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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Tiempo

22 nov. 2006

Te odio. Eres lo más cercano al odio que se me ha amordazado en las arterias desde que rompí mi burbuja de cristal, desde que me fui cortando lo preciso para desangrarme en casa y así poder lamerme las heridas, también, a destiempo. Porque me atas desde la derecha (sin ser zurda) y ni los 300 segundos que te robo a cada instante consiguen que se deforme tu dominio en mi (garganta) presente.
Me diste lo que más quería cuando ya lo había olvidado, para terminar, a contratiempo, con los besos en picahielos de rencores, derritiéndose mientras se hacen pedazos. Me agriaste el zumo de todas las medias naranjas, cortándome (las venas) a tu antojo en más de dos mitades. Me despertaste para velar el sueño de otros, para extinguirme, de nuevo, con la impotencia del foso escarbado en una arena en constante marea alta. Porque, con paciencia (tu arma y mi debilidad) te me inscribes a cal viva en la nuca, con el propósito de que no te olvide (doliéndome) si miro atrás, conservando en blanco perpetuo un pasado de diapositivas borrosas.

Odio tus latigazos de anteayer, la sangre coagulada, esa sensación de vacío al contemplarte, cuando siento que no me has dejado ni uno sólo de mis 5 minutos de retraso, para una tregua, para coger aire, para no sentir que en mi canción la voz jamás ha sabido acompañar a los acordes. Odio, en definitiva, las miradas atrás a las que, siempre, me terminas sometiendo. Y supongo que, muy por encima de ti, me odio a mi misma por no poder estrellar contra el olvido todos los relojes.

Y desde aquí, burlando al tiempo y con algo menos de dos horas de adelanto, mis felicitaciones a Jesús. No por ese tiempo que nos clasifica, o bueno, no sólo por eso, sino también por las cervezas, las luces de cruce, por el cuaderno que duerme en mi estantería, por los ánimos enrevesados de palabras. Porque se retrasará tu regalo ;) Ahora si, feliz cumpleaños.

El mapa del tesoro

19 nov. 2006

Se encontraban cada día en la misma X del mapa del tesoro. Con pasos imprecisos y miradas de reojo, como si las pupilas actuasen de suero de la verdad al contacto con mejillas ajenas. En la tercera baldosa los lunes y martes, en la quinta, miércoles, jueves y viernes, cuando empezaba a acusar sin pruebas el sueño, cuando, a pesar de las sábanas vacantes, se les enredaba el amanecer entre los dedos. Algún día se les escapaba la sonrisa alrededor de la séptima baldosa, siempre demasiado tarde, se decían, aunque yo estoy segura de que se equivocaban.

Cada mañana jugaban a conocerse solo con los ojos. Dándose pistas y jugando a intuir las del otro. Esa debe ser su camiseta preferida, piensa ella, sin saber, que él se la pone a menudo porque pudo intuir por sus guantes que el naranja era su color favorito. Sin saber él, que ella eligió esos guantes por ser del mismo color que la camiseta. Así que juegan a detectives, a novelistas o a pintores, eligiendo entre las opciones posibles, entre las huellas descifradas, una vida para el otro.

Y puede que no lleguen a conocerse nunca, más allá de ese mapa de baldosas, puede que se equivoquen, que sus besos se tornasen ásperos dos pasos más allá de su territorio particular. Pero todas y cada una de las mañana en esta ciudad de no-verano amanece soleado para ellos.

Árboles caducos

9 nov. 2006

No sabías escucharme mientras dormía cerrando los puños para no llorar, ni fuiste nunca capaz de encontrarme las cosquillas (he de reconocer que tampoco las buscaste con mucho ahínco), y puede que por eso me engañase pensando que latías más allá de los charcos. En el terreno impreciso de la arena que no conduce a ninguna parte. Pero ahora que ya no juego al escondite, sigo encontrando tu reflejo mucho antes de que termine la cuenta atrás (siempre fuiste muy malo cuando buscabas ocultarte), así que no me ha quedado más remedio que comenzar a andar con los ojos cerrados sólo para proporcionar una excusa más creíble, a mi predilección por tropezar en terrenos baldíos.

Nunca lograste acabar cualquiera de las sátiras difusas escritas a sangre en mis clavículas, ni dejaste que mis sábanas atrapasen ni un trazo de tu sombra (sí, también a oscuras tenemos sombra), daba igual el tono de la luz, al final siempre derramaba el café diciéndome que no te echaba de menos. Y en el último paso, ni siquiera ahí, me miraste reflejándote en todos mis miedos. Tú ya lo sabías, y yo también, aunque lo guardase en el tarro del azúcar a ver si lo curaba la fotosíntesis, pero que más daba ahora que si se derramaba todo tuviésemos 7 minutos de mala suerte. Ya no la necesitábamos.

Por tanto, no quedaba más que limpiar los cristales y esperar que cayeran las hojas verdes de los árboles caducos. No quedaba más. Nunca me dijiste, más allá de las palabras, que me querías. Yo tampoco. Y quizás por eso ahora, que nos ha carcomido el otoño, me empeño en vivir para demostrártelo.

De gracias y ruinas (en reconstrucción)

6 nov. 2006

Hoy por primera vez no voy a escribir un texto, hoy aparco a Sherezade y me convierto en Elena, sin más. Sin esconderme detrás de la mampara de cristal que a veces jugamos a construir con palabras. Hoy estaba teniendo un día de mierda, sin motivos, pero tenía esa sensación de que algo se ha desmoronado dentro y no eres capaz siquiera de intuir por donde empezar a recoger escombros. Y es que a veces pasa, que nada falla pero algo no encaja. Hace tiempo hubiera pensado que era yo misma, pero hace ahora unos seis meses, una niña de trenzas rubias me regaló un puzzle en el que mi pieza formaba un eslabón más de algo muy especial. Hoy esa misma niña me ha recordado que este rinconcito cumple un año.

Yo ni siquiera me había fijado, pero ha valido para recordarme una sensación muy importante. A veces sentimos que algo no encaja y es una putada porque no eres capaz de coger pegamento, martillo, madera y ponerte a recomponer los cimientos. Pero muchas de esas veces, alguien te regala, no el puzzle resuelto, no, sino las ganas de evitar que sigan aumentando las ruinas.

Gracias Siontxu.

 
   

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