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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Atisbos bilingües

30 oct. 2007

Dice el maestro que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver, que las comparaciones son odiosas y es complicado pasear por una ciudad en la que acechan retazos de un puzzle incompleto, buscando pillarte por sorpresa a la hora de dar el tiro de gracia. El problema es que existen veces que obligan a un regreso veloz, con la misma rapidez con la que una gota de agua se dispersa por los cristales de un coche, a toda velocidad, pero un regreso al fin y al cabo. Siempre imperan convencionalismos que provocan que retomes el camino de vuelta, aunque sea por la firma de un rey, tú que eres republicana y aunque guardes cerca de las huellas dactilares (por si acaso) el billete que te sacará de aquella máquina del tiempo convulso. Con todo y a pesar de todo, te llueve la impaciencia, despacio, resbalando columna abajo.

Y allí sigue la ciudad amarilla, la misma estación en la que te despediste tantas veces y los besos te vigilan sin freno desde las paredes. Caes en la trampa, claro, y con el rumbo polvoriento del ayer removiéndose en tu nuca, retrocedes sobre tus pasos retomando los hábitos, las esquinas y todos los semáforos en rojo. Así que vuelvo a mis clases enfrente de la fotocopiadora y estudio en los tablones los nuevos profesores de asignaturas que nunca cursé, vuelvo a la cafetería de Derecho, al retiro, al reloj de la Plaza, al césped de Anaya. Regreso a la esquina de Bordadores, en aquella noche larga en la que mezclé tanto que desperté asociando sábanas y amigos, regreso a la sonrisa del día siguiente y al todo seguirá siendo igual (y así fue). Subo de nuevo hasta Libreros, con los apuntes a cuestas, entrar y salir a por un café que la noche es larga y aún quedan muchas horas por delante, un cortado con dos de azúcar por favor. Retomo la escalera que una madrugada de verano, tras tantas circunvalaciones, acabó por llevarme a buen puerto mucho después. Me siento en el Mandala y con el sabor del batido de siempre, rememoro aquél día en que empecé a hacer las cosas bien, aunque no salieran bien hasta mucho después. Me quedo sin llaves en mi antiguo portal, lo que habrán visto estas escaleras en noches de nieves tempranas, las maletas de ida y vuelta, las confidencias, los besos, el día que cerré esa puerta para no volver a abrirla.


Pero también acecha desde los adoquines el único adiós dicho y el nunca más aplicándose indeleble en los pulsos. Acechan los gritos y las noches de cristales rotos, ese sabor metálico, inconfundible, en la boca y un papel roto en mil pedazos que decidí no recomponer. Y mantener así la cordura. Así que, sin querer, vuelvo al bar en el que tomamos la primera copa y a aquél en el que estalló la última, a aquella esquina, junto a la estatua de Unamuno, en el que un amigo intentaba que no cerrase los ojos tan fuerte (mil gracias de nuevo) y el puzzle acaba mojado y deshecho desaguando lágrimas absurdas en las alcantarillas.


Cuando el nudo me atenaza el lagrimal, el reloj de los encuentros me dice que es hora de volver, de volver a marchar, de saltar a la realidad de nuevo olvidando, por prescripción facultativa, los universos paralelos cubiertos de quizás que recorren en silencio las sombras de cada piedra.


Que ya lo dijo el maestro, al lugar donde has sido (in)feliz no debieras tratar de volver.


Golpe de viento

24 oct. 2007

El sol había decidido apagar la luz y dejar sólo el par de velas que bailaban en sus pupilas. Fue entonces cuando ella se levantó, despacio, sin dejar de mirarle, como cantándole en braille los latidos apresurados, se levantó y cerró la puerta con las manos en la espalda, tanteando la oportunidad de sacar una buena tirada. El silencio era tan absoluto que podía notarse la vibración constante de los pulsos, la respiración entrecortada, el roce de tela en la piel cuando ella empezó a desnudarse, allí lejos, despacio, con los ojos excavando minas de plata en las pupilas de él.

Cuando la última prenda alfombró el suelo, ella inclinó levemente la cabeza, estudiándole los gestos. Por un momento, él tomó aire y lo retuvo en los pulmones, dosificándolo, saboreándolo, consciente de que pronto sólo podría respirar a través de otra boca, fue entonces cuando ella se mordió el labio cambiando la luz de su rostro. Ahora se dibujaban hogueras en sus pupilas, cerezas maduras prendiendo de su pecho, dunas de arena cálida en la explanada de su ombligo y la cara interna de los muslos se desvaneció en una rambla de lava que serpeaba hasta las rodillas. Él se aprendía cada contorno para poder dibujarla en el vaho de cualquier espejo, repasó con la mirada las líneas de su cuerpo superponiéndolas al caudal inquieto que se despeñaba en sus venas. Y dio un paso. Sólo uno. Fijó los ojos en su boca, intentando robarle las palabras y luego la miró. Cuando el silencio le estalló en los oídos dio otro paso.

Fue entonces cuando ella volvió a cambiar el gesto y las sombras en su cuerpo adquirieron una tonalidad más cálida. Le incrustó la mirada en la dilatación de sus pupilas sólo unos segundos, lo justo para notar la reverberación del sístole y el diástole, el eco del nudo en la garganta y se le escapó la sonrisa retenida.

Dio el paso en el justo instante en que la ráfaga de levante apagó la vela.

La foto es de Shin.

Balance

21 oct. 2007

Iraultza me ha recordado la tendencia que muchas veces tenemos de hacer repaso de nuestros actos, de nuestros sueños, a fin de cuentas de lo que nos vamos encontrando a lo largo del tiempo y como reaccionamos ante esos desatinos de la fortuna. Yo quiero demostrarle que, aunque a veces parezcan más livianas, las sonrisas valen doble en este juego con una sola vida, si no lo consigo, prometo acompañar la tarta con café y doble de azúcar. Hoy, a modo de balance, escribo en el debe y el haber las decisiones que más virutas han provocado en el timón de esta caótica embarcación, orientándolo hacia muy diferentes rompientes.

Debe: (las malas decisiones que han acabado en arrecifes deshabitados):

  • Perder el tiempo
  • Olvidar quien soy para recordar quien creen que soy
  • Enturbiar mi propia mirada ante mi reflejo
  • Rendir pleitesía a manos erradas en propósitos
  • Perderme en caminos interiores demasiado pedregosos, de esos que sólo conducen a compañías de camas frías y domingos vacíos.

Haber: (las buenas decisiones que me han llevado a fondeaderos amigos)

  • Cambiar todas las malas decisiones
  • Olvidarme de patrias y diseminar hogares en todas las manos amigas
  • Conocerte (y volverte a conocer)
  • Pisar la ciudad amarilla decidida a cincelarme su luz en la cara interna de la carótida
  • Conocerme. Y aceptarme
  • Tener una maleta siempre lista, preparada para conocer cualquier ciudad que esté dispuesta a acogerme
  • Aprender a nadar contracorriente (aunque a veces duela y traguemos agua que escueza aun más en las heridas)
  • Adoptar al gato más guapo del mundo
  • Poner a mis amigos en lo más alto de mi lista de prioridades
  • Coleccionar en cada uno de mi rizos los buenos momentos que sedimentan los islotes de mi carácter
  • Confiar demasiado, aunque a veces doliese y en un giro me acribillase la espalda.
  • Estar dispuesta a aprender de los errores
  • Estar dispuesta a desaprender ciertos caminos.
  • No darme por vencida

Las maletas, como las ganas.

18 oct. 2007

Es estúpido hablar de mi vida, cosificando el término, magnificándolo, cuando sólo tengo 25 años. Puede que por eso me fuese tan difícil escribir en las tapas de este cuaderno un título como “Una vida en dos maletas” porque no es una vida, es media, es un trozo mordisqueado que apartamos para cuando se tengan ganas de más. Ahora estoy saciada y puede que por eso haya optado por deshacer las maletas. Quiero creer que permaneceré aquí, que ha llegado el momento de cimentar las raíces, regar bien el suelo y esperar que aparezcan los nuevos brotes. Es posible, pero el hambre siempre nos encuentra haciendo otra cosa, caminando en sentido contrario sin posibilidad de elevar las alas de una forma inmediata. No, el hambre siempre nos localiza con las manos recién lavadas y el frigorífico patas por alto. Las ganas, como las maletas, se disfrutan más cuando cambian de estado sin previo aviso.

Sin embargo, esta estancia se ha llenado con un contrato como antecedente y eso le quita parte de la magia, aunque huele a nuevo, como los libros el 14 de septiembre, recién forrados con papel transparente, antes de ser testigos mutilados de amores no correspondidos, de besos de invierno en las puertas de la clase de inglés o de fórmulas inexactas para sacar sobresaliente. La pared vacía de esta nueva habitación recién construida no cuenta aún con recovecos, con escondites de malos momentos que salen a la luz cuando ya podemos aprender de ellos, con cazasueños de colores, todavía no existen fotografías de momentos, no vividos más allá, en las fronteras, sino inscritos en el diario de estas paredes.

Eso es lo que más hecho en falta, de tantas veces que me había imaginado como sería tener un lugar, un sitio donde tus zapatillas siempre te esperan calientes.

Declaración de guerra (o de principios)

7 oct. 2007

Ahora que tres de mis ángeles de la guarda navegan más lejos de lo que quisiera (aunque la distancia no importe y sólo estemos a una llamada) he decidido hacer limpieza en los armarios y pedirle a las polillas, por favor, que se muden más allá de mis chaquetas de invierno, he pedido una pizarra, de esas que te dejan los dedos blancos y ásperos, para apuntar los puntos fuertes y las debilidades de cara a la nueva temporada. Porque he aprendido a querer mis manos, sin artificios, ahora que llevo meses sin morderme las uñas y sin llorar más que algún rato que se me atragante el domingo. Porque siempre lloro en domingo. Los lunes me miro al espejo y decido concederme otra oportunidad.

Tengo veinticinco años y aún creo que puede cambiarse el mundo. No creo en fronteras, banderas ni patrias. No creo en dioses pero sí en la redención que me ofrece tu boca. Y otorgo todo el poder a la palabra. Leo porque me gusta y a veces por necesidad, cuando los gritos de fuera profundizan más de la cuenta. Partí de casa con diecinueve años pero hoy se me saltan las lágrimas cada vez que piso su umbral, quizás es que me ha costado tiempo reconocer que adoro a mis padres a ratos discontinuos y que tengo la mejor hermana del mundo. Por eso también tengo retazos de casa y familia en casi todos los lugares, son todas esas personas que siempre han tenido una palabra para acallar las lágrimas y un silencio para escuchar las risas a pares. Sólo he perdido a un amigo y aún sigue siendo uno de mis ángeles de la guarda porque ese lugar le pertenecerá siempre. Me gustan las tradiciones estúpidas como decirle al buzón, en voz baja, a donde envío una carta para que no se pierda y colecciono miles de manías que carecen de todo sentido.

A ratos me echo de menos y hago listas de futuro que jamás soy capaz de cumplir. Soy tan alta que de vez en cuando pierdo de vista mis pies aunque siempre me cuesta unos segundos retomar el vuelo. Será porque tengo miedo a las alturas. También me da miedo la oscuridad pero siempre que puedo tomo cerveza negra y el café bien fuerte, aunque con dos sobres de azúcar que tú nunca te olvidas de pedir.


Con esto disparo al mundo cada día aunque existen momentos en que me salpica en los ojos la metralla y soy incapaz de ver más allá de campos minados. Por eso escribo esto, para no olvidar quien soy ni aunque me sangre el futuro tras la próxima esquina.

Acompaña: "Carta a Rigoberta Menchú" de Celtas Cortos
La foto es de Shin

 
   

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