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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Lugares...

31 ene. 2006

Siempre he mantenido que los lugares significan para cada uno rachas de emociones que nacen en zonas recónditas, a veces para dejarlos volar y otras para sepultarlos bajo miles de piedras con astillas mortales. Para mí siempre han supuesto montañas de debilidades y tengo la memoria llena de escondites donde correr hacia dentro. Sin mirar hacia delante.

Existen ciudades cuyo nombre me llena la vista de luces intermitentes, recuerdos de una niña que se encargaba de destruir uno a uno todos los castillos de arena, de disfrazarse de ella misma cada febrero o de saltar la espuma de las olas cómo si estuviesen contagiadas de futuro. La infancia rodeada de proyectos donde girar de tejado en tejado con la esperanza de volar sobre infinitas murallas vestidas de Carnaval. Imagen que se mezcla con los sueños derramados como fina arena de la playa que siempre me acogió en días de lluvia, quizás los recogiese, lamiéndolos con suavidad, el agua del océano para devolvérmelos algún día, cuando ya no me quede ninguno.

Conforme pasa el tiempo, se me llenan las manos del albero de los cristales rotos. Ese punto que mancha mi memoria y al que aún le debo la amarga miel de las venganzas, donde aprendí todo aquello que nunca querría ser. Y cómo en muchos de los túneles que pueblan nuestras carreteras, al final me encontré con la luz que construyó nuestro invernadero subterráneo o la terraza de baldosas amarillas en días de sol. Los escondites donde conocer que, a veces, los puntos de vista se clavan en las costillas para no dejarte respirar, pero nunca engañan las terminaciones nerviosas y te permiten rectificar cuando no eres sabio.
Más tarde, el salto cualitativo a los tejados nevados con mañanas de churros sin chocolate. La supervivencia transformada en hogar porque existen amigos que se juegan las heridas a los dados y se convierten en la familia que algún día quisiste elegir. Aparecen los pasos adelante sin buscar espejos para comprobar que nada te acompaña a tu espalda. Y al irte cargas con un tablón lleno de fotos en el que siempre quedan huecos porque la promesa de un “siempre volveré” se te ha quedado enredada en los medallones de la Plaza Mayor y la luz se refleja en cada recuerdo de las piedras carentes de vuelos suicidas.

Y ahora mi camino de arañas que se me enredan en sonrisas dibujadas entre humos compañeros. Donde el porvenir sopla susurrando entre los árboles los apoyos contenidos en los rincones dónde no llega el metro. Un nuevo giro en los labios que aún no se han olvidado de sonreír, donde se perfilaron las alegrías más agrias que puedo recordar aunque luche cada día por preservarlas del odio impactado a golpe de nudillo. A la izquierda entre barcas de madera una tarde mojada por mil sueños que nunca llegué a imaginar y la alegre certeza de saber que no he colgado rencor en las farolas, que sólo alumbran cuando las olas de la ría sobrepasan los escalones. Allí, en el fondo de las miradas, donde no llega la arena de la playa, un lugar en el que aún soy capaz de perderme. Y donde puede que algún día termine de encontrarme.

Modos de pasar el invierno

30 ene. 2006

Desde las barreras veo como bajas las escalerillas, despacio, sujetándote con una mano al tren del que te desprendes y con la otra sosteniendo tu eterna maleta llena de los besos que dejé derramados en la alfombra roja de tus piernas. Desde mi posición observo como levantas la mirada y la diriges, reposada, hacia el andén, posándola en los cristales, en las fuentes y en los gorriones. Y sé que me buscas, por eso me mariposea la columna vertebral y se me encrespan los escalofríos en la nuca. Un paso, dos… recorres la plataforma indagando en las comisuras, palpando con visión intermitente cada arista deformada en las paredes y noto como se me anidan mil ciempiés en las rodillas que toman rutas paralelas a tus manos. Verte de lejos, buscándome, sin que me veas, mientras yo estudio los huecos que vas dejando en el viento es uno de esos pequeños placeres por los que merece la pena vivir a dos grados bajo cero. Entonces me descubres y sonríes acelerando el camino, la luz se torna brillante y los espacios se ven, de nuevo, reducidos a la mínima potencia, la distancia irremisible de tu ropa y la mía. Se paran los gorriones mientras les brindamos los labios como si se tratara de gaviotas, ajenos, nos desgastamos las bocas al roce de los kilómetros.

Sujetas mis ojos en los tuyos mientras me pasa por la cabeza decirte que anoche, como cada noche que no me aferro a tu brazo, me faltó (demasiado) tu aliento en mi espalda y que esta mañana, como cada mañana que no me reaniman tus cosquillas en los labios, me he despertado para descubrir que he dejado un hueco en el colchón de un tamaño muy parecido al de tu cuerpo, perdida en tu saliva, se me instala entre las cejas susurrarte que me he quedado sin uñas intentando arrancar las horas de las esferas, en un intento desesperado de que sólo cuenten los minutos, o que quiero inocularte un tipo de frío que sólo yo sea capaz de fundir para que vuelvas a pedirme una y mil veces que te abrace. Me doy cuenta de que no soy capaz de digerir ni una sola de mis (no) palabras, la niña del viento de levante que, una madrugada de granizo, consiguió embaucar al poniente para que le helase el corazón a milímetros y ahora me doy cuenta de que tengo los pies mojados del río que tú hiciste fundir/manar de mi pecho. Y callo simplemente por no dejar de besarte.

Me pierdo en la mezcla difusa de tus pupilas mientras percibo los escondites cálidos de tu piel en contacto con mis antojos. Noto cómo me rompen olas tras las rótulas, me quiebro y desemboco, de nuevo, en la cordillera golosa de tus labios níveos. Y decido que, si tú me dejas, acamparé en ellos para pasar el invierno.

Finales felices

27 ene. 2006

Nunca me han gustado los finales felices. No soy capaz de comprender cómo la gente recurre a ellos una y otra vez y los ensalza, los busca y los reza, cómo si todo en esta vida fuera cuestión de fe o pudiese arreglarse de rodillas. Las rodillas a veces se rebelan, hartas de aguantar el peso de mentiras contadas aprovechando que las palomas corren a refugiarse en los campanarios, y levantan su particular disputa contra los besos de cuento y el “The end”de colores imposibles. Porque nadie cuenta que pasa tras ese final, y porque en la vida fuera de las palomitas los finales felices están más apedreados de sonrisas de limón (verdes e inmaduros) que de palabras de cerezas florecidas, porque con el telón en lo alto los finales felices muchas veces son demasiados amargos. Siempre son contados con sonrisa tensa, ojos a punto de navegar y manos de compromiso, porque por muy feliz que sea, sigue siendo un final con perdices justo cuando lo que más deseamos es que éstas echen a volar y relaten (despacito, despacito) cada escala de su viaje. Por eso siempre preferí los puntos suspensivos o incluso las comas pero nunca el punto y final por mucho violín que alumbrase la escena.

Así que yo no quiero finales felices, quiero hojas en blanco con las que esparcir por el viento todos los posibles desenlaces y que ya sólo queden miradas sostenidas por deseos de pan caliente. Quiero un camino, nada más. Porque además ni una sola historia de esas que consumimos es feliz, feliz a secas. Quizás sólo sea porque la vida no es feliz a secas aunque estemos rodeados de historias tristes a secas. Esas son los relatos que más se buscan, los que más interesan y los que mayor huella dejan en una insólita forma de mantenerlos alejados de nuestro reflejo. Desde que era pequeña siempre observé que si imaginaba una posible situación ésta nunca se producía, así que cuando no quería que ocurriese algo lo ensayaba en mi mente de todas las formas verosímiles (y a veces también, como no, las inverosímiles) para conjurar así las posibilidades de que esa escena llegara a clavarse en mi vida. Quizás eso es sólo lo que en ocasiones puede pasarnos, viendo el mayor de los dramas a través de pantallas, hojas o lágrimas ajenas creemos inmunizarnos, salvarnos o incluso satisfacernos muy dentro (allá en la parte oscura) por lo lejano del sufrimiento. Y lo peor de todo es que llegamos a creernos vacunados…
Yo he consumido mis desgracias y mis caminos, sin finales felices, pero sin retornos. Y ahora voy a por unas palomitas para ver una película, quizás esta sí tenga un comienzo feliz.

Receta de los gestos medidos o Con las manos en la masa

23 ene. 2006

Ingredientes para dos personas (si se incluye alguna más se corre el riesgo de producir terrones de amargura en el resultado final):

- 50 gramos de miradas cómplices al borde de la almohada
- 50 gramos de saliva dibujando espirales imposibles en cualquier hueco recóndito
- 25 gramos de dentelladas de azúcar en cada costilla
- 100 gramos de besos con sabores a elegir (se recomienda leche merengada, menta, chocolate, cereza o piruleta)
- 25 gramos de abrazos realizados (a traición o no) desde la espalda y otros 25 gramos de abrazos a piel desnuda
- 100 gramos de caricias de distinta intensidad (a gusto de los comensales)
- Un puñado de aliento en la nuca
- Una cucharada (sopera o de café) de vicio y algo de desorden

Se necesitará un molde amplio, que permita que la mezcla gire y exponga sus rincones para dorarse por igual. En la mayoría de los casos no se precisa de horno, sólo déjese reposar los ingredientes (tener cuidado, en ocasiones la mixtura se vuelve tremendamente inflamable).

Ponemos en un anochecer los besos, pueden aderezarse con farolas bizcas o luciérnagas cansadas e incluso con jardines de verano y le añadimos los abrazos a la espalda. Amasamos con las manos desnudas y la piel de gallina mientras cerramos los ojos, cuando obtengamos una masa rojiza (conforme avancemos en la receta este color aumentará hasta, seguramente, estallar en grana) cambiaremos a otro recipiente (dependiendo especialmente de las condiciones atmosféricas y de las posibilidades de cada cocinero). Entonces deshojaremos los abrazos a piel desnuda y las caricias tecleando el camino de cada arteria mezclándolas uniformemente con el resto de la masa. Seguramente cambie el color y la temperatura, no debemos alarmarnos, a más intensidad de color y calor posiblemente obtengamos un mejor resultado final.
Ahora es el turno de la saliva y las dentelladas que se batirán con el resto de ingredientes. Es importante repasar las curvaturas, morder los grumos y respirar en la boca ajena. Para obtener la consistencia adecuada completamos con el aliento a buen ritmo y la cucharadita (de café o sopera cómo se prefiera) del vicio y el desorden y se complica hasta que nos quemen las manos, se nos agoten los pulmones y se empañen las mañanas al vaho de las manzanas. Dejaremos macerar hasta recuperar el resuello.

Advertencia final: Hacer esta receta puede resultar adictivo, es posible que, tras la maceración de las sábanas, se quiera probar de nuevo la receta con ingredientes similares y resultados semejantes. ¡Bon apetit!

Nieve hexagonal

17 ene. 2006

Los cristales de nieve siempre crecen formando figuras hexagonales. Como los hogares patibularios de las abejas, construidos a base de máximos y mínimos para buscar la estabilidad de la sexta elegancia. Hexagonal como una pecera ideal para los peces alfa, cómo las vetas trenzadas de bambú sobre nuestras cabezas para eclipsar los rayos de sol que aún no han empezado a dibujarse, como el grafito, la calcita o la plaza de toros de Ciudad Real, hexagonal, como sólo los cristales de nieve pueden serlo.

Se ha demostrado que el desarrollo de estos cristales no se realiza de una única manera, existen distintas formas de crecer y dependen principalmente de agentes externos, de rayos de sol, borrascas, tormentas o vendavales, esto es, de las condiciones atmosféricas a los que se vean sometidos. Así pues esta delicada creación variará en su complejidad adaptándose en cierto modo al entorno en el que se va formando. Tomad por ejemplo un copo de nieve en la mano y observadlo con cuidado, sin empañar su estructura con vuestro aliento cálido ni asustarlo con el batir de vuestras pestañas, en su centro, los copos de nieve tienen enormes (inmensas para un minúsculo copo) y complicadas ramificaciones aunque, cómo la mayoría de los centros, no podemos descubrirlo a simple vista. Son las más estables y primitivas y, a su alrededor, cómo no, se protege con estructuras más simples (y creadas más lentamente) aunque con la misma simetría que en su núcleo. Esto lo sabemos gracias a los reflejos de luz que, a veces, obedeciendo siempre a fórmulas matemáticas (algunas aún por inventar) nos devuelven respuestas contradictorias.

Es contradictorio sí, porque a pesar de su cuidada y reiterada simetría hexagonal no existen dos copos de nieve iguales. Podéis aprovechar el invierno que se nos acumula encima para enterraros bajo las mantas buscando dos (o incluso tres si os atrevéis) idénticos. Bentley amontonó más de 5000 y no consiguió encontrar dos gemelos en los 40 inviernos que se dedicó a coleccionarlos. Al final, en el último febrero, decidió sacarlos todos de su enorme congelador y montar en su jardín un coliseo de nieve, con trineos de choque, montaña rusa, toboganes de ventisca y granizados de todos los sabores. Y todos los niños (y los no tan niños…) trajeron bufandas, zanahorias, botones y escobas para convertir el jardín en un paseo de espantapájaros de nieve. Cuando uno de esos niños le pidió a Bentley que le contara el secreto de los copos desiguales, éste le dijo que, a pesar de sus distinciones externas, todos eran iguales en su primitivo origen, en el fondo de su materia. “¿Entonces porqué son distintos por fuera?” Bentley miró a su alrededor, posando sus ojos en cada persona y se hizo idéntica pregunta…

A este lado de la trinchera

15 ene. 2006

Hoy vuelvo a incumplir mi "casi norma" (para eso están las casi normas...) así que adjunto a este texto todas las sonrisas y apoyos para el chico de Glasgow, los abrazos (y las sonrisas que me encanta verte) y toda la confianza para la chica que siempre me lleva a casa y todos los rayos de sol que encuentre (y seguro que alguien me ayuda a recolectar aún más en la ciudad amarilla...) para Elia. Esto es vuestro.


Puede que esta vida sea una mierda, estoy dispuesta a asumir que esa sea una posibilidad. Puede que te levantes cada mañana con el corazón anestesiado por venenos enmascarados en miradas paralizantes, que no sientas los pómulos del desgaste producido por tus lágrimas, que tus dedos hayan perdido el tacto desde aquella noche en la que te dijo adiós. Tú no supiste pronunciar las palabras adecuadas para que no se marchara (porque aún crees que existen esas palabras) y despiertas al cuco cada noche susurrándole posibles opciones, ensayándolas, despellejando los minutos sin darte cuenta de que no tienes esa oportunidad.

Es posible que, tras apagar el despertador, te preguntes qué te impide darte la vuelta, mirar a la pared y cincelar otra vida con las manos desnudas. Un trabajo de mierda o ni siquiera eso. Llevas años escuchando cómo están las cosas, lo ves en los periódicos, en las televisiones, en la radio y cada mañana en el metro, y ahora te das cuenta de que siempre creíste poder escapar de eso, pero el momento de hacer las maletas pasó sin ser visto y te convirtió en una presa a la que se le atenaza el hastío en la boca del estómago cada mañana, aunque intentes bañarlo con la amargura del café para que no duela, para que se mantenga en silencio. Puede que creas que el futuro es sólo una bonita manera de llamar a las arenas movedizas, esas que acabaran por engullirte mientras te destrozan cada uno de los huesos que componen tus sueños, los mismos que escribías cuando te preguntaban que querías ser de mayor. El sabor de la sangre en la boca. La certeza de que hace años que derrochaste tu inocencia. Nadie te contó que no vale sólo con desearlo. O lo que es peor, que no vale sólo con conseguirlo.

Hace ya tiempo que se te acabó la pintura azul en la punta de los dedos, ahora por mucho que arañes sólo aparece la densidad de la sangre cristalizada. La afilada puntería de las quimeras esparcidas y pisoteadas por la multitud. De repente se te han apagado los colores y te preguntas quien ha pintado de neblina todo lo que miras, todo lo que tocas y en tus ojos todo aparece disperso, difuminado, lejano. Incluso tu imagen ante el espejo es sólo una mala fotocopia de aquello que debías ser.
No sabes lo que me gustaría darte la fórmula mágica que contenga la viveza de los colores sin tregua pero a ratos pienso que no existe. A veces incluso yo también la busco. Quizás sea sólo eso lo que me arranca de la cama diez minutos después de apagar el despertador, la posibilidad de que, instantes después, todo empiece a ser distinto. No puedo convencerte de que todo esto vale la pena, aunque me he dejado los dedos intentando escribirte algo que te haga creer justo lo contrario. Sólo puedo intentar que recuerdes días amarillos, rojos, verdes y azules y que confíes en mi cuando te digo que volverán. Mientras tanto, intentaré impregnar de rayos de sol los nubarrones que se te anuden en el pelo y te ofrezco el calor de mis manos (aunque sé que no es mucho) para ahogar las pesadillas que te acompañen en cada paso. No será fácil pero siempre me encontrarás a este lado de la trinchera.

Lo peor del amor

14 ene. 2006



Lo peor del amor cuando termina
son las habitaciones ventiladas
el puré de reproches con sardinas
las golondrinas muertas en la almohada
lo malo de después son
los despojos que embalsaman el humo de los sueños
el sístole
los teléfonos que hablan con los ojos
el sístole sin diástole unido a ello.
Lo más ingrato es encalar la casa
remendar las virtudes veniales
condenar a la hoguera a los archivos
lo peor del amor es cuando pasa
cuando al punto final de los finales
no le quedan dos puntos suspensivos

(Joaquín Sabina)
P.D. Mil gracias al Lehendakari por ayudarme en los pequeños arreglillos del blog :)

Coágulos de rabia

13 ene. 2006

No es un buen momento para escribir. Lo sé porque no deslizo los dedos por el teclado, no, más bien golpeo las teclas intentando aplastar contra ellas todo lo que ahora mismo se me amontona en el estómago haciéndose una bola del metal más pesado que exista (se admiten sugerencias). O quizás del más denso que, si mis pocas nociones de química no me fallan, es el mercurio. O tal vez debiera patentar esta nueva aleación que se me está instalando en las venas, a contracorriente por mi sangre, haciéndome coágulos de rabia en los antebrazos (o en cualquier otro sitio que se oponga a uno). Quiero hacer explotar todos los tragaluces que encuentre y, una vez hechos añicos, andar sobre los cristales y notarlos quebrarse, aún más, bajo mis pies. Escuchar el crujido rebotando en mis oídos y gritar, gritar hasta que definitivamente me estallen las cuerdas vocales, hasta que se me desborden las lágrimas desiertas de dunas, hasta que me rompa los nudillos persiguiendo farolillos de papel…

Me duelen las sonrisas de tanto tensar las mandíbulas, de tanto morderme los dedos, de tanto dar bocanadas de aire viciado para intentar no asfixiarme y no me ahogaré, no, porque mi padre siempre quiso que le regalara por Navidad el récord mundial de 100 metros libres en piscina de 50 metros, pero acabaré por hiperventilarme las orejas y se me escamarán los labios de tanto resoplar. Ojalá mirándome al espejo me descubriese branquias y pudiese dar un salto por la ventana para sumergirme en una corriente de indiferencia, de esas que te ayudan a volar a cualquier parte, lejos, pero con tantas turbulencias que se te empañan de oleaje los ventanales. En momentos cómo éste necesito ver el mar pero fuera hace demasiado frío y las olas susurran demasiado lejos.

Quiero comprender pero no puedo, lo intento, pero la sal se me mezcla en la boca con la sangre y no consigo apreciar el sabor que deja esa textura. Nunca supe jugar a ser feliz y todo esto me lo pone demasiado fácil para convencerme de que no soy capaz de serlo, de que no aprenderé, ni aunque me lo proponga, a verle la otra cara a la luna nueva.
Este es uno de esos momentos en los que sólo quiero apagar la luz.

Una historia más (con finales de silencio)

12 ene. 2006

Desde que empecé este blog nunca he dedicado ningún texto directamente. Hoy incumpliré esa “casi norma”. Este texto es para ti Natxo, para que, a pesar de (o gracias a) las tardes difíciles de gominolas y cervezas, nunca dejemos de ser incautos.

Coincidisteis en un pequeño rincón perdido de un bar atestado de chicas guapas que te llovían el cuerpo a miradas. Tú no lo sabías (nunca conseguiste percibir esos manantiales de deseo) pero a mi se me empapaban los tobillos en la barra apoyada en mi cerveza-salvavidas. Le susurraste algo al oído, rozando con tus labios el único mechón de su pelo que escapaba al control de lo perfecto, y ella levantó una ceja mirándote entre descarada y borde. La misma mirada que le vi, meses después, dos costados más allá. El control de los sentidos preso de sus pestañas.

Pasaron dos meses hasta que os devorasteis con nocturnidad (aún dudo de si también con alevosía) cada uno de los dientes de leche obviando las muelas del juicio, hasta que te diluiste para no perderte ni una sola de las brechas abiertas en su cuerpo de cerámica irrompible. Me crucé con vosotros huyendo de las campanadas diurnas, estampando sonrisas en los árboles moribundos de todos los parques en los que nunca te cansabas de leer, agotando los condones de las farmacias de guardia y provocando estallidos de bocados mortales a las tardes de los lunes. Cualquier incauto diría que estabais enamorados. Esa fue la época de tus sonrisas de manzana verde colgadas en los minaretes de cualquier catedral (nótese la paradoja) y de las llamadas a media tarde con tintineo de pequeños cascabeles. Durante algo más de doce meses, yo seguía el sendero de placeres extendido por las calles, para encontrarte sellando puñales en margaritas no deshojadas, luego las lanzabas al aire pidiendo un deseo equivocado para que, si caían más allá de los arbustos, ella no te abandonara nunca. El mismo incauto diría que eras feliz.

Una noche de octubre distinguí idéntica mirada, entre descarada y borde, con destinatario desconocido y se me pudrieron los consejos de mandarina convirtiéndose, al instante, en zumo de agrietado envenenamiento. Lo supe antes de no querer verlo. Empezó entonces la época de las sonrisas albarradas, de las llamadas cada noche sin luna (que eran todas) con el sonido áspero del badajo comiéndote sin descanso las cuerdas vocales. Me hablabas de su indiferencia, de lo que a veces duelen los silencios disparados con puntería de bombero enloquecido. Y deshojaste las margaritas y todas eran pares (Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere…). Dejasteis de beberos de golpe los labios, de abrazaros desnudos en las noches de nieves perpetuas, dejasteis de dirigir conductores suicidas a las curvaturas más recónditas y de sonreír con cada parpadeo. Un adiós y el vacío de los silencios sin réplica. Nuestro incauto diría que a veces el amor se acaba.

Corolario: El amor está hecho para los incautos.

Conocimientos básicos

10 ene. 2006

No sabías que mi película favorita es Big Fish ni que tengo la manía de espantar a las palomas corriendo hacia ellas cómo advirtiéndolas de un final feliz e inesperado (como lo son todos los finales felices).

Pero me miraste fijamente contra un hueco imposible de mis pupilas mientras me peinabas los escalofríos en la espalda… y diste directamente en el centro de la diana.

Mis regalos de Reyes

6 ene. 2006

El caballero sin armadura y sustentador de auxilios en los peores momentos, la bondad sin superlativos (ni falta que le hacen), la mejor sonrisa (siempre verde) al final de los mil escalones y los apoyos que nunca faltan de ese mismo lugar, mi poeta preferido provocador de fuegos artificiales, el marinero con el que después de nueve años (¿o son diez?) aún surco (con más o menos marejada) estados eternos, el ingeniero trotamundos de risas que siempre se terminan enmarcando en el mismo punto del sur, la amistad certera (aunque a veces duela) desde lo más alto, el amigo que se fue (desde un poco más abajo) pero que nunca perdió su lugar a nuestro lado, el oleaje que lo mantiene cerca de tierra y que nos regala la salinidad de su presencia, el médico de corazones rotos y charcos descalzos, el gigante de las palabras contadas y los abrazos abiertos, mi libro de historia y sonrisas a cualquier hora, el madrileño que siempre consigue que pinte mi mundo de optimismo, mi mejor rival (brugal-pampero) a altas horas de noches de estudio, la socióloga del sentido común que desea (y provoca) corazones latiendo en la boca, la educadora social (traidora…) de hielo, ahora fundido a base de mieles sin descanso, su/nuestra compañera de sonrisa inacabable, el cuerpo más verde de mirada más limpia, las desconocidas de las pirámides, la mejor hermana del mundo…

Vuestra presencia, las manos, los brazos, sonrisas, recuerdos, miradas, abrazos, lágrimas, consejos, tropezones, cervezas, insomnios, consuelos, orgasmos, caídas, carcajadas, peleas, ilusiones, borracheras, mañanas, viajes, resacas, caricias, exámenes, momentos, muecas, cafés, noches, alivios…
Hace ya tiempo que no necesito regalos… Así que simplemente: Gracias

La felicidad no es apta para imbéciles

4 ene. 2006

Os contaré un secreto que quizás algunos alcancéis a conocer. Acercaros lo más posible a mi boca para que las palabras, libres por fin, no se lancen al viento para arremolinarse en las orejas de cualquier incauto que no entendería nada, y prestad atención, porque sólo lo diré una vez y en un murmullo, puede que no estéis seguros de haber oído bien y esa será una duda que os perseguirá cada noche de eclipse solar. Ni un minuto más ni uno menos. No lo repetiré ni aunque me sometáis a la tortura de las cosquillas sin besos en la punta de la nariz, me resistiré a las caras de pena, a las confesiones de almohada y a los recorridos interminables por mi espalda. Así que agudizad los capilares y dejar fermentar los sentimientos macerándolos en oídos sin trabas…. Ahí va: “La felicidad no existe”. Llevo 23 años escuchándolo y repitiéndomelo cada noche al dormir, no fuese a ser que una mañana en la que me levantara despistada, mientras remoloneaba en la cama, ese espectro pudiera venir a mezclarse en la densidad de mis venas.

Debo olvidar pues las tardes de verano, todas y cada una. Esas en las que veía la puesta de sol construyendo castillos en la arena, donde pudieran protegerse las coquinas y las navajas del ataque inminente (y lleno de daños colaterales) de las algas marinas, éstas siempre quedaban atrapadas en el foso y eran devoradas más tarde por Cancerbero (que realmente se llamaba Kim y era el perro más simpático del mundo). Debo también eliminar aquellas noches de invierno en las que mi padre nos preparaba chocolate con tostadas y mi hermana y yo nos disputábamos entre carreras un sitio al lado de la chimenea o las noches en la playa, con una cerveza en una mano y montones de arena seca en la otra, mirando al cielo atestado de estrellas e imaginando un sueño por cumplir por cada una de ellas. Debo negar los abrazos, los amigos que jamás se han ido (aunque a veces pueda parecer que sí), el calor de las sonrisas después del ascenso de un millar de escalones, las casas amigas que se diluyen en la geografía, debo olvidar Praga, Luxor, Bilbao, Atenas, Londres, Madrid, Barcelona, Estambul, París, Roma, Córdoba, Ámsterdam, Venecia, Cádiz, San Sebastián, El Cairo, Salamanca y no pensar en aquellos rincones que aún me/nos quedan por visitar.
Por supuesto resetearé mi memoria para que no atesore mis años de universidad y les reste, minuto a minuto, segundo a segundo, todas las sonrisas, las carreras contra el reloj, las noches infames de bibliotecas (debo ser la única en el mundo que las echa de menos…) con red bull con coca- cola como chute intravenoso, los viajes (ya sabéis que nunca permanezco demasiado tiempo en el mismo sitio, tengo tendencia a oxidarme…), las comidas nutritivas cómo la rueda de un trailer, la familia elegida, los besos pesados en balanzas herrumbrosas, la amistad por encima de casi todo… Pero me queda una duda, ¿debo olvidar también la temperatura de tu abrazo mientras me enreda el sueño? ¿y tus besos de asesino de pesadillas? Quizás deba borrar de mi memoria los paseos detenidos en nuestros dedos, las mañanas de sosiego (hasta que decidíamos convertir la cama en campo de batalla de enfrentamientos cuerpo a cuerpo, sin trincheras ni refugios), los minutos contando las horas, la presencia de tus ojos, tu respiración tranquila, el roce de tus piernas entre las mías, el sabor salado de tu piel de chocolate…

¿Sabéis que creo? Que la felicidad si existe, pero somos demasiado imbéciles para verla.

“Volverás a reírte de veras
cuando creas que estaba perdido
volverás a reírte de veras
si te quedas conmigo…”

"Bajo la lluvia" Quique González
 
   

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