brillaba desperezándose en nuestros párpados. Antes de las sábanas revueltas, los gestos cautivos y los pasos en falso. En el instante previo –quizás- en el que tu voz te delató y me besaste despacio, enredando los dedos en mis rizos. Cuando mis rizos eran el único enredo que creíamos ver. Que quisimos ver.

Hoy, en el mismo lugar en el que no llegaste a besarme, me he acordado de ti y he echado de menos el echar de menos a alguien.

Calles de verano

10 jul. 2010

Los niños dejan la escuela y las calles de mi barrio vuelven a iluminarse con un sol que parecía no querer volver. En la frutería de la esquina, las cerezas están de rebajas y los chinos siguen sin cerrar nunca. Es lo único que me recibe con luz cuando llego a esta casa tan vacía y con tantas cosas en el medio de mi vida. A esa hora en la que, en el metro o en las ventanas, sólo me cruzo con sombras y el aire pesado del verano en Madrid se me adosa a la piel, para que sólo me evapore a ratos.

Las noches de verano siempre se respiran diferente. Soy capaz de abrir la puerta, abrir la ventana, abrir los ojos y asomarme a la madrugada con una cerveza en las manos. Y el oxígeno se reconvierte en partículas sin recuerdo y se adhiere a la música del momento, pintando la noche de colores adecuados, de notas sin discordancia. Con sonrisas que no pierden pie al borde de la medianoche. Me encantan las noches de verano y había olvidado su olor a fuerza de no vivirlas. Cuando el cuerpo te pide asomarte al abismo y escupirle que el silencio no volverá a pillarte sin voz, con la garganta seca.

Cuando quieres decirle a su ausencia que no te vencerá. No esta noche.

Sonando: “Calles de Madrid” de Quique González

La foto es de charmille

 
   

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