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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Leviatán

29 nov. 2007

Leviatán puede ser sólo un libro más, no aquél de Hobbes que me leí en segundo de carrera sino el más reciente de Paul Auster. Como decía, puede ser un libro más, de esos que guardo en la estantería de los libros ya leídos y relegados en cierta manera al polvo del olvido. O quizás no. Quizás se gane un hueco en esa balda de libros ya leídos donde me empeño en mantener ausente el polvo y la omisión de la memoria. De momento apunta maneras aunque sólo sea porque en sus líneas surge la tela de araña que va aprisionándome, inmovilizando mi pensamiento sin dejarle espacio ni hueco para escalar las barricadas estratégicamente situadas. Y es que este iba a ser un post para hablar del miedo, es fácil escribir sobre el miedo, es sencillo remontarse a algún escarpado minuto de tu vida o de otras vidas y escribir varias líneas sobre él, es fácilmente literario y en cierta manera prolífico. Todos hemos tenido, tenemos o tendremos miedo.

Y es curioso que aquél Leviatán de Hobbes se base precisamente en el miedo mientras que éste de Auster sirva en cierta manera para enmascararlo, para encapsularlo más allá de los párpados e impedir que se desborde. Que yo siempre he pensado que los miedos hay que llorarlos, aligerarlos y dejar las bodegas vacías, momentáneamente, de lágrimas, de temblores desacompasados, de dudas y de deudas. Después toca lavarse las paredes para poder levantar la cabeza y encarar férreamente las cosas mientras vuelven a llenarse, lentamente, todos los compartimentos. Yo soy de las que lloran en escaleras aparentemente vacías y sólo junto a personas que saben acompañarme en el llanto sin azuzarme con ánimos sin sentido, luego sólo quedará como residuo los ojos rojos y las mandíbulas apretadas, lo prometo.

Así que seguiré leyendo cuando lo necesite, consciente de mi propio miedo y acompañada por todas esas manos atentas que agradezco tanto aunque a veces no se me note. Es una lástima que aquél monstruo bíblico, aquella autoridad poderosa, no esté disponible ahora para hacer un trato. Cualquier trato.

Ballestrinque

23 nov. 2007

Pudo ser sólo una tarde más de domingo. Un café anclado en todos los océanos de cafés de domingo que surcan esta ciudad de cielo gris y manos calientes, un café que se hunde, no consigue inspirar más que silencios vacíos y así el alma siempre termina por pudrirse. Pudo ser pero no fue. Fue una pequeña dosis de luz que inocula la dulzura en el cielo de la boca, unas manos tendidas, la excepción en la teoría de que las líneas paralelas nunca se tocan. Y a mi me encantan las excepciones matemáticas aunque tú confíes en ellas. O quizás por eso. Así que desde aquél día fuimos escribiendo una canción única de ritmo suave, de cervezas a veces, de a veces cafés, y de siempre sonrisas, al borde de un pentagrama que colgamos de los bolsillos para que nunca pasara frío.

A partir de entonces nos leemos casi cada día y entre líneas vamos descubriendo los huecos, los recovecos, los balcones y los rincones que fuimos construyendo en esos años de líneas paralelas. También trenzamos los momentos sucedidos a partir de ese cruce de caminos, de tus días y mis días, que nunca se parecen pero que tienden a dibujar nuestra silueta más allá de lo que dejamos intuir a nuestro paso. Así que a fuerza de conocerte poco a poco, tus letras, tus acordes preferidos, mil amaneceres fotografiados desde tu ventana y todos los bares que merezcan mínimamente la pena, has conseguido anclarte tú y anclarme esta ciudad más allá de mis huellas dactilares.

Porque creciste sólido has conseguido ofrecer caminos seguros, palabras sabias, más allá de la tormenta, con un vaso caliente de la pócima secreta de la confianza, te has ido enraizando en mi torrente sanguíneo dotándolo de oxígeno, de calor los días de poniente y de brisa las tardes de levante, has ido escalando las vértebras, conduciendo cauteloso en las arterias, cediendo el paso a las estaciones para que ellas pasen primero y sin darte cuenta llegaste al ventrículo izquierdo para vacunarme contra los escollos. Eres experto en lazadas marineras, en ese nudo ballestrinque que van tejiendo tus dedos para disipar la tensión a diversas horas del día ya que siempre consigues estar tan cerca que a mi alrededor siempre huele a mar. Ese es uno de tus muchos poderes, a fuerza de palabras calladas, de gestos apenas nacidos y de luces y penumbras en tus pupilas consigues hacer que cualquiera pueda viajar a esa playa de su niñez y sentirse en casa.

Así que, felicidades y la próxima, aunque tenga que guerrearla, invito yo.

Las paradojas del perdón

18 nov. 2007

Después de algo más de dos años aquí, permítanme la licencia de convertir, por un día, este blog en algo más personal, más político si quieren y más cercano a la opinión que a la literatura (atreviéndome con osadía a llamar literatura a los textos que escribo).

Dirán algunos que la foto es provocadora y muy posiblemente tendrán razón. No es mía aunque pude verlo personalmente, por aquella época no tenía cámara, ni digital ni analógica, así que recurrí a la prensa digital (“La Gaceta” si no recuerdo mal) para obtenerla y la guardé en mi ordenador donde ahí sigue. Pertenece al medallón de Franco de la Plaza Mayor de Salamanca y, como veréis, está pintado con los colores de la bandera republicana.

¿Y por qué todo esto? Pues las razones son muchas y variadas, valga como principal el hecho de que soy republicana y no consigo comprender que cojones pinta el medallón de Franco, no en la Plaza Mayor de Salamanca, sino en la Plaza Mayor en la zona que “pertenece” a los reyes de España. A menos que alguien con cierta potestad hubiese coronado a Franco y nadie se hubiese enterado, claro está, en ese caso publicaré una rectificación inmediata sobre este punto. Esa es la razón de la foto, el día elegido es una cuestión más complicada aunque parezca obvia. Hoy porque pronto hará 32 años de la muerte de Franco, hoy porque en estas fechas apareció esa pintada de la foto y hoy porque estoy harta (por no decir otra cosa) y me apetece tocar los cojones.

Franco no fue ni será el único dictador del mundo ni fue ni será el más asesino de todos. Lo siento por sus aduladores pero hay muchos más y de peor calaña, pero es el nuestro. Es obvio que hizo cosas bien, nadie es tan completamente inútil para hacer todo mal, ni siquiera proponiéndoselo y seguramente él creía que lo hacía por el bien de España. Hay quien aún lo cree. Como dice alguien muy sabio: Allá ellos. Hubo algo que Franco hizo sorprendentemente bien y fue matar (u ordenar matar, él era muy limpio para eso) a quien no opinaba como él. No hablo de la Guerra Civil, en ella, cayendo en generalidades, mataron todos aunque unos defendieran un Gobierno legítima y democráticamente establecido y otros un golpe de Estado, no, hablo de los casi 40 años de dictadura posterior, donde hubo multitud de víctimas provocadas por el franquismo. Asesinadas por pensar diferente. Hoy en día existen partidos que defienden los mismos intereses, las mismas opiniones que en su día representaba Franco, con vertientes actuales, claro está, como la oposición a la inmigración sea ésta reglada o irregular y con algunos seguidores cuyo hobbie los fines de semana, mientras algunos vamos al cine o a tomar unas cañas, es denigrar, humillar y a veces, apalear a inmigrantes u homosexuales, todo tremendamente democrático vamos. Luego los dirigentes del partido en cuestión se desmarcan de las actuaciones sin condenarlas. Y sufro un deja-vú… un partido que defiende actitudes anticonstitucionales, que no condena la violencia ejercida por simpatizantes, ¿ese partido no estaba ilegalizado? Mi mente vuelve al presente y me dice que no, que hay leyes que parecen no ser para todos.

En estos días se habla y mucho de memoria histórica, de olvido y perdón. Lo que muchos, casi todos, se olvidan de decir es que para que, en cualquier lugar y situación, se produzca el olvido y la reconciliación es necesario que se produzca algo fundamental: que antes se pida perdón.

Desde hace unos cuantos textos vengo respondiendo a los comentarios, en éste no lo haré por diversas razones que imagino muchos podréis intuir. Esa nueva costumbre será retomada en el siguiente texto. Gracias de antemano.

Piezas oxidadas

11 nov. 2007

Son muchas las veces que pienso que este mundo no funciona. No se trata de que no funcione bien, eso sería algo más escueto, más transitable, sino simplemente no funciona. Como un viejo coche parado en el garaje, que tuvo buenos y malos tiempos, que fue capaz de tanto y se quedó en tan poco. Ahora no solo no es capaz de andar, sino que al moverlo, al sentarnos a imaginar carreteras sin fin ante el volante, las piezas oxidadas chirrían dejando bien patente la certeza de que sólo existe un rumbo. Y no es necesariamente aquél que siempre soñamos.

A nuestro coche particular lo hemos recargado tanto con circunloquios que nos hemos olvidado de cosas fundamentales. Lo he olvidado yo, lo habéis olvidado vosotros. Y una vez puestos a ello, lo hemos adornado con un lazo y nos lo hemos regalado como si estuviésemos en Navidad y fuera nuestro presente más ansiado. Después, claro está, hemos construido empalizadas, muros de contención y alambradas de todo tipo para proteger nuestro cotizado objeto. Para protegerlo de ellos, para protegerlo de nosotros. Para dejar clara esa sutil pero imponente diferencia en los pronombres personales.

Y no nos damos cuenta de que nos estamos definiendo por contraposición y así es completamente imposible no sellar todos los horizontes. De que vivimos para consum(i/a)r “nuestros” recursos provocando con ello que la alambrada crezca y se ensanche. Un día nos despertará alguien con una exclusiva feroz y correremos todos a los quioscos: Las piezas oxidadas no dan más de si. Ni las suyas ni las nuestras.

Benetan maite zaitut

7 nov. 2007

Por todos los tés con menta

Normalmente las cosas más importantes son las que más tardamos en decir, las que menos veces pronunciamos, con las que tartamudeamos en vez de alzar la cabeza y decirlo claramente, paladeando las letras y permitiendo que vayan dejando un sabor propio en los labios. Da igual que lo hayas dicho antes, que lo hayas escrito, fotografiado o cantado, cada vez sabe diferente. A veces es el sabor cálido de una tarde de verano, enrojeciéndote los labios (y los pómulos) e inscribiéndote en los latidos un ritmo frenético, volátil pero permanente. Otras veces, sin embargo, sabe más a chocolate con almendras y regalices rojos, a manta caliente, a manos calientes y nariz fría. A “The end” con abrazo prendido de todas las horas de tantas madrugadas. A mí ahora me sabe a té de menta con mucho azúcar.


También está eso de las canciones. Canciones que, de repente, se enganchan a un recuerdo y van hilando lentamente una red a su alrededor, en la que quedará atrapado y con la que lo evocaremos cada vez que comiencen los acordes de esa melodía. Las razones son muchas veces aleatorias, caprichosas, pero no por ello menos férreas. En ocasiones, una canción te va dragando lentamente la boca del estómago dejándote sólo el sabor de un recuerdo envejecido pero también hay cadencias que te hacen cosquillas en el cielo de la boca y aletean deprisa junto a los pómulos, rápido, marcando el ritmo, hasta que la sonrisa desemboca en todos los puertos.

Y hay veces, sólo unas pocas, en las que una sola frase, de una sola canción, atraviesa los relojes y se muestra antes de tiempo en ciudades paralelas, se te queda abotonada en la piel con sabor a principio de verano para que tú, años después, en pleno otoño, puedas desabrochártela en los labios para decir algo importante.

Iconografía

4 nov. 2007

A veces, es un cruce de miradas en uno de los círculos divergentes de la red de transporte público que transfiere las casualidades, estación 1, línea 4. Otras son combinaciones aleatorias en la teoría de los seis grados de separación que nos conducen al mismo rincón de aquél bar, en ciudades distintas pero paralelas. Las redes en ocasiones se vuelven peligrosas cuando te hacen hilar más de la cuenta. Yo, que tengo por costumbre intentar vivir sin sombras, frecuentemente no me basto con una sola linterna. Cuando quieres aprender en cada esquina aunque no tengas lugares donde descruzarte, cuando alguien levanta el polvo, abre las ventanas y ve que más allá se retratan al óleo campos minados, no basta sólo con la luz de una mirada. Es el problema con el que te encuentras cuando tiendes a mirarte sólo de reojo y luego vuelves a un metro vacío son un sabor espeso taladrándote los pulsos, con la inercia como compañera de asiento, Atocha, Menéndez Pelayo, Pacífico, más allá duermen monstruos. Con el cambio de vía terminan por despertar, quedan varias paradas así que les invitas a las sobras de tu tiempo con la esperanza de que te dejen solucionar los errores dinamitando los relojes de todas las estaciones.

Te dedicas, como siempre, a imaginar otras vidas en cada pasajero mientras obvias las figuras oscuras que siguen royendo minutos perdidos, absurdos, hasta que llega un instante en el que tocan hueso y descubres los mismos ojos unos asientos a la izquierda. Te preguntas que vida imaginará para ti ese extraño al contarte los rizos. Los cafés no amortiguan esa sensación de vacío en el estómago, sólo mantienen caliente el camino de regreso a casa. Y allí, en la última parada, descubres todas las últimas paradas que has pisado y se te sube la fiebre a las lágrimas que no te permites derramar cuando descubres que ya no te queda ni un retazo.

No importa como lo hagas, siempre acabas mirándote en un espejo roto en mil pedazos y nunca sabes, entre todas las imágenes de ti, cual es realmente la auténtica.

La foto es de Shin
 
   

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