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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Talud continental

26 ene. 2008

Tienes un pie apoyado en el tobogán y te quedas todavía mirando al frente, desafiando sólo con los ojos. Es de lo poco que permanece aún convencido de que, tras esa curva resbaladiza y maldita, se esconde un futuro próspero. El cuerpo se mantiene al margen, las manos ya no se aferran con la misma fuerza, se quiebran las uñas dejando en el asfalto sangre marchitada a destiempo, las piernas flaquean, tiemblan y las rodillas menguan cada vez que alzan la mirada (más allá de tus ojos). Te quedas allí, con la cabeza no tan alta como te gustaría, aspirando el viento viciado que te susurra al oído que no lo conseguirás. Te gustaría sonreír, decirle tibia pero impasible que ya lo veremos, te gustaría, claro, pero tus labios no son capaces de alumbrar una sonrisa y tu lengua abortó todas las palabras en una ceremonia tribal.

Sólo te quedan los ojos, desafiantes, inquietos, aferrándose al horizonte, confiados de que más allá esperan de nuevo aquellos días de verano. No los mismos, mejores aún. Con más luz, sin nubes ni viento de levante. Sólo el sol acunando la tarde y tú cerrando los ojos, tranquila al fin. No, hoy, ahora, a los ojos no les importa haberse quedado solos, allí, al borde del tobogán porque saben que ese es el camino aunque te desmayes al primer paso. Ellos seguirán allí, convencidos, procurando que siempre mires más allá, hacia delante, conscientes de que, contra el vértigo, lo mejor es no mirar hacia abajo.

Matemáticas y lengua

20 ene. 2008

A veces la felicidad es divisible entre dos. Es una de esas particularidades que tiene aunque sólo se produce en un tiempo concreto e inabarcable. Más allá de él dicen que es imposible volver, porque volver es un verbo intransitivo y mudable, que juega contigo al 1,2,3, pollito inglés y cada vez que lo miras rectifica y a veces sonríe y a veces cuelga las pupilas como escarpines en tu espalda y siempre juega mal, en vez de acercarse se aleja.

Dispuestos a jugar mal, nosotros decidimos hacerlo desde el principio, en vez de unir los relojes con pequeñas puntadas, rompimos las manecillas y nos declaramos reyes del tiempo y de todas las azoteas. Tú la llevas. Avivamos los instantes y en pleno verano terminamos por abrasarnos con las ascuas de la frialdad, esa congelación extrema que se produce en los músculos cuando borbotea la sangre y la mandamos callar como a los niños pequeños. Y como los niños pequeños yo guardé los escombros del desastre: aquél disco de Marea, una foto de Donosti, las llaves de Santa Helena, una carpeta que nunca perderá su olor y dos cartas diciendo adiós con letras opuestas pero paralelas.

Que en esa época éramos cuatro y vosotros erais más de la mitad del cuento. Hermanos inversos, de pasos dispares, de voces a veces contrarias y nacidos el mismo día que vuestra ciudad porque siempre fuisteis así de consecuentes. Nunca fuisteis iguales y con esa extraña diferencia os arraigasteis a mi piel, uno a derecha, otro a izquierda, permitiéndome cerrar el círculo entorno a mi propia defensa. Que fui fuerte con vuestras manos, con vuestros silencios repletos, con el abanico de resguardos que siempre me produjo el olor a Cantábrico que os brotaba de la piel en cada paso. Con vosotros esta tierra empezó a ser la mía y ahora sin vosotros no hay lugar al que volver. Aunque cierre los ojos y cuente hasta tres.

Siempre fuimos los mejores. En las terrazas y en el subsuelo, en las plazoletas, en las avenidas y hasta en las calles sin salida. Siempre fuimos los mejores. Salvo ahora. Ahora ya no somos capaces ni de conjurar al tiempo y cambiar los tiempos verbales de todos los recuerdos.

Zorionak. A los dos.

Signo lingüistico

13 ene. 2008

Ya no tengo tiempo para pedirte que vuelvas, aunque no te lo pidiese nunca. La mala suerte de esta espera a contrarreloj es que tú no la llegaste a percibir y, ahora, una vez agotada, revisas el quicio de la puerta, los umbrales y los rodapiés intentando requisar segundos y enarbolarlos sonriente. Aún queda tiempo, gritarías. Y sin embargo no es así, la habitación ha sido recelosamente vaciada y ni bajo las baldosas de nuestro silencio puede encontrarse un rastro del camino adecuado.

Tampoco tengo tiempo para repartir culpas, la mitad de aquellos besos imprecisos te corresponde a ti, a mí no obstante me pertenecen las tres cuartas partes de los mil y un silencios de cada noche pero no encontramos dueño para ese duelo palpable que se impuso entre nosotros diferenciando nuestros pasos cada vez más centímetros. Tú subías y yo bajaba o puede que fuese al contrario, que más da, el caso es que ya no nos reconocíamos cuando nos cruzábamos en el rellano. Así que no quedaba más que sacar las bolsas de basura repletas de escombros y dejarlas que duerman a la intemperie. Lejos, cuanto más lejos, mejor.

Se me agotó el tiempo de las palabras, a mi que siempre he tenido tiempo para ellas. Quizás es sólo que en esta conversación desunida nada tenían que ver el significante y el significado y tus significados y los míos no llegaron a ser los nuestros. Ahora tengo que reestructurar las palabras, barajar sus acepciones para conseguir así que cicatricen todas y cada una de las letras.

Ahora necesito tiempo.

Ginkgo biloba

7 ene. 2008

Ginkgo biloba es un árbol originario de China conocido también como el árbol de los cuarenta escudos ya que fue esta cantidad la que pagó por él un aficionado parisino a un horticultor inglés. Puede llegar a vivir un milenio. Se le conoce también como el portador de esperanza debido a que fue uno de los pocos árboles que no perecieron en las cercanías del epicentro tras la bomba atómica de Hiroshima.

Existen veces, más de las que creemos, en las que se puede encapsular la felicidad entre las costillas, ahí al calorcito del otoño, en un iglú perpetuo avivando el invierno y así poder recuperarla en los momentos de tensión inestable y lágrima fácil. Es mucho más sencillo de lo que tantas veces pensamos, cuando la cuesta arriba nos despeña en las vértebras y no tenemos ni un mísero cauce que nos conduzca adecuadamente la sed. En esos instantes es imprescindible tener en cuenta una serie de principios matemáticos y físicos fundamentales, como pueden ser el principio de incertidumbre o la función reversible (tremendamente útil los días de lluvia). También es indispensable reducir la mirada, aislarla de los grandes precipicios y centrarla en los escalones siguientes, en las imperceptibles formas que a veces dibujan días geométricamente perfectos.

Se debe recubrir la felicidad sin depurar con la manta blanca de las llamadas a medianoche, cuando el teléfono nunca comunica y, aunque se empañan siempre las cuerdas vocales, al final siempre germinan letras. Incluso podemos envolverla en ese paso adelante que, aunque minúsculo, te hace llorar de alegría por las promesas que trae inscritas en sus huellas. Hay enormes cantidades de papel adecuado, sólo hay que elegir el que más conjugue con la mirada que deseemos mantener. Estas puertas puede abrirlas uno mismo, sólo con un poco de esfuerzo, en mañanas de trabajo o en tardes de paseo, no importa la localización exacta ni la dirección de la veleta. Sólo tienes que comprimir los instantes a golpe de pestañeo (cuanto más rápidos, menos viento en los alrededores), luego se dejan caer junto al contorno de un ojal, para que gire despacio y se mezcle a fuego lento y así puedan colarse, sin perder ni un ápice, todos los momentos de cosquillas a flote. De esta manera se consigue un reguero de tinta imborrable, imposible de limpiar. Ni con lágrimas desalinizadas a conciencia. Ni con “Little boy” a lomos del “Enola gay”.

Esas gotas inverosímiles seguirán viviendo en el caudal ininterrumpido del estallido de las risas. Cuyo impacto siempre será mayor al de una bomba. Aunque se nos olvide tantas veces.

 
   

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