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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

El fin del mundo

28 sept. 2008

El fin del mundo nunca me pillará bailando. Y lo sabes tan bien como yo, tú que jamás mueves los pies más allá de los alfeizares. Quizás el fin del mundo me encuentre corriendo por las calles de cualquier ciudad que no amenace con retenerme mientras echo de menos un lugar en el que quedarme. Puede que esté leyendo entre líneas para comprender la estúpida ecuación que rige los estados de ánimo. Más allá del tiempo meteorológico, de las sombras de tus palabras o del reloj de arena de mi mesilla de noche.

Estoy segura de que el fin del mundo nos sorprenderá a todos en las actitudes más inverosímiles, justo en ese instante absurdo e incomprensible que marca la nota discordante de toda una existencia. Se acabará todo y ya no podré reírme de los mil y un camino errados (y errantes) ni del recuerdo del tacto de tus dedos que a veces me atormenta, cuando me empeño en interpretar las caricias con un diccionario que alguien me robó de las manos. Y dicho así suena como si importase. Como si la sangre no fuese a detenerse en las venas, coagulándose despacio, en el instante justo en que leo, sin ambages, la estupidez del tiempo perdido en tu pupila de espejo, esa que jamás, antes de este fin del mundo, me dejó entreverte más de una sombra. Y el fin del mundo seguirá su curso y ni siquiera tendré ese segundo que me permita alegrarme de callar o enervarme por haberlo hecho. Sólo, simplemente, llegaré a saber qué atesoras bajo la almohada. Y quizás eso sí que importe aunque no dé tiempo a paladearlo ni un instante.

Al final, el final me pillará con cara de idiota. De eso estoy segura.

Caminante onírico

18 sept. 2008

Llevo días soñándote sin sentido, despertándome en el absurdo de saber que jamás he pretendido acercarme a tu piel a menos de un pensamiento. Y sin embargo estás ahí, inyectándote cuando menos te espero, desencajándome las noches y obligándome a pensarte en el centro neurálgico de tus besos.

Me despierto siempre reflejándome en tu pupila izquierda y me aferro a los ojos cerrados con esa cualidad que tengo de continuar los sueños si me esfuerzo. Ahí sigues, escalofriando todas mis terminaciones nerviosas que no responden cuando, despierta, recuerdo que nunca he querido enmarañarme bajo tus párpados, que nunca te he seguido los pasos hasta más allá de cualquier ladera. Aún así, apareces en noches impares y asoma el día dejándome tu sabor en el cielo de la boca, el rastro asaltante de tu piel ausente escalando una a una todas mis vértebras. Y me agotas los latidos en un ritmo trepidante que no soy capaz de mecanografiar correctamente, así que sigo sin entender el porqué de ese caminar onírico que siempre acaba en el dintel de tus clavículas.

Llevo días soñándote ovillado en mi garganta, caldeando los recuerdos más inocentes y soy incapaz de tirar del hilo que me explique porque sólo busco tu aliento en mi cuello, tu saliva, mi cuerpo vencido a tus manos, en la burbuja etérea que representa una díscola fantasía a kilómetros de una mirada tuya y jamás, en los días más soleados o en las madrugadas tendentes a la nevada, jamás, te he soñado despierta.

Ni siquiera con los ojos cerrados.


*La foto es de Endika G.G

 
   

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