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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Cuestión de bandos

30 sept. 2007

La cabeza estalla en el momento exacto. Ni siquiera te preocupa que haya taponado las salidas porque eres consciente de que no piensas moverte de este lugar, a veces aparece todo un universo poético y te dices que quieres pelear tu derrota, que ya basta de huidas anticipadas porque vayas donde vayas todo terminará siendo igual. Otras veces, con más cervezas de la cuenta, la realidad se acomoda riéndose de medio lado, consciente de su poder. Eres una niñata inteligente, te escupe, pero muy poco lista. La vida es prosaica para todos, te digan lo que te digan, aunque haya quienes se disfracen con mayor soltura.

Y tú sigues sin moverte, no tienes una razón, sólo la certeza de que en un futuro próximo no cambiarás siquiera de posición. Eso te asquea y te conmueve al mismo tiempo, ni tú misma darías un céntimo por este drama contado con mala letra. Y pelearás claro, eso lo aprendiste desde pequeña, pero es muy difícil acertar cuando no tienes ni la menor idea de en que bando estás.


"Nadie nos avisó que amar es doler, que crecer es aprender que para regresar y para casi todo es tarde y aquello que no fue nuestro más leal amante..."

Ismael Serrano: "Canción para un viejo amigo"

Nota al pie: Ángulos efímeros reaparece tras el parón veraniego, a ver si logramos engancharlo para que no vuele demasiado lejos de nuevo

La bufanda a rayas

24 sept. 2007

Tenía la lista de precios a los pies de la cama, algo mordisqueado por los bordes. El gato la había atrapado debajo de la cama cuando trataba de esconderse tras los zapatos verdes, no había heridas graves, sólo rasguños sin intención en los márgenes y las últimas letras de título. Cuando la recuperó, pudo comprobar que aún podía leerse sin esfuerzo y la dejó a la vista pero lo suficientemente lejos de ella como para no poder rozarla aunque se estirase a más no poder.

Hoy había vuelto a verlo en la parada del metro, con su abrigo verde y la bufanda de rayas. Ella le había hecho esa bufanda aunque él no llegase si quiera a intuirlo, le costó tejerla más de un mes porque el gato creyó confundir a su dueña con Penélope y cada noche, daba igual donde ella escondiese la bufanda, él se dedicaba a destejerla con suma delicadeza. Luego se pasaba el día durmiendo, cansado tras el trajín nocturno y ella se empeñaba en despertarlo en cuanto le veía cerrar los ojos, como castigo ejemplar. Al final, ambos acababan dormitando bajo una manta azulada cerca de la estufa hasta que el vecino de al lado comenzaba su clase de samba. A partir de ese momento era imposible seguir durmiendo.

Esa tarde sin embargo no consiguió dormir ni un instante, aunque el vecino, como si intuyese sus preocupaciones, había empezado su clase algo más tarde. Por la mañana en el metro quiso gritarle que sentía frío aunque tenía de sobra con su manta azulada, su estufa y su gato. Sabía que él lo entendería por mucho que dijesen los médicos, reconocería sus manos y recordaría. Daba igual lo que dijesen los médicos.


Falta de comandancia

18 sept. 2007

Hasta hace un rato estaba coja, coja de verdad, con las ganas tambaleándose dependiendo de por donde venga el oleaje, con los puntos de apoyo apretando los dientes, a veces a babor, a veces a estribor, intentando capear el temporal que, en parte, yo misma cultivé sobre mis pestañas. Llorar no es de débiles pero no dejar de hacerlo si lo es y a fuerza de lamento he condensado todas las tormentas (reales o ficticias) tan cerca de mi cama que ahora sufro de reúma en las habitaciones más recónditas.


Ahora toca remangarse para que la humedad no se adhiera a los huesos más de la cuenta y evaluar los daños sufridos por la falta de comandancia. Es tiempo de levantar la mano en busca de oportunidades nuevas y de sacar al sol los escombros a ver si germinan girasoles. De echar a volar aunque aún sienta la pierna agarrotada, con el paso del tiempo recobrará movilidad y alcanzaré el azul que, estoy segura, este cielo también tiene. Y una vez allí, andar con la cabeza alta, convencida al fin, de que ese es mi sitio, sin que me hayan sembrado bosques de algodones en el camino, aunque siempre habrá quien así lo crea.


Es hora de mirarme al espejo y reconocerme, de no tener miedo. Ha hecho falta un sol escondido entre las líneas, unas letras augurando buenos tiempos y un puñado de palabras sabias que han actuado de despertador insistente. Los errores, los silencios o las decepciones he decidido dejarlas en la orilla a ver si la sal les cura las heridas.


Que con las ideas más claras, la sonrisa más limpia y las manos dispuestas es mucho más fácil encarar el mundo.

11 de septiembre

11 sept. 2007

Hace hoy seis años se estrellaban muchas convicciones en las torres de Manhattan. Y una gran cantidad de gente recordará esa fecha por el terror adherido al metal, el humo, el corazón encogido en la garganta borboteando palabras obtusas, de esas que ya nacen decayendo. Hace hoy seis años comenzaba una época de sombras (aún mayores) y un cambio siniestro e hipócrita de la política mundial.


Y sin embargo, mi mayor recuerdo del 11 de septiembre de 2001 fue un autobús atestado camino de la más bonita de las ciudades, con el futuro mordiéndome los tobillos de puras ganas de correr y un miedo sordo y traslúcido, que todo cubría sin llegar a impregnar, aplicándose en mis pulsos. El 11 de septiembre de 2001 pisé por primera vez la ciudad amarilla para no poder marcharme nunca. Ese día recorrí por primera vez la playa mayor, la calle Prior, el campus de Unamuno, la plaza de Anaya y los recovecos de la Catedral, un leve vistazo a vista de novata que me valió soñar con sus rincones hasta que volví de nuevo, esta vez con mil y una maleta. Y fue curioso, porque después de cuatro años allí, no hubo equipaje capaz de abarcar los días entre sus calles ni de contener las lágrimas de un adiós que siempre será un hasta luego.


El 11 de septiembre de 2001 fue, en mis manos, el comienzo de una línea que siempre luce sonriente. Como sus tardes de primavera, en la plaza mayor, cazando rayos de sol armadas con un helado de menta y chocolate o sus noches de cualquier día que siempre se alargaban para ver el sol despuntando tras la Catedral. Allí conocí las mejores sonrisas y los peores llantos aunque siempre encontré consuelo paseando por la calle Compañía. Allí, como ya he dicho antes, he llegado a ser quien soy, todos los retazos de colores que guardo alejados de las telarañas fueron tejidos en esa ciudad agradecida, al calor de los cuerpos de quienes me acompañaron (y a su vez hicieron posible) ese viaje. Y hoy, 11 de septiembre de 2007, seis años después, echo tanto de menos sus piedras de oro que me lloran las yemas de los dedos al escribir estas palabras. De alegría y añoranza. De ganas de volver a volver.


Sigue estremeciéndome comprobar que un día tan doloroso para tanta gente, tan amargo, contenga un ápice de dulzura siendo también el día en que dio comienzo el resto de mi vida.

Gama cromática

5 sept. 2007

A veces pienso que la vida va perdiendo colorido. Como esa camiseta que tanto te gusta y que un día descubres que se ha vuelto gris a fuerza de usarla. Supongo que, en una paradoja un tanto cruel, eso es bueno, los colores se desgastan a fuerza de lucirlos, los días de sol que se alimentan de saltos festivos como las palomitas antes de una película y los días de lluvia, manta y abrazos. Al final resulta que, de tanto vivir, se nos va agotando la paleta de colores primarios y tenemos que ir recurriendo a la mezcla con los restos que nos quedan. Ya disponemos poco del rojo intenso de los atardeceres de verano, de los labios que, de repente, dejan de ser distantes o de la sangre a borbotones manando de una herida que, en apariencia, no cicatrizará nunca. Empieza a terminarse el amarillo de las buenas noticias o el azul del cielo que en esta ciudad nunca es azul.


Así que, para no quedarnos anclados en el blanco y negro, decidimos utilizar los pedazos que aún nos quedan temerosos de que se extingan, buscamos ampliar la gama cromática, tener más tiempo. Es de esta forma como obtenemos el verde esperanza, fundamental para los días de septiembre o el granate, imprescindible en las noches de sábado. Violetas de crepúsculo o naranja de notas discordantes, vamos componiendo un cuadro de matices menos lúcidos con los escombros que almacenamos entre las costillas mientras, lentamente, la intensidad lumínica va disminuyendo y se va acercando más a la oscuridad. Como un susurro que pierde fuelle con la distancia que no se recorre para acunarlo, nos acercamos al gris. Entonces, nuestras tonalidades cada vez nos ofrecen menos contraste y los minutos se convierten en un lago de aguas calmadas con colores inexactos.

A veces pienso que, aún siendo una nadadora experta, terminaré por ahogarme en esas aguas.

Perdiendo el equilibrio

2 sept. 2007

Los días de noche anticipada siempre acabo perdiendo el equilibrio en la misma barra, buscando, en las vetas pares de la madera, la manera de escapar de este amasijo de redes. Algunas veces una canción me hace llorar lo suficiente y me marcho a casa antes de que den las doce y vuelva a convertirme en princesa. Siempre quise ser la mala del cuento por eso me ato los zapatos a conciencia.

Tú bebes algo tan transparente como las palabras que aún no has llegado a pronunciar, no te has dado cuenta de que yo me aliño con bebidas dulces y oscuras, las que siempre resultan más eficaces según el capitulo 5 del manual del olvido por omisión. Tienes los ojos más tristes de la ciudad arremetes con descuido evitando el cerco de seguridad y por un instante cometo el error de mirarte sin ambages y desnudarme a contraluz, ves la silueta y sólo con eso deberías darte cuenta de que he derramado ya todas las oportunidades. Una detrás de otra y sin llevar la cuenta. Guardo demasiados monstruos bajo la almohada y por principios nunca dejo que me inviten a una copa. Tú conduces ambulancias y yo me declaro en derrumbe por vocación, sólo beso a quien nunca me hará llorar y por eso siempre ando tan sola en esta ciudad de pies mojados. El problema es que tienes la mirada del color del mar de mi infancia así que se me muere en los labios la ojeada de rechazo, siempre seré una cobarde en retrospectiva. Nunca he sabido lidiar con los ojos de recuerdos por eso no sé mirar de seguido y cuelgo las pupilas de cualquier punto cercano, desde donde no me alcancen. Cuestión de supervivencia, de pequeña aprendí a dejar de serlo por culpa de ojos como los tuyos. Así que sólo queda huir con la sonrisa de zurcido para las mismas heridas. Lo siento pero hoy no necesito un médico de urgencia y al decirlo, estoy segura de que miento.


*Gracias a Jesus por la frase ;)

 
   

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