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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Apátrida

16 feb. 2010

A veces me miro y me sorprendo de los caminos recorridos, del polvo que se acumula en los zapatos, de la madurez que, también a veces, hago estallar en pedazos. Es extraño echar la vista atrás, con papel y pluma, para hacer cuentas de los pasos equivocados, que hoy, como los aciertos, te han llevado a ese reflejo en el espejo que ya no evitas, al que sonríes por las mañanas.

Es extraño ver lo que has aprendido, mirar y ver siempre un camino a estrenar, sin mapas, con rutinas nuevas, con errores antiguos. Sabiendo de antemano que nada es tan distinto de lo que ya has transitado cuando miras por la ventana y ves una calle más, de una ciudad más, tan parecida a todas. Y descubres que dominas lo indispensable, tus retinas saben diferenciar de lejos el amor del cariño, la sinceridad de la adulación, el no del quizás, sin que importe el acento o la entonación de las ganas. También eres capaz de alcanzar la velocidad del viento al huir y sabes demasiado bien que nada es imprescindible. Que nada permanece si en algún momento no lo has visto marcharse. Quizás por eso mi cuento favorito es El principito, con su zorro sabio y sus elefantes con sombrero. Sabiendo mirar más allá. Y es que siempre te pareció un absurdo delimitar, con surcos de colores, el terreno vedado y atestarlo de señales de emergencia. Nadie, que realmente quiera cruzar esa línea, dejará de hacerlo por muchos semáforos parpadeantes que atravieses en su camino. Y si no quiere traspasarla, tus avisos rojo brillante sólo demuestran tu desconfianza. Por eso cambié ciertas unidades de medida, la distancia para mí ya no se mide en kilómetros sino simplemente en ganas. Y las ganas, si las azuzas bien, siempre llegan más rápido.

Aunque en todo lo aprendido siempre encuentras fallas que escuecen a pesar de que ya no supuren, a pesar del frío que trasmiten. Y es que nunca aprendí a perder amigos (aunque ganase Amigos) y si bien logré diferenciarlos al dedillo, demasiadas veces no quieres creer que ya no están a este lado de la trinchera. También descubres que hay quien, por no pisar terreno resbaladizo y alejarse un par de metros (donde siempre se ve todo mejor), huye hacia adelante sin mirar hacia adentro, y a veces, quiere arrastrarte en su abandono. Y es que, aunque cultivas con cuidado eso de mirar de lejos y sentir de cerca, siempre hay algún momento en que te salpica la sangre a una distancia inadecuada.


Pero hay algo que el tiempo me ha enseñado a valorar por encima de fronteras, ciudades, amigos y hogares; la sensación extraña, indescriptible e impagable, de que, en cualquier lugar y bajo cualquier bandera, lo más importante que tengo lo llevo siempre bajo la piel.
 
   

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