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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Al final

23 jun. 2010

Al final siempre terminas por volver a enredarme entre tus dedos, velas apagadas esperando el soplo adecuado para estallar en unas llamas que nunca calientan lo suficiente. Sonríes de soslayo, silbas entre las aurículas y me retienes al pasar. Vas vertiendo palabras en mi oído, silabeando despacio mi nombre y mi apellido, como si me desnudaras. Derramas imágenes difusas en mi retina y luego las agitas una madrugada cualquiera, como si no pasase nada. Aunque siempre termine por pasar.

Yo ayudo a ello, claro, me dibujo en tu camino, me visto de blanco y ando de puntillas jugando a no hacer ruido. Evito tus ojos pero apuntillo los labios mientras sonrío al compás con el que martillea el paso de los días. Cruzo los dedos bajo la mesa y le pongo escuadra y cartabón a las palabras. Te soplo en la nuca evocando gestos bajo las sábanas, como si no pasase nada. Aunque siempre termine por pasar.

Y las noches de verano pintamos de nuevo la ciudad que creemos antigua. A base de ron y azúcar encharcamos los cristales de sonrisas que juegan a no doler. Durante un rato. Y vamos dando pasos pequeños, minúsculos, como si no pasase nada, hasta que la piel choca. Y estalla.

Game over

16 jun. 2010

Quiero vestirme sombría y no ver más que en blanco y negro. Subir el balance de blancos y que los bordes se vuelvan tan afilados que nadie, ni tú ni yo, pueda pasear por ellos. Quiero vidriarme los ojos para que nada sea capaz de entrar o salir, para que nada permanezca, sólo se refleje lo que pasa ante ellos y dure lo que dura la poca luz que hoy me alumbra.

Quiero no sentir nada. Esparcir los sueños por el suelo, hacerlos añicos y caminar sobre ellos para demostrarme que no pueden hacer sangre si ya no crees en ellos con los ojos cerrados, que es la única forma de creer. Luego, cuando se levanten las persianas, las sombras se convertirán en estiletes y tus puntos vitales en dianas apropiadas. Así que quiero hablar con Huxley para que me dé la fórmula mágica del soma. Destrozarme las conexiones neuronales que lo único que me permiten es descubrir una y otra vez la inconcreción de mi tacto, de mis sentidos viciados de mañanas que no existen. Envenenarme el sistema circulatorio es la única manera de seguir andando sin que se pudra del todo mi sangre estancada.

Al menos ya he conseguido no creer en nada. Atea, apátrida y extranjera entre tus brazos, entre todos los brazos. Invisible.

Retazos sucios de recorridos dispares en transporte público

14 jun. 2010

(Pacífico- La Latina)

Llevo días sin usar lentillas para poder sobrevivir, para evitar seguir la dirección de tu pupila y de mis propios pasos. Sin discernir más que sombras casi uniformes, sin matices, y así poder fabricar un saco a la medida. Donde quepa todo, absolutamente todo, sin concesiones. Llevo un reloj parado en el pecho. Marca una hora diferente según la sombra que pese en mi retina y me recuerda que nunca se me dio bien llegar en el momento adecuado. Aunque sí que soy experta en permanecer en el instante más obtuso, el más sucio. Ese en el que tú no estás (ni estarás) y yo siempre te espero anclada en una estación de metro.

(Pacífico- Tribunal)

No sé como lo hago pero siempre acabo en Tribunal. Anudada a aquel banco con jirones de croissant o creyendo verte de nuevo, al subir las escaleras, esperándome con mi camiseta preferida y oliendo a recién afeitado. Da igual por donde intente caminar que siempre encuentro un retazo de tu pupila al que anclar mis peores amaneceres. Y tu recuerdo impreciso empieza a atarse a estaciones de metro sin escaleras, a paradas con vía rápida a un aeropuerto al que tú y yo nunca iremos juntos, a canciones que ponen parches a mis ganas de tus ganas o a una baldosa de mi habitación, la única que no pisaste. Y no quiero. Me niego a ir dejando el tacto de tus manos entre mi ropa como si importase, a esperarte, a imaginarte, a permitir que las huellas de tu paso cimenten en mi cabeza.

(Diego de León- Suanzes)

Lo malo de jugar con cartas marcadas es que todos los pasos siguen el mismo ritual que va de lunes a domingo. Los gestos, las palabras, las miradas disparadas a contraluz, todo, se recorta con el mismo patrón común. Tú no eres un gran sastre y yo nunca aprendí a coser pero me enseñaron con saña como sonreír al tirar del hilo. Y sobre todo, a recrearse sólo cuando no tienes nada que perder. Así que cuando descubres que no eres capaz (ni quieres ser capaz) de besar con los ojos cerrados y las válvulas cardíacas a pleno rendimiento, entonces, y solo entonces, empieza el juego.

Aunque (o jirones)

11 jun. 2010

Hoy miro al mismo cielo y me parece que se desdibuja en los extremos, como la ropa que, de tanto usarla, se deshilacha dejando inservible todo lo que viviste con ella. Hoy vuelve a llover en Madrid y vuelve a sonar la misma música pero, en los charcos, los reflejos se distorsionan tanto que me cuesta reconocer las huellas que yo misma dejé.

Y el frío se me ha metido tan dentro que ya no puedo tocarme la piel sin dejar lágrimas de rastro insípido, sin volverme traslúcida en vez de transparente. Y me visto para que duelas menos, con la ropa ajada que sé que no vas a volver a quitarme. Me disfrazo de normalidad, sólo algunos –los que me han visto un poco por dentro- consiguen darse cuenta de que la cadencia de mis pasos es incorrecta y mis latidos marcan un ritmo desacompasado y difuso. Inquieto consigo mismo. Y me rodeo de mis libros favoritos, de música alegre e intento sonreír hasta cuando más se me clavan los cristales en las aurículas. Lo intento y a veces funciona.

Hoy me ha sorprendido el sonido de mi propia carcajada y he descubierto que sigo teniendo fe en mí. Aunque lo haya olvidado justo después por no apuntarlo debidamente. Aunque demasiadas veces sienta que soy la ficha que sobra en un tablero demasiado grande. Aunque hoy haya descubierto, a la misma hora exacta y bajo el mismo cielo, que yo también empiezo a desdibujarme en las yemas de mis dedos.

Cul-de-sac

6 jun. 2010

“Que no me da la gana pasar media vida buscando esa frase que tal vez no exista…”

Bésame y hagamos como que no existe un mañana que nos manchará los dedos de tinta indeleble. Hagamos como que no oímos el ruido –dentro- de la metralla astillando en mil pedazos los órganos vitales. Juguemos a un juego con las cartas marcadas, a mirarnos de reojo, a acercarnos de soslayo, a atragantarnos de aliento ajeno. Juguemos a que no sabemos que avanzamos en un camino sin salida. Y debidamente señalizado.

Bésame y hagamos como que no existe un pasado que sigue dibujando los pasos de baile. Como si allí afuera no estallasen los relojes, las palabras y todas las canciones. Como si pudiésemos cambiar los cromos del amor y el cariño a nuestro antojo. Tatúame tus dedos en la cintura, bébete los labios y borra todos las huellas a base de saliva. Desnúdame de todo ayer y vamos a ignorar –como si no doliesen- los rastros pretéritos esparcidos por el suelo, junto a los pies descalzos. Quizás explorando los bordes de tus clavículas, el ángulo muerto de tu pecho, consiga no perderme del todo. Vamos a confundirnos en dentelladas y recorrernos la piel a pasos agigantados reescribiendo nuevas historias. Párrafos que se llevará el viento en cuanto despertemos de nuevo al mundo, más allá de esta campana ignífuga en la que nos guarecemos cuando alguno no quiere dormir a solas. Contornéame las ganas, las rodillas, las sonrisas y juguemos a hacer como que nos acariciamos el corazón, creyendo –a pies juntillas- en todos los cuentos esta noche.

Abrázame de nuevo y hagamos como que no existe un presente.

 
   

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